Manchas en la pared
Mi abuelo Mario, que toda su vida había sorprendido al pueblo con sus anécdotas y su forma de ser, se había muerto hacía poco. De todas maneras, a la parca la burló como quiso. Salió ileso del derrumbe del techo entero de una pieza (kilos de material se le cayeron encima mientras dormía, con ochenta años) y del incendio de otra, que se la construyeron después de ese primer accidente. La segunda duró menos de dos años gracias al desperfecto de una estufa eléctrica: se terminó prendiendo fuego en una noche de invierno. Pasaron los meses. Y al final, después de todas estas maniobras evasivas, Mario se terminó yendo por un problema cardíaco a los ochenta y cuatro años.
El Ilusionista se iba a descansar.
Además de haber burlado a la muerte dos veces, también había amado a sus tres hijas y hecho sufrir, con equivalente potencia, a mi abuela Clarita por esa misma bizarría, esa forma particular de ser y de actuar. Un mezzo dandy con creatividad explosiva, talento que desembocaba en su profesión de relojero y en sus inventos míticos, como el aerosol-perro con rueditas o la pata postiza para los pollitos del corral hecha con bombilla de mate. También para mandarse cagadas era ducho, pero eso es otra historia. Las anécdotas que me fueron contando sobre los Vilela son incesantes. Van y vienen. A veces varían los detalles, dependiendo de quién las cuente.
Ese verano, como todos los veranos, hizo mucho calor. Tener casi dos meses por delante sin tener que ir al colegio —el Normal N°7 de Balvanera, en Capital— o vivir pegado al ventilador del departamento de la calle Hipólito Irigoyen con mis viejos era lo más parecido a la libertad. O lo que se me hacía que debía ser la libertad. La calurosa libertad. En Salto corría al aire libre. Transpiraba. Movía el cuerpo, y eso me hacía sentir vivo. Había, además, un río en el que yo podía pescar mojarras. Había un club con amigos nuevos para hacer y una pileta en la que podía nadar todo el día. Estaban mis tíos, mis primos. Por lo que pude dilucidar años después, mis padres, Silvia y Alejandro, eran perfectamente conscientes de esto. Y decidieron a partir de eso. No tuve una infancia dura. Tuve padres muy amorosos. Tuve a mis hermanas, a los primos, a los tíos, a los abuelos, y pese a las condiciones económicas nunca nos faltó nada. Por eso, al cerrar los ojos puedo sentir un escalofrío en la espalda. Puedo ver a los perros descansar del calor a la hora de la siesta. Ese horario en el que el mundo parecía detenerse fue de mis primeras experiencias contemplativas. Hace poco volví a Juan Rulfo y sentí algo parecido a lo que intento decir.
El abuelo Mario, que todavía brillaba por su ausencia, daba vueltas por la casa, especialmente a la hora rulfiana. Su fantasma olía a ginebra Bols, a vino blanco Uvita y salamines pelados al sol. Me lo imaginaba todavía montado en su infalible Zanella blanca, esa que parecía un caballo sucio. Si bien lo conocí en una etapa particular de su vida, ya para sus últimos años, siempre supe que ese hombre guardaba en sí una inmensa ternura y generosidad, a pesar de sus extravagancias. Sus tres hijas lo siguen adorando, a día de hoy. Es curioso. Diría que mi primer contacto con un verdadero fantasma fue con el suyo. Me acuerdo, por ejemplo, de no estar asustado por su muerte en sí, sino por cómo eso afectaba a mi abuela, a mi mamá y a la gente a su alrededor. Era el eco en los vivos, no la cueva solitaria del muerto…