La infelicidad en el rostro

Los cortes de electricidad en La Habana superan las doce horas al día. A veces son de corrido, otras de forma intermitente: la cortan cada cuarenta y cinco minutos, y así. En las noches se vuelve tétrico el panorama, una ciudad apagada, condenada a la oscuridad, a perecer en la nada. 

La compañía de electricidad ha separado el mapa de la ciudad por bloques, para intentar repartir equitativamente el déficit de energía y que La Habana se apague a pedazos, de manera intercalada, aunque nunca se cumplen los horarios ni se respetan los tiempos de alumbrones. En un intento, tal vez, de seguir repartiendo la miseria, las carencias y las poquedades a partes iguales, esta es la mejor idea que se les ha ocurrido. 

A algunos nos tocan cortes de electricidad de más de dieciséis horas; para otros, en provincias, lejos de La Habana, los cortes sobrepasan las veinticuatro horas. Incluso las cuarenta y ocho. 

Vivir en pleno siglo XXI sin energía eléctrica es algo imposible, impensable incluso para cualquier ciudadano común que aspire a la decencia. Que Cuba se someta a este déficit de energía no se debe tanto a las reiteradas excusas que se repiten en cada ocasión posible, no, no son culpa del embargo económico de Estados Unidos —a pesar de que se intente convencer de que así es—, no, la culpa no siempre es externa. La culpa no siempre es lo que se promulga en ámbitos internacionales, no siempre son ciertas las excusas reiteradas hasta el cansancio. La culpa también puede deberse a la ineficacia de quien condena enérgicamente y pide resistencia y más resistencia a gritos y consignas; puede deberse a la obsolescencia de una maquinaria incapaz de seguir andando; o al tiempo mismo, que no es eterno, pese a que quisieran que así fuese. 

Sucede que, tras tantos años alimentándose gratuitamente del petróleo de Venezuela, con la captura de Nicolás Maduro y su esposa, y los recientes eventos, el panorama internacional se ha removido y la cúpula dirigente en Cuba se ha visto huérfana de aliados estratégicos que hagan sobrevivir su ineficacia. 

Sencillamente, no hay combustible. Ya. 

Esa es la respuesta. 

Llegado el momento, cuando este se acabe del todo, el país se apagará por entero y solo sobrevivirán aquellos pocos que, entre sus prebendas y sus comodidades, se hayan agenciado plantas eléctricas, paneles solares y demás artilugios sofisticados que, de tanto en tanto, se comercializan a precios desorbitantes por las distintas páginas de Internet y por las redes sociales cuando es de sobra sabido que más de la mitad del pueblo cubano, con su escaso salario —el más pobre de toda América—, no puede acceder a nada de lo que se comercializa ahí, ni mucho menos comprar lo que venden los artistas, actores, faranduleros e influencers que hacen campañas de marketing en pos de intentar validar un estatus económico que el cubano de a pie no tiene. Como mucho, el que puede, tiene una linternita recargable que algún pariente le ha podido enviar desde el extranjero para, con eso, batirse en duelo feroz contra la oscuridad. 

No alcanza el salario, de hecho, ni para subsistir durante los primeros días de un mes. La carestía de los alimentos, las colas extensas para conseguirlos y la inflación galopante han sumido aun más en la pobreza a un pueblo que, de por sí, debía jugársela a su modo —muchas veces al margen de la legalidad— para llegar a fin de mes con un mínimo de decencia…

Emmanuel Montes Álvarez

Emmanuel Montes Álvarez (La Habana, Cuba, 1996). Licenciado en Español-Literatura por la UCPEJV. Autor de la novela Los días que pienso en ti (Avant, Madrid, 2023). Ha publicado escritos en plataformas de España, México, Venezuela, Uruguay, Chile, y en antologías publicadas tanto en Cuba como en USA. Ha colaborado con revistas como Hypermedia Magazine, Casapaís y Letralia. Fue finalista del Concurso de Creación Literaria Pallars Sobirà, Pirineos, en España. Ganador de la primera beca de escritura creativa auspiciada por el programa Transcultura de la Unesco y Aurelia Ediciones Un libro es un  show. Lleva su blog los hijos bastardos de la melancolía.

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