Escribir en compañía

Si contemplo mis manos, en un gesto similar a los bebés cuando descubren el control de sus extremidades, encuentro callosidades en la base de mis dedos medio y anular, producto de levantar varillas dentadas en el gimnasio; encuentro una irritación en mi pulgar, consecuencia de girar tuercas con una llave Allen cuando armé un rascador para mi gato, y también las cicatrices de los rasguños que este me propinó cuando lo introduje en su nueva zona de recreo. En contraste, las yemas de mis dedos permanecen lisas, incluso aglomeradas, porque en este oficio al que intento dedicar mi vida, la escritura, el único trabajo bruto consiste en aporrear sin miramientos, a veces durante horas, las teclas de la computadora. En mis años de secundaria las acompañaba una rugosidad en el costado del dedo por agarrar mal el bolígrafo, pero confieso que se ha ido desvaneciendo en la última década, al igual que la costumbre de escribir a mano.

En los talleres de carpintería, mecánica y soldadura, en las casas de alfarería y en las maquilas, hombres y mujeres exhiben, además de las glorias de su arte, las marcas corporales que certifican sus arduas jornadas; callos como armaduras de segunda piel, cicatrices cotidianas que ni siquiera merecen la anécdota, espaldas y posturas acopladas al gesto repetido de atacar los materiales. Incluso los humores de aquellos Hefestos y Brígidas se impregnan con los años de la esencia seductora de la madera, la pintura o el barniz. ¿Pero cómo se transforma el cuerpo de un escritor, alguien que permanece en la quietud de una silla, disociado de su cuerpo y poseyendo, como los demonios del infierno, cuerpos ajenos? Más allá del lamentable síndrome del túnel carpiano (que no le deseo a nadie y que procuro a toda costa evitar), quizá consecuencia de una técnica deficiente ejecutada en solitario, sin la interlocución de oficiales o aprendices con los cuales contrastar el dolor por el que han pasado sus muñecas.

Cuando asistimos a talleres literarios, ¿nos transformamos siquiera en el ejercicio de juzgar y ser juzgados, a veces con soberbia y otras con vergüenza, los frutos abstractos de nuestra cosecha?

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Imagino a Virginia Woolf asomada por la ventana en un atardecer londinense, esperando con ansia la llegada de sus invitados (digamos Lytton Strachey, Duncan Grant, E. M. Forster), a quienes leerá un fragmento de su flamante El cuarto de Jacob. ¿Sentirá heladas de sudor las manos, cosquillas en el vientre, palpitaciones en la sien? Y tras recibir el indudable elogio del círculo de Bloomsbury, después de la discusión acalorada sobre las vicisitudes de la novela moderna y la anquilosada moral burguesa, ¿descansaría la tormenta de sus pensamientos y se relajarían sus músculos o, atrapada por el entusiasmo de la tertulia, sentiría un arrebato que la llevaría al insomnio y a la corrección del manuscrito?

Tal vez sea por eso que tantos escritores trabajan de noche, y tal vez es el motivo por el cual muchos grupos, círculos literarios y talleres celebran sus reuniones en bares y cafés. Conozco el caso del grupo Contemporáneos, que se reunía en el Café París de la Ciudad de México y donde, solo cuando las copas y el humo del tabaco enervaban el ambiente, el tímido Xavier Villaurrutia se animaba a leer los nocturnos de su Nostalgia de la muerte, José Gorostiza deshilachaba el intrincado tapiz de su Muerte sin fin y Jorge Cuesta, antes de caer en el delirio, escarbaba en sí mismo para poner bajo el sol su magnífico Canto a un dios mineral. Era necesario adormilar el cuerpo, desprenderlo de esa temerosa pesadez que componen la soberbia y el orgullo. Otro tanto sucedía en el madrileño Café de Fornos, en la esquina de Alcalá con Virgen de los Peligros, que recibió en distintas épocas lo mismo a Clarín, Luis Taboada o Javier de Burgos que a Antonio Machado, Valle-Inclán, Azorín y Baroja, grandes titanes que se destruían entre sí con admiración. Porque una tertulia es, ante todo, una máquina demoledora de certezas, donde lo que uno cree saber sobre el oficio se pulveriza como un puente malogrado que solo resta reconstruir. 

Aquellas reuniones informales fueron los ancestros espirituales de nuestros talleres literarios. De todos, desde el más pequeño en las barriadas que busca atraer a los adolescentes para alejarlos de las drogas, hasta los grandes seminarios, incluso las carreras de escritura creativa que hoy se imparten en distintas universidades del planeta. Todos ellos son espacios donde la sola presencia de los cuerpos, a veces agolpados en estrechas mesitas de cabaret, o en bibliotecas asfixiantes, inyecta el influjo necesario para avanzar en los proyectos. Escribir en soledad, sin retroalimentación y sin la sensación de que lo escrito dialoga con el mundo, es una práctica triste que apaga el fuego de las vocaciones.

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Tengo un cuaderno de raya que luce en la portada un falso cuadro de Van Gogh, una quimera que combina el cielo de La noche estrellada, la corriente de La noche sobre el Ródano y, en sus orillas, la Terraza de café por la noche. Creo que me lo regalaron hace años y que estuvo vegetando en mi estantería (ya he dicho que casi he abandonado la escritura manuscrita). Cuando recibí un correo de la Dirección de Literatura de la Universidad Nacional Autónoma de México informándome que me habían seleccionado para el programa Tutoría de novela, decidí que ese sería el cuaderno que usaría para tomar notas. Intuía, y resultó ser cierto, que «tutoría» era algún tipo de eufemismo para «taller», un espacio de artesanía gremial donde Jorge Volpi, Eloy Urroz y Pedro Ángel Palou leerían y pulverizarían nuestros proyectos narrativos; lo que no sabía era que los ocho infelices que entramos a ese taller en 2024…

Rafael E. Quezada

Rafael E. Quezada (Ciudad de México, México, 1995). Autor de El hambre del mundo (Ediciones del Lirio, 2023). Ganador del «Concurso Iberoamericano de Ensayo para Jóvenes» del Fondo de Cultura Económica (México, 2017); del XXI Certamen de Relato Corto «Eugenio Carbajal» (Mieres, España, 2024); y del Premio Nacional de Cuento «Beatriz Espejo» (México, 2025).

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