Sin su voz, solo sus manos: la anatomía del silencio en Javier Burin.

Fotografía: Juan Fullana, Lucas Larravide.


Don´t play what's there, play what's not there

Miles Davis

Una Ferrari que se lleva al hombro


Las gotas de lluvia perturban la claridad de los canales de Estocolmo; amanece y, en el barrio de Södermalm, cuarenta trabajadores comienzan su jornada. La fábrica es pequeña; el ambiente, amigable y relajado como la ciudad misma.

Los teclados han pasado cuarenta y ocho horas a 40 °C, y los que han salido ilesos del burn-in test se disponen a ser probados nuevamente. Cada tecla, cada perilla, será accionada, y la primera melodía de jazz sonará en sus octavas antes de ser embalados. Meses después, los veremos brillar en los escenarios de todo el mundo, poniendo a prueba también a los músicos en sus giras.

Un chasis laqueado industrial, rojo brillante. Un ensamble riguroso a mano. Cada una de sus ochenta y ocho teclas Fatar (TP/40) italianas brinda inercia y el rebote de un piano real, grabadas por separado con diferente fuerza y volumen. Este coloso polifónico con potencia multitímbrica está diseñado para músicos de élite y extensas giras. Cual camaleón de alta gama, es como llevar no solo un piano de cola, sino un camión de equipos vintage: pianos de pie, órganos y sintetizadores, más una biblioteca de samples con acceso a orquestas completas. Una sala de conciertos de diecinueve kilos, que casi puedes llevar bajo el brazo, con la ayuda de un par de rueditas.

El Nord Stage 3-88 se descontinuó en 2023. Se estima que unos sesenta mil músicos en todo el mundo poseen uno; Javier Burin lo ha vuelto parte de su vida, una extensión de su yo musical y físico. Él tiene veinticinco años y es un compositor, productor y tecladista sesionista porteño que teje una red invisible entre estadios mundiales y clubes de jazz.

Luego de un año frenético, el músico solicita un respiro al anunciar de modo pragmático, en su red social, el intercambio de su equipo por el Nord Compact similar, diez kilos menos, con el tamaño justo para la parte trasera de cualquier coche. Serán solo dos semanas, para una de sus giras de verano. Una gira de seis fechas. Unas vacaciones en comparación con el desenfrenado ritmo de aviones privados, aeropuertos y micros que lo llevaron a recorrer el mundo en 2025 con la gira mundial de Ca7riel y Paco Amoroso. Burin ha acompañado al dúo desde sus inicios, sin embargo fue en 2024 donde la fama estalló. Tuvo un rol clave en los arreglos para el concierto acústico Tiny Desk que llevó al dúo al estrellato. Del éxito devino el EP Papota, una gira no planificada mundial, nueve Premios Gardel, cinco Latin Grammys y un Grammy a mejor álbum alternativo para el dúo. Burin en 2025 dio ciento veinte shows con ellos y entre sus diferentes grupos y ensambles como UATS (la banda que forma con Edu Giardina, Maxi Sayes y Felipe Brandy), Sacrum y otros es probable que el músico haya dado más de doscientos conciertos en el 2025.


El último concierto de la gira

Está de pie en el escenario de la Fabrique de Milán ese 9 de noviembre; es el último concierto de la gira mundial de Papota. Su rig está diseñado para que se destaque el músico, siendo el arquitecto de las texturas y el diseñador sonoro del concierto. El Nord, bautizado con las siglas de la UATS, junto al Moog, está abrazado por esa plataforma de madera que le da acceso completo a las perillas que harán que el sonido corte como láser la música de la banda, profundizando bajos cuando lo disponga.

Desde las alturas panea al público, ubica caras conocidas y les dedica un guiño amigable. Está a punto de sumergirse en una travesía durante la cual la multitud gritará y saltará al ritmo de la banda y de Ca7riel y Paco Amoroso. El retorno no le permite escuchar los gritos, pero en el breve lapso en el que las luces apuntan al público, ve las tres mil sonrisas y manos alzadas de los fans de toda Europa que vinieron a verlos.

No tenía planeado ser parte de la gira mundial del momento, ni que estallara la fama del dúo luego del Tiny Desk ese octubre del 2024. Fue moviéndose con ellos como con el viento, conociendo nuevas ciudades, haciendo rutas en estrella alrededor del mundo. El show de la gira está milimétricamente pautado. Es un caos organizado; aquí el azar es un mal compañero. En cada presentación, se mueve con soltura al ritmo de las canciones mientras que sus dedos exprimen las armonías y melodías del Nord. Cada presentación muestra que se ensambla con sus compañeros no solo a través de la música, sino también de la estética. Esta vez el detalle: punteras de cuello en la camisa negra que le dan un toque western retro.

Esta noche será diferente: es la última y se permitirán un par de licencias, sin setlist pegados en el piso. Con un show que será más relajado, sin el frenético ritmo de los anteriores sesenta y seis. Esta vez habrá algunos apagones entre canción y canción. Desde hace meses, el juego y la diversión de tocar con sus amigos se transformó en reloj mecánico de precisión. Algo que puede ser agotador y marear al más dispuesto por la exigencia física y mental que demanda estar siempre subido a la cima del éxito y en el ojo del huracán.

Sus dedos de la mano derecha repiquetean en el teclado mientras con la izquierda profundiza los bajos o distorsiona el sonido. Baila al ritmo de ese monstruo de dos pisos mientras toca y sonríe; y el voltaje sube o baja según su pericia. El solo de piano de la canción El único se ha vuelto emblema de la gira. Cierra en comunión con la música. Parece no tocar el teclado, sino habitarlo.

El aire fresco del otoño milanés lo encuentra fumando a la salida del concierto, rodeado por un par de admiradores curiosos. Él, sonriendo amable; el cansancio, si lo tuviera, no se le nota. No hay sudor ni señal de agotamiento en su mirada; parece dispuesto a dar otro bis, si fuera necesario. No hay rastros de que haya estado tocando frente a tres mil personas desaforadas, ni que lleva detrás más noches en camas de hoteles que en la suya propia.


Una breve vuelta a casa


En Palermo se encuentra una casa convertida en templo del jazz, de estilo Art Déco, y refugio de músicos: Virasoro. Un ambiente íntimo que invita al rito de la música en un salón que podría ser la casa de un afortunado. El escenario de madera oscura es pequeño y, al llegar, se ve el piano de pared, el Nord-UATS, el bajo y una batería dispuesta.

Burin ha vuelto a la ciudad por dos semanas, en agosto, y dio nueve conciertos. Con su grupo Sacrum —junto a Matías Varela y Tomás Sainz— grabó su nuevo disco en vivo en Virasoro en cuatro días, a doble función. La misma casa que recibió a su ensamble con Kenji Sinyasiki, Vicente Ortiz y Jerónimo Quaglia la semana anterior. Quince días en la ciudad y nueve conciertos. ¿Cuándo duerme este músico?, ¿cuál es su espacio de descanso entre conciertos y ensayos?, durante estos días, ¿habrá vivido en la segunda planta de Virasoro?

El ensamble con Kenji fue el primero que vi de Burin donde él era el líder —y así se mostraba—; esto se repetiría en los sucesivos conciertos. Ambos amigos, en 2025, lanzaron Danza Ígnea, el EP que compusieron juntos y que nos invita a su universo sonoro.

Es el productor de las jams de la UATS alrededor de todo el mundo. En los huecos que notaba en la gira, tardes que tenían libres, él organizaba una jam para tocar con sus amigos en ciudades donde tenían fecha de Papota. Nacidas como un respiro, un after de colegas, una tarde en Mendoza —según cuenta en la entrevista con La Herreria Jazz—, las repitieron sin descanso en medio de la estricta vida de la gira. A los meses, habiendo acumulado fechas y admiradores, dieron el salto: la UATS se consolidó como banda en las redes, siendo incluso reconocida en un reportaje en la Rolling Stone Argentina

Mientras giraba por el mundo entre hoteles, estadios y aviones…


Paula Lipko

Paula Lipko (Argentina, 1979). Doctora en Ciencias Biológicas y Profesora. Combina su labor en la industria tecnológica con la escritura y la crónica cultural. Actualmente se prepara para cursar la Maestría en Periodismo Narrativo en la UNSAM.

https://www.instagram.com/lucesdelsur
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