Volumen 1
Cada vez que escucho la palabra algoritmo me acuerdo de la primera clase de programación que tomé. El profesor dejó una actividad en equipos para entender lo que era un algoritmo: debíamos hornear un pastel. Estaba en una escuela vocacional en la preparatoria, así que parte de la enseñanza era una carrera técnica en programación. Si seguíamos las instrucciones, no tendríamos ningún problema, era sencillísimo, decía, aunque, hasta ese momento de su enseñanza, nadie había cumplido con lo requerido. No me acuerdo de la clase en la que seguramente discutimos nuestros fracasos, pero sí alcanzo a recordar la cocina de mi amigo Kiwi, llena de harina por todos lados, igual que nuestra ropa. Fue un desastre, pero salimos con la complicidad que deja elegir apodos para cada uno y también fue de los días en los que más reí en esos años. Al final, por lo menos, creíamos haber entendido. Un algoritmo era una sucesión ordenada de pasos para solucionar un problema, como esa receta.
En cierto sentido, el algoritmo era como la unidad básica de la programación, donde cada uno de los pasos, incluidos los aciertos y los errores, tenían su lugar: «Mezcla la harina con dos yemas de huevo, ¿se te cayó un poco de clara o tiraste un huevo sin querer en los tenis de tu compañero? Regresa al paso anterior». Y así hasta tener el pastel. Los programas, hechos de muchos algoritmos, eran algo así como la pastelería, aunque se ponía más complicado si, como pasó después, teníamos que traducir lo que queríamos que hiciera el programa a una serie de pasos, de preferencia pocos y, en el mejor de los casos, sencillos. Nunca más, en los dos años de clases, volveríamos a hacer tareas de forma individual, así que ese ejercicio fue al mismo tiempo la forma de enseñarnos el trabajo en equipo.
¿El tiramisú cuenta como pastel?
Como parte de los requisitos para dar una clase en el verano a estudiantes universitarios, de Introducción a los Estudios de Medios, es necesario que primero seas profesor adjunto de la clase, así que voy dos veces a la semana a escuchar al profesor titular. En una de las primeras sesiones, esa imagen del bachillerato se me volvió extraña por un momento. El algoritmo del que se habló es el que conduce al fin de la democracia. Tengo la impresión de que muchos de los caminos de cualquier tema suelen conjeturarse para ir en esa misma dirección, pero sentí curiosidad por lo que se dijo al respecto. La sofisticación de los algoritmos genera burbujas de información tales que se ha vuelto insoportable recibir noticias de temas que no se alinean con los de la persona que las recibe, al grado de poner en riesgo la convivencia plural y diversa que implica vivir en comunidad. La personalización se convierte en una cámara de eco que lleva al aislamiento y a la violencia. Quizá sea una experiencia recurrente al usar redes sociales el día de hoy, pero estas burbujas las había anticipado, desde 2001, Cass R. Sunstein, en su libro Republic.com.
El año pasado, en el Festival de Cine de la Ciudad de Nueva York, al inicio de una de las charlas que dio por el estreno de Nuestra tierra, Lucrecia Martel planteó lo siguiente: ¿para qué y para quién uno hace cine? Para ella, la primera pregunta es inseparable de la segunda y esa unión la ha llevado al cine vecinal, pero no para hablar de los que viven al lado de su casa, sino para, de cierto modo, reconfigurar la noción de lo vecinal. En su caso, el norte de Argentina. El cine vecinal, dijo Martel, es «un cine donde la estructura narrativa no surge como una imposición previa a la película, sino que surge de la observación y del análisis —lo más detallado que a uno le permita su inteligencia, su educación, su sensibilidad— de lo que nos rodea».
Si bien la realización de cada una de sus películas le ha llevado bastantes años, fue en este documental que por primera vez experimentó un cambio profundo entre quien era al inicio y al final de las grabaciones. Catorce años pasaron para terminarlo. En los videos más recientes que he visto, tal como ella lo reconoce en su libro Un destino común (Caja Negra, 2025), es como si se hubiera transformado en un pastor evangélico, como si hubiera encontrado en esa larga observación un remedio infalible que transmitir contra los males del aislamiento. La forma de Nuestra tierra se aleja así de una posible estructura fragmentaria, no le funciona. Lo que vemos es el pegamento que había sido escondido, negado o prohibido en nombre de una vida mejor. Nada en su observación tenía la garantía de encontrar ese pegamento, lo que nos presenta es solo lo que se quiso abrir a esa observación. Como los diez años que una de las protagonistas tardó en enseñarle las fotografías que son medulares para el documental.
Del día que fui a misa
Aun a pesar de la nueva vocación de la cineasta, su predicación nunca va en contra de la tecnología o de los mentados algoritmos. En Nuestra tierra incluso utiliza drones para algunas de las tomas. En el fondo, cuando habla de la «estructura narrativa» que se requiere para hacer una película —y, es posible, para toda obra de arte—, no solo se está refiriendo a un método específico para filmarlas, sino a lo que hoy en día uno está dispuesto a dejar atrás, o no, para encontrarlo. No como un mandato necesariamente moral, sino como parte de un impulso artístico que siempre ha llevado su propio ritmo y que no se rige por las reglas de alta velocidad del mercado, que al final son las que llevan a la personalización y al aislamiento. Un mundo, quizá, donde el algoritmo siga siendo el pastel que no se logró hornear en equipo.
Esta serie de textos comenzó más o menos por esta razón: tenía una junta con una profesora para discutir el temario de una clase sobre literatura, cine y medios en América Latina. Hablé sin parar durante una hora y, mientras escuchaba sus comentarios y recomendaciones, ella sugirió que me inscribiera a una clase que coordinaría con otro profesor de la escuela, sobre cine y medios en África. Así ampliaría mi panorama y haríamos un viaje a Atlanta para visitar uno de los archivos más importantes del mundo sobre el tema, lo cual me pareció muy bien, porque podría escribir al respecto. Después de enviar los requisitos y de haber sido aceptada en la clase, me di cuenta de que el viaje no era a Atlanta, sino a Sharjah, una ciudad de los Emiratos Árabes Unidos, pero el cansancio de la junta había sido tal que me hizo confundir el sonido de una con el de la otra. Hace unos días, las bombas cayeron en el aeropuerto de Dubái, al cual llegaríamos a mediados de marzo.