Carlos Fuentes: lo americano en el infierno
Nota del 12 de enero 2026, 10:16 horas
Suenan las primeras bombas, reviso las imágenes de los portales. Mi lectura de La muerte de Artemio Cruz acompaña la invasión norteamericana al territorio venezolano. Trump dice haber capturado al «narcoterrorista» Nicolás Maduro. Se escuchan los analistas, estoy atento a la indignación. Se oyen demasiadas defensas retóricas sobre el derecho internacional, se oyen muchas voces sobre la autodeterminación de los pueblos, sobre la soberanía territorial de los países. Se escuchan voces contra la vocación imperialista mientras en otra parte de la prensa (y del público venezolano desperdigado) se festeja la «liberación» de Venezuela. Entonces agarro el libro. Repaso, inspecciono. Artemio Cruz es un canalla. Burgués emergido de la decadencia putrefacta patrimonial de las viejas clases altas mexicanas durante la revolución, es algo así como la combinación entre las clases del viejo mundo colonial y estas nuevas oligarquías consolidadas del mandato de Obregón: Artemio se va haciendo abrupta y violentamente de su riqueza. De modo astuto, preciso. Y va convirtiéndose en el emergente de un orden político y económico estallado por una revolución infinita, por una revolución de múltiples demandas (demandas campesinas de reforma agraria, demandas capitalistas de industrialización, demandas urbanas por ampliación de derechos, demandas obreras de igualdad, demandas comunitarias del interior profundo, etc.). Artemio es un canalla, un burgués nacido de las contradicciones desnudas de una revolución que se adelantó en el tiempo: 1915 es muy pronto para especular con los campesinos, para prometer una reforma que finalmente los desposea; es muy antes para dejar inermes a los soldados de la insurgencia popular en Sonora; muy de madrugada para tomar la deuda de las viejas familias patricias y ofrecerles a cambio una renta de usura. Artemio, en su ímpetu, tomará a su esposa en parte de pago (en eso Fuentes tiene las mismas obsesiones ultrajantes que Faulkner). Es empresario, pero primero revolucionario, después caudillo, por último, conservador: Artemio Cruz especulará con los norteamericanos, los presionará para que le paguen por adelantado, conduciéndolos a un terreno limítrofe que les impide deshacerse de él. El viejo mundo colonial del Porfiriato entonces va cediendo, los sobrevivientes no logran interpretar lo nuevo y las fuerzas policiales no alcanzan para doblegar al caos. Artemio Cruz lo sabe.
Enciendo la televisión, repaso las imágenes. El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro, desciende de un avión en Nueva York con ropa naranja de capturado. Busco en García Márquez alguna referencia. No la encuentro. Vuelvo a Carlos Fuentes. Las voces siguen, siguen los que hablan sin parar, los que desconocen el silencio. Me recuerdan al cura desposeído por Artemio Cruz, aquel que se proponía bañarlo de consignas ideológicas y este le tenía preparado el puñal de la usura. Me recuerda a los federales, ese ejército profesional que defendía la constitución tardía del Porfiriato, mientras Maduro cae y Estados Unidos aún no define una intervención ex post. Agarro el libro y en el medio, se me ocurre pensar que estamos ante un nuevo orden mundial, uno donde EE. UU. no desea la injerencia de China en su continente, uno donde el Consenso de Washington y los organismos multilaterales ya no tienen mucho más que decir. Busco en los portales, no encuentro a Artemio Cruz. Todavía es muy pronto. Trump dice que el régimen venezolano continuará bajo el mando de la vicepresidenta Delcy Rodríguez y las caras largas de los liberales liberacionistas no se hacen esperar. Estados Unidos impone algunas condiciones, todavía no se topa con ningún Artemio (o ninguno que conozcamos). Dice que es el fin de la provisión de petróleo a China, el fin del aseguramiento de costos baratos para el gigante asiático. Lo sigo buscando a Artemio, aún no lo encuentro. Lo imagino. Agarro de nuevo el libro. Los liberales siguen hablando por TV.
Nota I del 23 de enero 2026, 22:13 horas
Jinete… polvareda… suelo. Llevo una semana de lectura de Carlos Fuentes y lo conozco por Artemio Cruz. Me impresionan los tres sujetos hablantes que el mexicano coloca en su novela: el YO, la voz del ataque, accidente o infarto de miocardio que lo hace estallar contra el vidrio en su dormitorio a los setenta y un años mientras observa con repugnancia y desagrado el arribo de los médicos en tanto su esposa y su hija se encuentran en estado de pura indiferencia… (Artemio nunca terminó de ser amado… nunca fue del todo querido… su esposa lo culpará por la muerte de su hijo Lorenzo). Por otro lado, la voz del TÚ, una especie de voz de resignación y resurrección que intenta escapar de este estado de muerte al que lo somete su propio cuerpo en la cama moribundo, antes de entrar al hospital y de salir de una habitación donde fluyen órdenes propias y ajenas como «te recuperarás», «respirarás», «verás todo de vuelta», «cámbiate», «vístete», «no respires», «cálmate». El propio Artemio, el Artemio que obtuvo el vociferío elogiante del presidente municipal y el beneplácito de Puebla para convertirse en diputado de México, el Artemio del poder, el Artemio aclamado en razón de sus «méritos revolucionarios» y sus servicios al orden… ese, ese Artemio, verá como nunca el vaciamiento de su vesícula acompañada de una bilis segregada por el hígado que hallará la razón de su muerte en la arteria mesentérica ocupada del correcto funcionamiento de brazos, hombros y piernas, pero que hoy da lugar a la obstrucción sin retorno. Después está la voz de ÉL, voz de un sujeto reconstruyendo su vida con mirada retrospectiva, repasando la revolución, repasando la ambición: la primera vez que viera a Catalina Bernal, la hija del endeudado don Gamaliel, su futura esposa. El olor de los pueblos a pólvora y maíz que la guerra entre federales y villistas le va dejando en la memoria y en la parte de atrás de Sonora en el Alto México. También repasando a Regina, esa mujer de la cual Artemio estuvo verdaderamente enamorado y no ahogado como ahora con su esposa: esa de la que respiró su piel, su monte velludo, sus senos, su boca ancha, sus ojos finos. La piedra pegando en el agua y ella, Regina, que en el medio de una vida sin sentido y de una guerra sin valores se le aparece con la frase «desde que te vi, supe que dejarte pasar sería mi derrota definitiva». Fuentes marca al lector, marca al amante: el amor de Regina pagará la culpa del soldado abandonado, dice en la página 182 de la editorial Cátedra. Es tan hispana la novela, que nunca soslaya su obsesión por la identidad mexicana. Mejor dicho, la no-identidad mexicana, la no-identidad americana. Porque México, América, quisieran ser como… como otros…, pero América no es española, no es inglesa, tampoco india, y Fuentes lo sabe porque retoma esos problemas en la piel del canalla Artemio Cruz. Artemio Cruz es un canalla porque es un hijo bastardo con padre ausente domado por el cura Sebastián (Artemio odia a los curas); pero sobre todo en razón de su atómico desprecio a las raíces culturales de su mundo. Como cuando sostiene que su hija (Teresa) y su esposa (Catalina) se quedaron con él para poder odiarlo plácidamente en la riqueza y no tanto codo a codo desde la multitud de pies hinchados, de esos millones que esperan autobuses en la esquina de una ciudad humífera, irrespirable, saliendo de un comercio y envolviendo paquetes, acumulando…