La forma del universo

Cierras los ojos y te los tallas suavemente con los puños durante diez segundos. ¿Qué ves? O volteas furtivamente hacia el sol y lo miras directamente por unos instantes. ¿Qué pasa? Sí, claro, se te ha repetido hasta el hartazgo que no se debe ver fijamente al astro solar. En especial en un día despejado, como este. Que te puedes quedar ciego. Como ese primo del amigo de tu tía que tomó LSD en la playa y que se tumbó a contemplar el atardecer, según él, bajo pleno aplomo de las tres de la tarde, hasta que se le frieron las córneas. Pero tú sabes bien que no pasa nada. Siempre y cuando lo hagas fugazmente. Suficiente para quedar encandilado, nada más. Un parpadeo. A lo mejor dos. Lo sabes desde la infancia. De hecho, es algo que haces seguido y casi siempre estornudas. Eso: estornudar involuntariamente cuando el sol te deslumbra, se llama fotofobia y es un rasgo hereditario, o eso te dijo tu madre. Aunque tú solo puedes pensar: ¿se puede estornudar de otra manera? Es decir, ¿a propósito? Así, como quien dice, por puro antojo. Ah, qué gloria inaudita dominar los secretos del estornudo deliberado; he ahí un talento que envidiar. Sin embargo, no estamos aquí para perseguir la pista de ese secreto, sino de otro. Uno más cautivador, si es que eso puede decirse de un secreto. O sea que mejor concentrémonos. Piensa: ¿qué revela la encandilación? O, mejor dicho, ¿qué es lo que la asemeja al tallado de ojos? ¿En qué consiste que sean precisamente esas formas, entre esféricas y arenosas, las que se proyectan sobre el telón de tus párpados y no otras? No sé, unas más amorfas, por ejemplo. Quizá menos consistentes entre sí o, cuando menos, más variadas. Quizá entonces no habría nada de qué sospechar. Podríamos endilgarle todo el asunto al azar y santo remedio. No obstante, son esas formas las que aparecen una y otra vez y ninguna otra. Esas manchas casi vivas, de las que emanan sensaciones extrañas, como de pintura de Rothko. Así que aquí estamos.

¿Por qué, insisto, se parecen tanto dichas figuras a las que asaltan la mente durante el aura de las migrañas? O a aquellas que perturban las noches sudorosas de los delirios febriles. ¿Nunca has sufrido un ataque epiléptico? Entonces quizás no lo sepas, pero se les parecen bastante. Y, sabes a qué se parecen también: a escuchar la lluvia con la cabeza sumergida en el agua. Pero, ¿qué dices? ¿Que nunca has tenido tal experiencia? Qué pena. Aunque puede resolverse de forma sencilla. Lo único que hace falta es rellenar la bañera por la mitad —asumiendo que se cuente con tal pequeña fuente de placer en el apartamento—, hundir el rostro en el fluido tibio hasta que te cubra las orejas y dejar correr la regadera. ¿Ya lo imaginaste? Ahora que igualmente puede generarse el efecto deseado clavando la vista sobre un foco cualquiera. Pero requiere de más tiempo. Hasta que la luz se vuelve una mancha verde-morada que se superpone sobre la realidad. Jajaja, «sobre la realidad», da risa ponerlo de esa manera tan concreta: como si tuviéramos la más vaga noción de qué es eso. El caso: la geometría se conserva. Aparece una y otra vez. Esos círculos borrosos de la encandilación. De las cefaleas en racimo. De la hipnosis profunda.

Y ahora resulta que no solo la asfixia controlada, sino que también la cianotipia en reversa —deconstruida o de factura simultánea— figura como otra puerta de acceso al fenómeno. ¿Quién lo diría? La clave residía en un antiguo proceso fotográfico puesto de cabeza. Un artilugio de azules prusianos reconfigurado para capturar la esencia de la luz ultravioleta y sacar sentido a su significado. Aunque meditándolo un poco, quizás sería de esperarse. Quiero decir: que algún día la alquimia se acercaría a una técnica de cristalización lo suficientemente refinada como para que el resultado cobrara vida propia. Pero aceptémoslo: nos tomó por sorpresa. Porque, encima, los ensayos cristalográficos en cuestión no solo emulan las formas, sino que las dotan con estructura física. El paisaje brotando a partir del líquido, los alveolos minerales comenzando a respirar gracias a la reacción de oxidorreducción, el ojo del cetáceo abriéndose a partir de la arena. Vaya fuerza hipnótica la de esos planetoides que se vierten sobre sí mismos como una explosión contenida. Mundillos que remiten a copos de nieve multiplicándose, a masas polares en dispersión oceánica, a marismas y deltas intrincados vistos desde el cielo, a tejidos celulares e intersticios anatómicos. Manchas figurativas, si se quieren ver de esa manera, pequeños edenes test que invitan a ser habitados y que, como en un test de Rorschach, están abiertos a la interpretación, transmutando a merced de la proyección psicológica de quien los mire. O sea que para acariciar esas figuras primordiales que añoramos, esas instantáneas preciadas de caldos primigenios congelados, no hace falta convulsionar, recibir electrochoques o ingerir psicodélicos y escuchar el resueno envolvente del gong tibetano, tampoco es necesario entregarse al trance dancístico de los derviches o arriesgar a la ceguera colectiva clavando la vista sobre el horizonte hasta presenciar un milagro —como sucedió en Portugal el 13 de octubre de 1917, cuando en la región de Fátima un gran número de personas que acudieron al lugar dijeron haber presenciado actividades solares extraordinarias, como ver al Sol «danzar» o «zigzaguear», girar hacia la Tierra o emitir luz multicolor y colores radiantes—. Sino que bastan una serie de sales de hierro fotosensibles, mucha paciencia y las condiciones ambientales correctas para que el vidrio de reloj sirviera como médium. ¿Médium de qué, todavía me preguntas? Pues de la influencia del sol. Sustrato propicio para que crezcan esos halos de hielos químicos que encierran el todo. Que nos revelan la forma del universo, ni más ni menos.

¿Que si no estoy exagerando? De ninguna manera. Estamos hablando de que existen reminiscencias de tales formas en todas las escalas de la existencia. Desde las partículas subatómicas hasta los…

Andrés Cota Hiriart

Andrés Cota Hiriart (CDMX, México, 1982). Es un naturalista, zoólogo y escritor Biólogo por la UNAM. Es articulista de varias revistas mexicanas y autor de libros como Cabeza ajena (Moho), Faunologías, aproximaciones literarias al estudio de los animales inusuales (Festina), El ajolote. Biología del anfibio más sobresaliente del mundo (Elefanta), Fieras familiares (Libros del Asteroide) y Fieras interiores (Random House).

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