La mina

En el municipio más peligroso de Venezuela, un hombre con una camisa de la Dirección General de Contrainteligencia Militar (DGCIM) opera una gran polea que sube y baja a diecinueve hombres hacia una mina subterránea de treinta metros de profundidad. Trabaja en una de las cincuenta y siete minas gestionadas por la estatal Minerven, en las afueras del pueblo de El Callao, en el estado Bolívar. La garganta de la mina, que baja hasta un sistema de cuevas, tiene un metro de ancho y los mineros deben empujarse contra la piedra fría para no chocar contra ella. Dos minutos dura el descenso. Los ruidos de la superficie desaparecen, la oscuridad incrementa y el mundo tal y como lo conocemos cambia radicalmente.

—Estamos al lado de la mina más grande de Venezuela —comenta el jefe, que por seguridad llamaremos Rex—. Todos nos dicen que somos ricos y no lo sabemos.

Al llegar a los treinta metros, nadie te recibe, a menos que seas el dueño o el acompañante del dueño. Nadie te dice, por ejemplo, que prendas la linterna y que mires donde pises. Tampoco te preguntan quién eres: en teoría, acá no entran intrusos. La superficie es enlodada, irregular. Hace calor. A medida que te adentras en la cueva sientes el doble efecto del confinamiento y la fascinación. Inhalas profundamente —pretendes inhalar profundamente—, y te das cuenta de que la densidad del aire es otra, que huele a orina con mierda, y que tu vida peligra. 

—Aquí huele a macho, no joda.

En esta mina nadie lleva cascos, la mayoría no usa guantes, algunos están descalzos. Ninguno de los diecinueve mineros que trabaja en condiciones infrahumanas por 120 dólares al mes está ocioso. Lo contrario: hay un fervor colectivo. Llegó el jefe y es día de llenar los sacos con las piedras que contienen el anhelado oro. Todos van, vienen, suben, bajan. Llevan palas, picos, taladros, sacos. Un minero se detiene en medio del tumulto. Está oscuro, no se ve bien. Toma su mano y la alumbra con su lámpara de cabeza. Su cara muestra arrepentimiento. Enseguida gruñe de dolor. El sonido se extiende a través de la galería de piedra negra con vetas blancas —un indicador de la presencia del oro— y rebota por todos lados. La mano gotea sangre hacia su camisa rota. La herida es honda. 

«Sube para que te limpies», le dice un gerente con indiferencia, mientras nos acompaña a supervisar el resto de la mina. 

—Cuando llegamos acá, no sabíamos qué hacer —me dice el jefe—. Explotábamos como locos.

 

Explotar significa dinamitar la cueva. Es el proceso previo a la extracción y el medio para delinear los pasadizos subterráneos. Una mala explosión podría ser fatal; abundan los casos de derrumbes. Cada explosión cuesta alrededor de 3500 dólares. Esta mina ha sido explotada dieciocho veces en seis meses. 

—¿Cómo hiciste para que te dieran la concesión? —le pregunto a Rex.

—Bueno, realmente es con contactos. También gracias al conocimiento que yo traía. Yo venía de la casiterita y del coltán. Eso también influyó. Pero si no haces bien el trabajo, así como te la dan, te la quitan.

Más adelante, me diría que para obtener la concesión tuvo que asociarse con «gente conectada». 

—Uno de mis socios tenía la alianza, y otro tenía una punta en Minerven. Me preguntaron qué sabía yo sobre el oro, y les dije que todo. Era paja: no sabía nada. Yo me sé vender.

 

La estructura de capital de esta mina se parece al resto de las minas en Venezuela. Son cinco socios, dos de los cuales trabajan con distintas instancias del gobierno venezolano. Uno de los socios, por ejemplo, estuvo involucrado en el negocio de los CLAP, según me comenta un exagente del DGCIM que supervisó aquella operación y que ahora supervisa esta. Los otros tres socios vienen del sector privado y del mismo nicho: compradores y vendedores de dólares informales. Cuatro de los cinco se conocieron en el Cubo Negro, el icónico edificio de oficinas de Caracas, paradójicamente convertido en un epicentro de operaciones financieras informales. Un verdadero cubo negro.

 

—Yo no estudié —explica el jefe—, yo decidí no estudiar. ¿Qué voy a hacer? Si me va bien, en cinco años no trabajo más. Yo tengo los pies bastante sobre la tierra, yo me parto el culo en esta mierda, hermano, y soy muy calladito.  La envidia mata.

 

Ductos de aire oxigenan pobremente los recodos más profundos de la cueva, como aquel en donde ocho mineros llenan los sacos. Cada uno escupe, grita, recoge tierra, picotea, orina, se arrastra, carga, lanza, chapotea. Sin noción de centro, con el peso literal de estar bajo tierra, hay que respirar con intención. Los sacos, que pesan alrededor de cincuenta kilos cada uno, llevan el sello de la Corporación Venezolana de Minería (CVM).

—Antes de que nosotros llegásemos, estos huecos estaban controlados por bandas. El estado vio que tenían potencial y se las quitaron. Vino el SEBIN y nos la dieron. Algunos de esos malandros siguen trabajando con nosotros.

 

Las minas, nacionalizadas en 1974, son concesiones del Estado venezolano a empresas privadas a través de figuras llamadas «alianzas estratégicas». La CVM es la representante del Estado ante las alianzas. Todos sus presidentes han sido militares. El presidente actual, el general retirado Rodolfo Marco Torres, es uno de los individuos más sancionados internacionalmente. Por cada explosión, la mina de Rex debe entregar el 30 % de los sacos extraídos a Minerven o a la CVM.

Según el informe anual sobre la explotación de oro de la organización Transparencia Venezuela (obligada a irse al exilio por sus investigaciones), hay alrededor de setenta y dos empresas que forman parte de esas alianzas estratégicas. Los dueños suelen ser «militares y personas cercanas a las élites del poder, algunas de ellas investigadas por corrupción en otros países, y sin experiencia en la explotación, producción y comercialización del oro».

—A mí me encanta lo que hago, te lo juro —prosigue Rex, dueño del 20 % de la operación—. Me gusta mi mierda. Yo en Caracas jamás haría lo que puedo hacer acá. ¿Qué empresa hace cien mil dólares en Caracas, que no sea un cambista? Pero claro, es un trabajo fuerte, descuido mi relación, a mis papás, uno come mal, estoy todo el día estresado, pero uno trata de buscar su balance. Yo le tengo fe a esto.

 

Por cada saco procesado, los mineros esperan alrededor de 0.1 gramos de oro (más o menos 10 dólares). La apuesta de Rex, quien rehúye a la palabra «corrupción», es encontrar una franja de oro en la piedra con la que hacerse rico. La reacción social al descubrimiento de una franja de oro se conoce como bulla. En una especie de código de conducta colectivo, cuando hay una bulla todas las personas del pueblo tienen el derecho a extraer dos sacos de la mina afortunada.

—La verdad del asunto es que yo no quiero esta vida para mí en cinco años. Yo tengo mi número de salida.

—¿Cuánto?

—Siete millones.

 

La empresa de Rex aún no ha sido identificada por Transparencia Venezuela. La ONG asegura que «no se conocen los criterios ni los procedimientos de los entes públicos para seleccionar a los socios en las alianzas estratégicas. No se conoce el alcance de sus obligaciones, la duración de los acuerdos, el nivel de producción, la cantidad de contratos, ni las cifras exactas de mineral exportado o entregado a la República por medio del BCV. Tampoco hay información sobre los beneficiarios finales de estos acuerdos».

A quince minutos de la mina, en un sector deforestado conocido como La Ramona, queda el centro de procesamiento de Rex: «los molinos». Los molinos muelen las rocas que contienen el oro…

Raúl de Armas

Raúl de Armas (Caracas, Venezuela, 1996). Ha publicado en medios nacionales e internacionales, como Prodavinci, Gatopardo, El Nacional, y tres libros. De ficción: El relámpago mudo (2022, LFCE). De periodismo literario: Así el mundo se venga abajo (Eclepsidra, 2024). Y de ensayos multidisciplinarios, como coordinador: Prisma. Venezuela desde sus jóvenes (UCAB, 2024).

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