Animal

Nací más animal que humana, daba igual que la abuela me envolviera entre telas finas, que me arropara con las mantas que ella misma había tejido, yo no toleraba la tela tocándome la piel, ni aunque fuera cien por ciento algodón, menos aguantaba el resortillo de los pañales. Me revolcaba como cachorrita de ocelote. Ni cómo calmarme. Traumé a mamá. Lógico, mis llantos eran peor que una tortura china. El vecino tocó a la puerta de casa pidiendo que callaran al animal pegándole un tiro. Me está volviendo loco, se quejó. Un cliché. Les ofreció su pistola, a veces matar es un acto de compasión, dijo. Viejo decrépito. Seguramente estaba medio sordo o no sé. El tipo juraba que en mi casa vivía un gato agónico al que no mataban por cariño, por eso les habló de compasión, de empatía, lo que fuera con tal de silenciar a la bestezuela. Nah, es la niña, ella así llora, como animalito, un animalito que no usa pañal porque se convierte en fiera cuando le echan talco en las pompis, cuando el pañal le presiona los muslitos. Se dieron por vencidos: que duerma cuando quiera, que cague y mee cuando se le antoje. Hay criaturas indómitas, no importa qué se haga, nada funciona. Con darme de mamar ya era bastante. Pobre de mi mamá, una mártir, se ponía trapitos húmedos en los pezones porque yo se los mordisqueaba como si fueran galletitas de mantequilla. Ñam, ñam. Hasta le arranqué un pedazo, lo mastiqué, vete tú a saber cómo, si ni dientes me habían salido. Me tragué su pezón. Me lo comí. Niña caníbal. La escena se les quedó tatuada en la cabeza. La sangre que brotaba del pecho de mi madre me bañaba la carita; ella, sin sensibilidad alguna, seguía dándome de mamar como abstraída, con el rostro apuntando hacia el rayo de sol que se asomaba entre las nubes, un nimbo divino, y yo bebía sangre y leche sin diferenciar, hinchada de tanto comer sobre su regazo blanco, junto a los rosales del patio. La abuela se ataca de risa cuando se acuerda. Encorvada, apoyada en su bastón, con el caballito de tequila en mano, me llama canija, canijilla, por haber dejado a mi madre, a su pobre hija, con el pezón mutilado, luna en cuarto menguante, y una cicatriz a medio pecho, souvenir de mi infancia salvaje. 

No te le acerques a la niña, la niña muerde, muerde recio, les advertían a los invitados. Pero, ¡ay, qué bonita es!, exclamaban ellos. Yo: ocelotita de ojos verdes, alba como mi madre, ricitos de oro, naricita. ¡Qué güerita te salió! ¡Felicidades! La gente del pueblo me daba el visto bueno. Con pedigrí la niña, aunque feroz. Me encerraban en un corral de plástico, para que no anduviera por la casa lamiendo el suelo, trepando muebles, rompiendo vidrios, metiéndome bichos a la boca, revolcándome en el lodo. Amaba andar sucia, llevar la piel cubierta por una costra seca de barro, como si fuera un armazón. Cuando me sacaban de la jaula, salía desaforada al patio. El sol iluminaba mi espalda arqueada hacia adelante. Me desplazaba en cuatro, con el traserito parado, las palmas de las manos y los pies apoyadas sobre el suelo, ágil, glotona, le pelaba los colmillos a quien se acercara. 

Fueron buenos los tiempos anteriores al bipedismo. Mi familia… ellos me dejaron ser. Nada de estudiar, nada de enseñarle a hablar hasta que camine como humana, sentenció la abuela. A ella nadie le repela. Jefa de la casa. Y como nadie me forzaba, tardé más de lo normal en caminar. Mamá se preocupaba de que yo llegara a mi boda a gatas. La abuela la regañaba: si tú eras igualita, na más que ya no te acuerdas, le decía. Estirpe animal. 

Eso de que el tiempo terminaría por enderezarme se cumplió. Me paré en dos. Maldito sea el día en que di los primeros pasos: con ellos vinieron las palabras y su significado. Memoricé el padre nuestro, el credo; ya nada de dejarme cautivar por la lumbre, por las lenguas enardecidas que danzan en el fogón, bajo las ollas de barro, que calientan el comal. Nada de venerar al fuego que quema, nada de temerle, como si fuera el verdadero dios, dador de vida, fuente de sustento... Las palabras trajeron el temor al fuego impalpable de un Dios invisible, a la tortura perpetua del Dios amoroso. Hay palabras terroríficas, e-ter-ni-dad por ejemplo. Espeluznante. 

Desde el sur global que geográficamente no está en el sur, creí privilegiada la vida al otro lado del océano. De todos los nietos que tuvo mi abuela fui yo, la canija, quien cruzó el charco buscando progreso. Y me amontoné en el metro junto a los que inventaron la antropología. No te entiendo, ¿qué has dicho?, ¿eso qué quiere decir? No te hagas pendejo, bien que entiendes. Si es el mismo idioma. ¿Lo es? Me lo dejan claro: no. Somos diferentes. Aquí le temen al picante. Estómagos refinados. Solo a los perros los desparasitan. Yo me desparasitaba cada año… claro, viniendo del sur… ¡Que nací en el norte! No me creen. Negación perpetua. El progreso pertenece a un norte que no sé dónde está. Por lo menos mi cara se confunde con la de ellos. Con la boca cerrada me camuflo. Mucho trabajo me costó aprender a hablar como para enmudecer. El acento me delata: jamás me refinaré. Me lo hizo saber mi jefe, era un escritor célebre, rubio. No saludaba a sus empleados en el ascensor…

Natalia M. Alcalde

Natalia M. Alcalde (Irapuato, México, 1992). Es gestora cultural y autora. Se ha desempeñado en distintos centros culturales y museos de España e Italia como la Institución Libre de Enseñanza, la Fundación Juan March o Le Gallerie degli Uffizi. En 2022 publicó en España la novela Delirio, Premio Morella Negra, que se publicó en México en marzo de 2026 por Tusquets. Ha publicado relatos en antologías como Los hijos del fuego: cuentos basados en leyendas tradicionales de Latinoamérica (2024), Archipiélago 988 (Cuadernos del Laberinto, 2021) y Hablando en cobre VI (2020), así como trabajos de investigación en revistas académicas.

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