El río es quieto

Lo que escucho, hacia un lado y hacia otro de esta orilla de la playa, es el chillido alto y agudo de una bandada de criaturas. Pero cuando abro los ojos veo que el sonido sale de nuestras bocas: de la mía y la de mis amigas. 

Estamos en la arena y es el amanecer. Las carcajadas no rebotan contra nada porque no se puede rebotar en el vacío; sin embargo, crecen y ruedan como bolas de heno. Puedo reír y escuchar al mismo tiempo, nuestras risas no son cada una por separado, sino un ruido todo junto.

Acá, con el cuerpo encorvado por la risa, se diría que retrocedimos a una forma primitiva. Las manos nos cuelgan como brazos cortos de dinosaurio.

Todo pasa muy rápido. Tuna está doblada sobre sí misma, agarrándose la panza. Cuando se levanta golpea la cara de Eno y ahí, enseguida, la sangre brota. Adentro de la nariz de Eno, una venita se revienta, y un hilo grueso, o dos, le bajan por la boca. Un círculo rojo y perfecto se forma espeso sobre la arena. Los granos absorben y solidifican, transforman lo rojo en negro. Inclinadas, miramos el ojo que se abre en la tierra. Después caen rítmicas, siguiendo a la primera, otras gotas que escapan por entre los dedos de Eno.
Nosotras fuimos de las niñas que siguieron cavando pozos hondos en la tierra, tarde tras tarde, verano tras verano o, quizás, en un mismo verano, incluso después de que nos dijeran que no se puede llegar a China así. Fuimos de las niñas que rasparon con las uñas las paredes húmedas del pozo porque todavía seguíamos creyendo que el núcleo de la tierra, ese que en los manuales de geografía era naranja o amarillo, de fuego, era algo que se podía atravesar. Es por eso que miramos la sangre en la arena.

Volvemos a la casa por el bosque. Tuna, culposa, guía a Eno, que camina con la cabeza volcada hacia atrás. Llevo a Meca agarrada de la tela del buzo. No quiero que se pierda o no quiero perderme sola. A medida que avanzamos, las gotas forman un camino que nos sigue.

Anoche, después de tomar el ácido, bajamos a la playa y una de nosotras tiró una granada al río. Una explosión de agua se levantó varios metros hacia el cielo; el estallido fue grave, hondo. No hubo bandos, fuimos todas contra todas. Con ametralladoras sobre los hombros, escondidas detrás de precarias montañas de arena, tiramos a matar. Vimos los cuerpos de las otras rodando para esquivar balas. El ruido de los disparos lo hicimos con la boca, salpicando saliva. Imaginamos nuestras caras pintadas con franjas negras en las mejillas o enteramente cubiertas de barro. Vimos la noche y sus fuegos a través del visor de nuestras armas. 

Lo siguiente que recuerdo es lo que acaba de pasar.

Los primeros rayos de sol entran por el ventanal de la cocina. Caen sobre el termo que sostiene Tuna, pausada en el medio de un gesto. En otro momento me reiría, pero ahora mismo verla así me asusta.

—Agua —le digo—, calentá agua. 

Tuna me mira, y asiente con la cabeza. El flequillo graso, crecido, le cae sobre los ojos. No se lo corre.

Salgo al jardín y me acerco a la lona naranja…

Agustina Espasandín

Agustina Espasandín (Buenos Aires, Argentina, 1992). En 2024 publicó Que pase algo pronto, su primera novela, por editorial Sigilo.

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