A simple vista
No alcanzo a ver.
Eso fue lo que dije con voz temblorosa a la oftalmóloga cuando me realizó el test de Snellen a los dieciséis años. Las letras en la tabla disminuían de tamaño a medida que se acercaban al fondo, y por más que intenté, no pude entender los signos, daba lo mismo si era una E o una F, ambos eran secretos que se negaban a revelarse ante mí.
Semanas atrás le comenté a mi papá que sin importar que me sentara hasta el frente, las palabras escritas en el pizarrón se difuminaban hasta perder sus contornos. Él me llevó a la cita en la óptica, donde la oftalmóloga me diagnosticó anisometropía simple.
El problema, según explicó, es que un ojo refracta menos la luz que otro. El que tiene menos defectos obedece mejor la orden que el cerebro les da a ambos de enfocar. Tal problema suele presentarse desde los cuatro años y debe tratarse de inmediato para lograr corregirlo. Al ser esa mi primera visita al oculista, mi caso se volvía más severo: tenía capacidad de visión del 50 % en el ojo izquierdo. Lo que podía hacer era graduar unos lentes y practicar la oclusión total con un parche por tiempo indefinido hasta tener mejoras. De no seguir las indicaciones podría desarrollar ambliopía, lo que se traduce en una disminución crónica de la vista. Ella se dirigió a mi papá y le preguntó:
¿Por qué no lo trajo antes?
Él solo agachó la cabeza, parecía que buscaba en el suelo la respuesta.
*
Me colocaron un armazón de prueba para adaptarme a mis primeros lentes. En cuanto me lo puse descubrí una nueva dimensión dentro de la que ya habitaba, una más honda que deformaba el piso y me provocaba vértigo. A pesar de la molestia, todo a mi alrededor era más detallado, podía distinguir la superficie rugosa de las paredes y los surcos de las pequeñas arrugas en la frente morena de mi papá. Me miré en uno de los espejos y vi que los lentes volvían mi cara más alargada. Para compensar un poco mi disgusto, elegí un armazón que tenía las varillas de un color azul jaspeado que me gustó mucho.
Tardé en acostumbrarme a ellos, no distinguía bien la profundidad de los espacios y el interior de mi frente punzaba. Eso no era lo peor. Mirar con un parche equivalía a una televisión que funciona a medias: la mitad izquierda mostraba las imágenes y la otra solo estática. Luego de retirar el parche adhesivo, la oscuridad en la que me sumía el ojo izquierdo se volvía más aparente, mientras que la luz que entraba en el derecho me hacía lagrimear y me cegaba…