Conversaciones en espiral 3

Fotografía: Isabel Wagemann

Abril y mayo 2026


Tengo una cubeta en la que guardo las heces de mi perro. Se cubren con aserrín, y quince días después un servicio se la lleva y me entrega una nueva cubeta. En caso de no cubrir bien las heces, o de dejar la tapa abierta, siquiera un hueco del espacio de un espagueti, el interior de la cubeta se humedece, las moscas depositan sus huevos y en cuestión de horas eclosionan larvas. Hace unos meses, el hedor delató a mi hija, quien había descubierto la tapa sin mi conocimiento. Al asomarnos a mirar el contenido, vimos que habían pululado cientos de larvas blancas. Mi hija llegó a la misma conclusión que Aristóteles: las heces contienen calor —neuma—, y ello provocó el nacimiento —generación espontánea— de las larvas. Insistía en adoptarlas. Tras mi rotundo no y después del llanto, ahora sugería dejarlas libres en la base de un árbol para que pudiesen hacerse de capullos y transformarse en mariposas.

Meses después leí Larvas de Tamara Silva Bernaschina. El primer cuento, narrado a través de una voz infantil, habla sobre un niño que cuida, o intenta cuidar, de los piojos que le quita su madre de la larga cabellera. «Digo que voy a sestear un poco, corro derecho al cuarto y cierro la puerta despacio. Me hinco y de debajo de la cama saco el bollón que me regaló la abuela hace años. Antes estaba lleno de caramelos, pero ahora está lleno de pelos y piojos». Recordé aquel evento con mi hija y las larvas blancas que, le dije, se convirtieron en mariposas. Recordé que de niña yo cuidaba incluso de cucarachas. Lo que a un adulto le provocaría alarma y asco, a un niño le parece bello. Larvas continúa así, con una mezcla de ternura y belleza amalgamada a las náuseas y al terror. 

El horror de Tamara confronta al lector con ansiedades, con ascos, con extremos dentro de un mundo completamente reconocible, a tal punto que cada cuento resulta una especie de catarsis. Sus historias, llenas de olores y texturas, llegaron para recordarme mirar lo bello entre lo grotesco, a recordar cómo observar con ojos de niña o con mirada animal un mundo que cada vez parece más vomitivo: se puede encontrar magia incluso entre lo repugnante. Sus universos se deforman, quizá la clave en el nuestro está en deformarlo hacia dónde entra la luz. 

Hay una sensación peculiar al conversar con alguien como Tamara, quizá serenidad sería la palabra correcta. Transmite tanto delicadeza como fuerza, tanto genialidad como modestia. «Tamara llegó al quinto día. Su llegada fue luminosa y singular. Además, ella nos trajo los monstruos», así la describe la escritora Andrea Cote a su llegada a la Residencia Literaria de Finestres en 2025. «Tamara es un primor de inteligencia sobrehumana. (…) Todo lo observa (…), en silencio, con ironía. (…) Entre los motes, Tamara es Piel de Bicho», escribe, también en su diario, el escritor madrileño Carlos Pardo. 


Y es que Tamara tiene una capacidad extraordinaria para absorber su entorno, para percibir aquella cotidianidad invisible, como un bicho con ojos mosaico. Particularidades que traspasa a sus historias y que cargan todo el peso de las emociones, del tono, de la textura y de los personajes. Como en Papo, donde el niño da la impresión de no tener un brazo por no lograr ponerse una manga del suéter antes de que el tío se lo llevara. Como las suelas gastadas de los niños por frenar la bicicleta con los talones en Los días futuros. Como los granitos de arena crujiendo en los dientes junto al pan, al queso y al salami en Arena, arena, arena


La velocidad con la que Silva Bernaschina pasó a ser leída en circuitos latinoamericanos y españoles no es usual, es algo que solamente puede hacer un bicho con el genio para hacer evolucionar un elemento mundano en uno terrorífico; un bicho con la habilidad de incrustarse en la mente y producir micelios que todo lo permean y lo invaden; un bicho que brilla con tonos tornasolados. 


La crítica la ubica entre el horror natural/rural y la literatura fantástica contemporánea. Debutó con Desastres naturales en 2023, libro de cuentos publicado por la editorial Estuario que le confirió el premio de narrativa y el premio de revelación en el Bartolomé Hidalgo, así como el de Ópera Prima en el Premio Nacional de Literatura. En 2024, nuevamente con Estuario, publicó su primera novela, titulada Temporada de ballenas, la cual obtuvo la mención de honor en el concurso literario Juan Carlos Onetti y el Segundo Premio Nacional de Literatura en Obra Édita. En 2025 publicó su segundo libro de cuentos, Larvas, con Páginas de Espuma.

Nuestra primera conversación se llevó a cabo entre el golpeteo del apartamento de arriba del de Tamara, su gato (Pulga) comiéndose plantas y cables, y mi wifi que dejó de funcionar antes de terminar la conversación. La segunda conversación fue después de que viajara a la Feria Internacional del Libro de Bogotá (FILBo). Esa vez la charla fluyó sin interrupciones y ya con cierta familiaridad. 

Lo que sigue, como lo es en todas las Conversaciones en espiral, no busca ser un retrato definitivo, sino, simplemente, un acompañamiento en el vaivén del pensamiento de la escritora. 



TAMARA: Todavía hay sonidos de obra atrás. Vas a escuchar martillo, vas a escuchar taladros y cosas que no sé qué son. 

ANDREA: Casi no se escucha. Para ti quizás sea más incómodo. ¿Me dijiste que se inundó el piso de arriba? 

TAMARA: Se inundó pero hace ya dos semanas, y empezaron una obra que habían terminado la semana pasada. Pero ahora volvieron a trabajar, tal vez se tomaron unos días, y ayer cuando llegué estaba todo el ruido acá, arriba. 

ANDREA: Qué molesto. 

TAMARA: Muy. 

ANDREA: ¿Dónde vives ahorita? 

TAMARA: Estoy en Montevideo, pero soy de Minas. Después viví mucho tiempo en Aiguá, que son dos ciudades que están bastante cerca, en realidad. En Aiguá viví en el campo, en Minas estaba en un entorno menos rural… más suburbano, capaz. 

ANDREA: Generalmente la gente se va del campo a la ciudad. Y tú hiciste lo contrario. ¿Qué tal ese cambio? ¿Cuántos años tenías? 

TAMARA: Tenía quince años. 

ANDREA: Ya grande.

TAMARA: Sí, sí, sí. Y fue tremendo, porque de repente capaz que en la ciudad tenía más independencia, y estando en el campo fue un poco más complicado moverme… tomaba clases de inglés en ese momento, además del liceo y tal, y era una logística familiar tremenda. Alguien tenía que llevarme y alguien tenía que irme a buscar.

ANDREA: ¿Y por qué se mudaron al campo? 

TAMARA: Porque mi madre hacía varios años que estaba en pareja con un hombre que vivía ahí, estábamos muy cerca. Pero eso, se fue rearmando la lógica familiar y fue como bueno: «nos mudamos en vez de quedarnos en la ciudad, nos vamos al campo». Y yo lo padecí mucho tiempo… pero ahora tengo ganas de volver al campo. 

ANDREA: Y por lo que veo, tu paisaje afectivo, sí es el campo. ¿No? 

TAMARA: Sí, recontra. Y claro, cuando me vine para Montevideo, pasé de esa apertura total de salir de mi casa y estar en medio de la nada a mudarme a un cuarto de 2 x 2 en una pensión estudiantil con veinte personas. Muy rápido llegó ese pensamiento de «capaz que en el campo era mejor». 

ANDREA: ¿Y a Montevideo te mudaste para estudiar? 

TAMARA: Sí, a finales de 2018, principios de 2019. Yo terminé el liceo y me había anotado para hacer la licenciatura de traducción y no entré. Había dos pruebas, una de español y una de inglés y yo preparé la de inglés pensando que iba a ser la más difícil, y no pasé la de español. Ya me había mudado. Yo pensaba que era obvio que iba a entrar porque, ¿cómo iba a perder la prueba de español?, y me anoté a letras como un interés medio oblicuo, no sabía muy bien para qué servía, porque hablar de investigación literaria me resultaba absurdo y lejano. Entonces me anoté por no volver al campo, justamente, tener algo para hacer acá, y me quedé. 

ANDREA: ¿Y qué te pareció? 

TAMARA: Me encantó. Me encantó, me encantó. 

ANDREA: ¿No quieres volver a la traducción? 

TAMARA: Lo pensé el segundo año, volver a presentarme, pero me di cuenta de que, más que estudiar traducción, lo que quería era aprobar la prueba. Entonces me di cuenta que capaz que no era un camino. La traducción literaria me parece un arte muy hermoso, pero me sedujo bastante la investigación y la lectura por ese otro lado. Entonces me quedé en la facultad de Humanidades. 

ANDREA: ¿Y a partir de ahí empezaste a escribir o viene desde antes? 

TAMARA: No, escribía desde mucho antes. Desde siempre, como se dice. Escribía desde antes de la universidad, yo creo que lo que hice fue como afinar algunos intereses, expandir el universo de lecturas que no llegaban a mí por un montón de factores. Mis profesores me traían más lecturas de las que yo podía conseguir por mi cuenta, y esos panorámicos me hicieron muy bien para la escritura. Y cuando llegan los seminarios, que creo que fue como mi parte favorita de… 

[El gato procede a masticar un cable].

ANDREA: ¿Cómo se llama tu gato? 

TAMARA: Pulgas. Cuando era chiquita tenía más sentido y tenía pulgas, pero ahora ya no tiene ni pulgas ni es chiquita. 

[Taladro de fondo]. 

TAMARA: A ver si hay alguna opción para sacar el ruido del fondo. ¿Vos escuchas mucho ese taladro que ahora está intenso? 

ANDREA: No. Se escucha como una abeja que está rondando por ahí. 

TAMARA: OK, tá. Bueno, entonces sí, cuando llegaron los seminarios, que era algo mucho más fino que un curso de Literaturas Europeas del Siglo XX. Era como «vampiros en la obra de tal», una cosa muy finita. Eso para mí fue lo mejor. Igual todavía no la termino, tengo que terminar y escribir mi tesis. 

ANDREA: Yo no escribí mi tesis. Son de esas cosas que dejas y después retomarlo es muy difícil. 

TAMARA: Sí, porque la vida se cruza. 

ANDREA: Sí, y como que sin el ritmo de las lecturas y del estudio, ese ímpetu ya no está ahí. 

TAMARA: Yo también pensé: «bueno, no la voy a terminar y esto va a quedar acá como un interés muy fuerte que tuve en un momento». Pero sí tengo ganas de hacer cosas, una maestría en escritura creativa que me encantaría, y en Uruguay no hay nada para hacer, si quiero hacerlo afuera, necesito ser licenciada, entonces es uno de mis motivos para terminarlo. 

ANDREA: ¿Y tienes hermanos? ¿Hermanas? 

TAMARA: Tengo una hermana, que va a llegar en algún momento. Es tres años menor que yo, vivimos juntas. De hecho, cuando me mudé a Montevideo, estuve en esta pensión para estudiantes y ella se mudó a esa misma pensión, pero a otra habitación. Entonces en un momento nos mudamos juntas a un apartamento. En la pensión eran muchas personas, de verdad. Al principio era bueno, mucha gente de muchos lugares conviviendo, pero ya después quería tomar siesta, estudiar, leer o cocinar y había muchas cosas pasando a mi alrededor.

[Pasa un trailer de mi lado].

ANDREA: Perdón también si escuchas caos. Mi casa está por una calle muy concurrida.

TAMARA: No, no te preocupes. 

ANDREA: Algo que me encanta de tu escritura es que no todo el mundo logra esa mirada mágica que tienen los niños: cuando sucede esa grieta en la realidad, pero es desde la mirada de un niño, resulta natural, no se siente ajena a su mundo. ¿De dónde viene esa capacidad que tienes para narrar desde ahí? ¿Quizá hay algo de tus textos de cuando eras chica que todavía permea?

TAMARA: Cuando era más chica siempre estaba escribiendo al revés, sobre el mundo adulto y sobre cosas que hacían los adultos. Entonces yo creo que fue al revés, en algún punto esa voz infantil empezó a aparecer de forma más natural y ahora es uno de los narradores que más me gusta. Pero no se debe a que pensé «cómo voy a hacer esto», siempre viene muy natural, y el narrador infantil está también muy a la mano por eso. 

ANDREA: Me parece tiernísimo el niño que cuida piojos. Me da ternura en lugar de asco. 

TAMARA: Yo creo que una mirada adulta no hubiese funcionado para nada para contar esa historia. Entonces, también es algo que pide el cuento. 

ANDREA: ¿Y cómo eliges los títulos? 

TAMARA: Soy muy mala eligiendo títulos. Soy la peor persona eligiendo títulos. Porque cuando llego, escribo sin título, entonces, cuando llega la hora de ponerlos, ya estoy harta y no quiero trabajar más en ese texto, lo quiero dejar. Entonces, suelen ser como unas cosas muy apresuradas. A veces me ayuda alguien. En Larvas, tuve la mirada de Juan Casamayor, editor de Páginas de Espuma, no sobre qué título ponerle, pero sí que este era mejor que el otro, porque a mí me cuesta mucho y cuando los veo demasiado ya me parecen ridículos. En mi primer libro los títulos no me gustan nada, pero claro, yo ese libro lo trabajé tanto que ya cuando había que ponerle título no me importaba lo que decidíamos poner. Creo que en Larvas sí hubo una planificación mayor, y capaz que mientras estaba escribiendo ya estaba pensando qué le quería poner, porque quería generar…

Andrea Gobera

Andrea Gobera (Ciudad de México, 1989) es guionista, escritora y traductora con formación en escritura para cine, televisión y videojuegos, Maestra en Creación y Apreciación Literaria y Licenciada en Relaciones Internacionales. Ha colaborado en largometrajes y series para diversas plataformas. Ganadora del premio Fenner a Mejor Guion Original y beneficiaria del apoyo a reescritura de guion por parte de IMCINE.

https://www.instagram.com/andreagobera
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