Conversaciones en espiral

Llegó vestida en tonos rojos y blancos, un moño carmesí prensado a su corto cabello negro, y en los pies, un zapato de cada color, «recomendación de Yuri Herrera», dijo. «Es que estaba hablando con él y le dije, ya me tengo que ir pero no sé si blancos o rojos, y me dijo llévate uno de cada uno. Perfecto, solucionado». 

Brenda estaba de visita en CDMX «por varias razones: jurado de un premio de novela, luego la feria de Monterrey, Sexto Piso organizó una presentación, y luego otra feria…», así que para nuestra primera conversación quedamos de vernos para comer en un restaurante en la Roma.

En el autobús de camino de Querétaro a CDMX vi una yegua muerta en la carretera, tumbada de lado, a la orilla, aún con su arnés. Por su estado físico, era claro que no habían pasado ni un par de horas desde que perdió la vida. Había algunas personas junto a la imponente bestia, ignorándola por completo, simplemente esperando que se abriera un espacio entre los autos que pasaban veloces para poder cruzar corriendo al otro lado de la carretera. Pensé en Diego, aquel personaje que se quita la vida en Ceniza en la boca, pensé en el sonido que quizá se escuchó cuando algún auto golpeó a la yegua, si es que fue así como murió. Similar a lo que le sucede a la hermana de Diego, imaginaba un ruido «…seco, contundente, un encontronazo entre costillas, pulmones y asfalto. Así: pum. No, así: pooom. No, así: crag. No, así: drag, dragut. No, así: paaam, clap, crash, bruuum, brooom, gruuum, grrr, grooo… Y un eco. No, no hay un sonido que describa el ruido que se escuchó. Un cuerpo estrellándose contra el suelo. Diego queriendo ser estruendo…».

Ya en CDMX, aún cargando con la imagen de la yegua, pasé por la glorieta del Ahuehuete, tapizada con fotografías de gente desaparecida. Un sinfín de personas y autos también cruzaban por ahí, acostumbrados al monumental collage de imágenes a color y blanco y negro. Entre la bestia y los rostros de los desaparecidos, pensé en la obra de Brenda: los ausentes dejan un espacio que otros llenan con fantasmas, rumores y memoria rota; pensé en el modo en que su escritura refleja lo que la sociedad esquiva: cuerpos ignorados, el silencio de quienes deberían mirar.

Le conté la anécdota de la yegua. Ello detonó el recuerdo de un perro atropellado que por cuatro meses vi descomponerse hasta desaparecer en el pavimento de camino a dejar a mi hija a la escuela: cuatro meses de desintegración cotidiana; cuatro meses de indiferencia, hasta que quedó vacía esa zona del pavimento. Un perro que, aunque desapareció físicamente, se quedó adherido en mi memoria. Brenda respondió: «Excelente clase de biología para tu hija». Reí. El humor seco me sacó del peso del recuerdo. Había algo frío en su respuesta, sí, pero también una negativa a mentir: la muerte también enseña, aunque no queramos. Me fue claro que la mente de Brenda reacciona antes de sentimentalizar, que en lugar de ternura hay filo, y eso se nota en su prosa. Sus novelas no parecen buscar amortiguarle el impacto al lector ni educarlo moralmente. No buscan el sentimentalismo ni cualquier épica de la herida. Cuando aparece el dolor y la violencia, la narración llega sin solemnidad, a veces incluso con ironía. Con esa corta respuesta reconocí en ella una inteligencia que no se disculpa por ser incómoda. 

Brenda nació el 26 de febrero de 1982 en la Ciudad de México. Es una escritora con formación en sociología y economía por la UNAM y una maestría en Estudios de Género por la Universidad de Barcelona. Su trayectoria profesional se ha desarrollado entre México y España, donde ha trabajado como redactora, guionista, reportera, editora, además de colaborar con organizaciones no gubernamentales dedicadas a los derechos humanos y a la lucha contra la discriminación y opresión de las mujeres; esta formación y experiencia han configurado en Brenda una mirada crítica que entiende la intimidad como un espacio atravesado por estructuras de poder, lo que se refleja en una escritura que rehúye lo innecesariamente ornamental, que confronta en lugar de consolar; que asume la contradicción de habitar el sistema que cuestiona. Es también fundadora del proyecto editorial #EnjambreLiterario (2016–2020), orientado a visibilizar la escritura de mujeres. Ha impartido y participado en talleres de literatura, escritura creativa y economía con perspectiva de género, y ha sido reconocida con premios como el English PEN Translation Award 2019, el Premio Tigre Juan 2020 por Casas vacías, y múltiples galardones por Ceniza en la boca, entre ellos el Premio Cálamo 2022 y el Premio Arzobispo Juan de San Clemente 2023. En 2023 ingresó a la Residencia internacional para escritores de la Universidad de Iowa. Y actualmente se encuentra escribiendo su tercera novela. 

Lo que sigue, como lo es en todas las Conversaciones en espiral, no busca ser un retrato definitivo, sino, simplemente, un acompañamiento en el vaivén del pensamiento de la escritora. 

ANDREA: ¿Tienes una hija?

BRENDA: No, tengo dos: una de veintiuno y una de diez.

ANDREA: ¿Veintiuno? Eras muy joven.

BRENDA: Sí. La tuve a los veintidós. Mi ilusión era que cuando yo terminara la licenciatura, ella estuviera ahí. Me parecía lindísimo, y pasó. Me acuerdo que estaba súper bebé y me aplaudió. Y ahora veo a mi hija de veintiuno y pienso: «Si esta mujer se embaraza, la mato con las manos». Era una bebé. Pero fue súper deseada. Era algo que yo quería. Con las dos fue algo hablado. Con las dos personas con quienes las tuve fue una conversación de «quiero ser mamá, ¿te avientas?».
Con el primero salió fatal porque éramos unos niños, pero yo agradezco un montón porque creo que en el fondo yo quería ser mamá soltera, no es como que yo quería la casita, solo me entró una necesidad de ser mamá joven. Y en realidad fui mamá soltera casi de inmediato. Luego tuve una relación con alguien que fue figura paterna para mi hija durante mucho tiempo, pero estoy aprendiendo que lo mío no es… no es tan básico. Igual he aprendido que estoy muy enamorada del amor. Me encanta el estado de enamoramiento, me parece maravilloso. Creo que todos deberían experimentarlo muchas veces. Pero cuidar a un adulto… me asusta. Es insostenible. Es terrible vivir en un mundo donde ser mamá es una imposición, pero el fenómeno biológico en sí es maravilloso. Y cuando se vuelven personas, es espectacular. A mí me pasa que mis hijas me cuestionan un montón, pero también repiten cosas que yo hacía a su edad sin que se los haya enseñado. Ese algo que se transmite sin saber cómo.

(Se nos acerca el mesero a pedir la orden. Yo pido una ensalada farro, ella pide una pasta con albóndigas).

BRENDA: Necesito proteína, he estado haciendo mucho ejercicio.

ANDREA: Cuéntame cómo fue el proceso de Casas vacías, porque tú en un principio la publicaste por tu cuenta, ¿cierto?

BRENDA: Sí, yo publiqué Casas vacías en 2018, así, con Kaja Negra. Un poco porque no me sentía ni con el ánimo ni con las ganas de entrar al mercado editorial, la verdad. Y entonces fue como que varias personas decían: «Aquí hay algo con esa novela». Y yo decía: «Bueno, pues me salto todo eso, porque yo lo que quiero es que haya lectura y ver qué tal funciona». Entonces hicimos ese proyectito, quizá con muchísimo amor al arte, y a la distancia pienso que, o sea, fueron muy amables todas las personas que estuvieron trabajando conmigo para que sucediera. Y se publicó en PDF, etcétera, y estuvo circulando mucho tiempo de boca en boca aquí en México, pero de pronto también en otros países.

Andrea Gobera

Andrea Gobera (Ciudad de México, 1989) es guionista, escritora y traductora con formación en escritura para cine, televisión y videojuegos, Maestra en Creación y Apreciación Literaria y Licenciada en Relaciones Internacionales. Ha colaborado en largometrajes y series para diversas plataformas. Ganadora del premio Fenner a Mejor Guion Original y beneficiaria del apoyo a reescritura de guion por parte de IMCINE.

https://www.instagram.com/andreagobera
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