Caracas siempre reverdece

(Unos apuntes en su aniversario)

Fotos tomadas por el autor

Caracas es de esos temas a los que siempre vuelvo para tratar de entenderme con el mundo. La ciudad que guarda nuestras postales íntimas es un lente esencial para ese cometido. Por eso, cada vez que lo necesito, vuelvo a ella. Ahora lo hago para reconciliarme con la vida, para mitigar la tristeza de estos días, para conmemorarla y recordar cómo nos habita en tanto la habitamos.

Un amable valle ubicado a unos novecientos metros de altura, de usual cielo limpio y clima que oscila entre los veinte y los veintiocho grados Celsius. Cuando la temperatura baja de ahí —un enero de años recientes marcó unos excepcionales trece grados—, se convierte en el tema de las conversaciones casuales de los transeúntes. Y si supera los treinta grados, se sofocan de calor y conjeturan sobre lo que eso presagia. Una ciudad de clima benigno y una sabia topografía que encauza las corrientes de aire, más frescas bajo el cobijo de los árboles.

Porque, a pesar de las inexplicables podas y talas que llevan a cabo las autoridades municipales, a pesar del afán por el concreto y el espejo, a pesar de los descomunales muros de las nuevas casas que parecen esconder algo, Caracas es increíblemente verde. Basta quitar la vista del bullicio incesante de sus avenidas y posarla sobre sus frondosos árboles para sentir que la calma siempre será posible.

Después de todo, la ciudad que erigimos sobre este valle tiene menos de cuatrocientos sesenta años. La selva sobre la cual se asienta, en cambio, ha estado ahí desde tiempos inmemoriales. Esa diminuta comunidad que va poblando las junturas, esa mata terca que se abre paso en un muro de piedra o busca la luz a través de las rendijas de las alcantarillas, esa ceiba, ese mijao, ese jabillo cuyas vigorosas raíces levantan las aceras, nos recuerdan que, pese a cualquier circunstancia, la vida siempre insiste.

Y cuando decimos que Caracas tiene menos de cuatrocientos sesenta años, nos referimos a la trama del centro histórico, trasmutado en un cada vez más lejano oeste tras su enérgico crecimiento hacia el este durante estas últimas décadas. Urbanizaciones como Las Mercedes, Chacao, Los Palos Grandes y Altamira nacieron hace menos de ochenta años sobre los terrenos de las haciendas ubicadas en los linderos de la ciudad. Y sus extremos geográficos, Caricuao (al suroeste) y La Urbina (al noreste), no existían antes de los años sesenta del siglo pasado. Por eso, cuando la gente se queja de los árboles que rompen aceras y levantan muros de casas, obvia que aquellos echaron raíces mucho antes de que se trazaran esas calles y construyeran esas casas.

Caracas es una ciudad cruzada por autopistas y poblada por construcciones en todas sus colinas y laderas. Pero basta asomarse a sus bordes para ver que la selva, callada y perseverante, está donde siempre ha estado. Basta cavar un poco para descubrir, a pocos centímetros, el frondoso manto vegetal.

Eso explica el vínculo del caraqueño con el Ávila. En una ciudad que nunca deja de transformarse, representa lo imperecedero, lo que estaba cuando llegamos y estará cuando nos hayamos ido. Es un faro para saber que, sea cual sea el paisaje urbano con el que nos topemos, estamos en Caracas.

Mañana, 25 de julio, Caracas cumple cuatrocientos cincuenta y nueve años. Ese asunto estaría ocupando nuestras conversaciones de no ser porque hace un mes, el 24 de junio, un devastador doblete sísmico de 7.2 y 7.5 grados —el último a solo diez kilómetros de la superficie y activándose apenas treinta y nueve segundos después de iniciado el primero— causó destrozos en las poblaciones en la ruta de la falla, saliendo al Caribe y volviendo a tierra en Catia La Mar, en el litoral central, extendiendo sus efectos hacia Caracas.

Cerca de las seis de esa tarde, mientras guacamayas atravesaban el cielo ignorando los corneteos de los vehículos, la tierra se sacudió durante dos eternos minutos, agrietando paredes, muros, columnas, proyectos personales, el suelo que pisamos y nuestra vida como la conocíamos. Un par de minutos bastaron para que nos tocara descubrir que todo lo que damos por descontado puede desaparecer en cualquier momento.

La selva es un ecosistema armónico en el que cada individuo cumple un papel sin necesidad de que se lo enseñen. Saben lo que hacen porque están interconectados. Porque todo forma parte de un todo. Una silenciosa y sabia comunicación natural que sostiene el equilibrio de la vida. No había caído la noche cuando grupos de vecinos espontáneos se abocaron a retirar escombros de los edificios desplomados, a fin de rescatar a quienes quedaron atrapados en lo que eran sus viviendas. Esas primeras horas, esos primeros días, con la sabiduría natural de un ecosistema, la gente se organizó en cuadrillas de voluntarios que rescataron a decenas de personas.

Esos días fueron una muestra de la sabiduría natural: unos apoyaban en las labores de rescate, otros prepararon y repartieron comida a quienes se quedaron sin hogar; aquellos recopilaban pertenencias rescatadas de los edificios siniestrados, los que viven fuera comenzaron a organizar campañas de donación y desarrollo de aplicaciones para procesar la información. Todos formaron parte de un ecosistema unido por raíces invisibles que conectaron a quienes están dentro con los que viven en los más diversos rincones del planeta. Un país disperso por el mundo al que le bastaron dos minutos para recogerse en el hogar común.

El 30 de junio, cuando todavía el polvo de los derrumbes se asentaba silencioso, como quien no quiere hacerse notar, y el desconcierto daba paso a la tristeza, el cielo de Caracas despidió la tarde con un delirante rojo opaco. Caminábamos entre el paisaje derruido asistiendo a ese sobrecogedor espectáculo de oscura belleza, que parecía hablarnos de eso inmenso que no controlamos (que nunca entenderemos del todo ni sabremos explicar), pero que seguirá allí, cumpliendo sus viejos ritos, apagándose para volver a encenderse. Curiosamente, al día siguiente de ese atardecer rojo, se volvieron a escuchar los graznidos de guacamayas y loros que se habían estado guardando quién sabe dónde.

Como el ánimo de la gente, estos días a veces están grises, a veces luminosos. Cuando están soleados, los árboles, de tan verdes, parecen ajenos a la tristeza que todavía se respira. Pero es un verdor de esperanza. De la certeza de que, mientras haya vida, nuestro deber es vivirla de la mejor manera posible. Haciendo que valga la pena.

Caracas siempre ha reverdecido. A pesar de los tonos del dolor que ha conocido, del aniversario que pasará debajo de la mesa, de los terremotos que ha padecido, hay algo indómito en su espíritu que contagia a sus pobladores. Algo terco. Como esas hojas que insisten en colarse entre las junturas. O esa gente que sabe reírse cuando necesita mitigar la pesada carga.

Caracas siempre reverdece.

Con esa certeza conmemoro su aniversario.

Héctor Torres

Héctor Torres (Caracas, 1968). Narrador y editor. Autor de los libros de cuentos El amor en tres platos (2007) y El regalo de Pandora (2011), de las novelas La huella del bisonte (2008) -finalista de la Bienal Adriano González León 2007-, y Las líneas torcidas (2026); de los libros de crónicas Caracas muerde (2012), Objetos no declarados (2014) y La vida feroz (2016) y el libro de relatos autoficcionales Presencias extrañas (2021). Es compilador del libro Fundando el nuevo hogar (2023).

https://www.hectorres.xyz
Siguiente
Siguiente

Esos raros instantes