Rendición de Pando

Fotos tomadas por el autor

Guido me dijo: esta vez, escribir es una gran oportunidad para que pongas los pies sobre la tierra. Algo así me comentó, no sé, (o lo inventé, capaz) pero por ahora no puedo, no me sale, me elevo quince centímetros sobre el suelo (esta imagen es real y verificable), me muevo por la habitación y pienso en Pando. ¿Pando, Canelones, Uruguay? Pando, el gran Pando: el pueblo, como le tildan de cariño; el de Meneses y Correch, el de Apud, el de la plaza con su iglesia inaccesible; Pando, donde no hay Pasiva ni McDonald’s ni cine, donde no hay nada porque hay de todo para quien pueda observar más allá del Parque; Pando, el de la estatua robada de José Pedro Varela y la reluciente de Zitarrosa; Pando, aquel pueblo en el medio de Canelones que no tiene salida al mar aunque está cerca y del que me preguntaron una vez, porque el mito sigue vigente y se transmite por la lengua: ¿Es verdad que en Pando hay putas? 

Vivo aquí desde hace tres años y no he visto una sola. He recorrido sus calles, la mayoría de ellas, caminando, de día, muy de noche, a pie, en auto, y dentro de la cuadrícula no he visto sus florituras. Las hubo, sí, cerca de mi casa, en Brujas, un establecimiento nocturno famoso por sus entradas y salidas, porque Pando es un lugar de tránsito entre el este del país y la capital y aquí siguen parando los camioneros para descansar, aunque solo hay un motel de citas. Si duermen en el camión en la Ruta o si hay putas en otras partes de la ciudad no lo sé, tampoco importa, pero si de algo estoy seguro es de que esa imagen es una de las más frecuentes en la mente de quien oye la palabra Pando.

Muchos no entienden qué hago aquí si no hay nada, si está tan lejos. ¿Casapaís se edita en Pando?, ¿cómo es eso?, si venir es «un viaje largo», ¿cuánto cuesta el boleto hasta allá?, si vivo en el interior y aquí las cosas son distintas. Pero mi historia está ligada a Pando y siempre lo estará. En este pueblo he pasado los mejores años de mi vida, feliz, tranquilo, enamorado de un pandense, abrazado en un jardín soleado la mayoría de las mañanas; aquí soy feliz gracias a la comida china de Aoi, aquí pasaron cosas: intenté hacer amigos y no pude, fui recibido por una familia preciosa que me ha hecho sentir parte, escribí una novela y la firmé con el lugar y el año, «Pando, 2025»; aquí tengo un hogar con Francisco por primera vez en mi vida, aquí lloré, aquí amo profundamente, aquí recibí la noticia de mi madre muerta, aquí me he reído a montones; en Pando dije, en broma, una noche, en el parque: «tiene una pistola, tiene una pistola» y aceleramos en el medio de los gritos porque la broma escaló y las chicas pensaron que era real; aquí busqué a Rosi en Barrio Estadio porque se pasó de parada y no dudé ni un segundo en salir con 1% de batería y fumado y todo salió bien; aquí, hoy, sigo, y hace frío porque el cielo está despejado, supongo. Pondré el calefactor mientras hago preguntas alrededor de Pando: 

¿De cuál noticia acabas de ser informado? 

Hoy, en la Plaza de Deportes de Pando, un tumulto de libros fue dispuesto en una volqueta como excedente comercial de una librería. Inmediatamente fueron rescatados por los vecinos. El Megáfono de Pando, una curiosa voz periodística que muta y dirige las noticias desde Internet, habría alabado el sentimiento de comunidad. Solo hay dos librerías en Pando. 

Diario Tiempo

¿Qué calle te gusta más?

De noche, la Ruta tiene un extraño encanto. Está iluminada en su totalidad y vive la mayoría del tiempo. Hasta de madrugada he visto movimiento: gente que madruga hamburguesas, o personas esperando el bondi. Si me preguntara, por ejemplo: 

¿Cómo es la noche en Pando? 

Diría: aterradora, críptica, solitaria, asfixiante, fotografiable, neblinosa, oscura, amarilla, cocainómana, fogosa, fría.

¿Y el día? 

Pintada, luminosa, residencial, solitaria, trabajada, numerosa. El día se siente femenino. 

¿Un día de Pando que te haya marcado?

Una vez, fuimos al Parque de Pando a tirar flechas. Tenemos un arco y es un divertimento lanzar flechas por doquier, a latas o a los árboles. Al tirar una flecha la vimos caer y la perdimos. Pasamos toda la tarde, hasta que cayó el sol, buscando la flecha. No la encontramos. Recuerdo que el parque olía a cebolla por un pasto que tiene un olor similar. Aún pienso que hay una conexión entre el olor y la pérdida de la flecha. 

¿Una noche de Pando que te haya marcado? 

Ninguna en particular. Recuerdo conversaciones en la Placita de los Droguis, al lado de casa, fumando, con los perros corriendo alrededor y la gente tranquila, feliz por el calor de las noches de verano y la amplitud del cielo, que en Pando hace regalos constantes, en forma de atardeceres potentes, rojos, muy rojos, violetas, amarillos, de los mejores que he visto.

 

Pando ha sido una experiencia y una sensación. Recordaré siempre las tardes con las ventanas abiertas y el jardín comunitario florecido. Esa imagen tan típica del rayo de luz con las motas de polvo flotantes es ahora, en mí, una imagen única, que solo ocurrió en la calle Rivera de Pando, en Canelones, en Uruguay, y no hay película que pueda quitarme esa exclusividad que ahora tomo y se la entrego a Pando como agradecimiento por ser un pueblo que lo da todo a pesar de que la vida es ingrata y no le devuelva ni un poco de amor.

Nos vamos de Pando a comenzar una nueva vida en Montevideo. Por eso escribo en ese tono ceremonial de las despedidas, pero la ocasión lo merece. Nos vamos de Pando para estar más cerca de los amigos, para salir por la noche a disfrutar del río, para que cada esquina sea una sorpresa o una tradición. Y volveremos. A visitar familia, a comer, ahora como divertimento, como paseo novedoso. Pando estará ahí, eso seguro, a una hora, a cuarenta minutos, esperando con su Artigas y su Piovene y su 7A y sus Cinco esquinas y sus misterios y su todo, porque Pando, sépase, no tiene nada, es cierto, pero a la vez lo tiene todo. 

Jan Queretz

Jan Queretz (Caracas, Venezuela, 1991). Estudiante de filosofía. Dirige Casapaís.



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