Anatomía de la desintegración: un manifiesto sobre el hastío

Nunca pude con la muerte. Ni con la palabra ni con la presencia. Ni con la idea abstracta, fría y lejana, ni con su habitar más inmediato y patético. Desde chico ya me preguntaba, ¿por qué tanta muerte, por todos lados, a toda hora? ¿Por qué el mundo es el escenario de una obra donde todo muere? Muere hasta lo que podría no morir. Perras callejeras que no paran de parir. Y ahí quedan, a la buena de dios, en la vera del camino, cinco o seis cachorros, que, sin ver, y todos juntos para darse calor, intentan pasar la noche, sin ser aplastados o devorados. ¿Para qué nacer si el destino es la muerte segura? ¿Para qué viene al mundo esa única e irrepetible configuración genética si no va a poder desplegarse y tener una vida? Y aunque la tuviera, y alguno de esos cachorros pudiera pasar la noche, y de alguna manera sobreviviera, ¿qué les espera, si no, antes o después, más cerca o más lejos, una vida repleta de muerte cometida o sufrida? ¿Y las gallinas que no conocerán la luz del sol y toda su vida consistirá en comer granos, engordar y morir? ¿Y el marronazo que decapita a las vacas? ¿Y el asfalto tapizado con zorros, mulitas y gatos? ¿Y las riñas de gallos? ¿Y las travesuras infantiles que llevaron al matadero a un ingente número de sapos e insectos? ¿Y los mosquitos y moscas que matamos diariamente? Ni quiero hablar de los abortos espontáneos. Allí la muerte ya sería infinita. Tampoco quiero salir del reino animal, o, mejor dicho, no quiero comenzar a hacer el recuento de nuestra especie, porque también somos animales. No nos va mucho mejor que a los mosquitos. Morimos todo el tiempo. Por enfermedades raras e incurables y por las otras, que se mitigarían con una aspirina. Morimos por desidia, negligencia y abandono. Morimos por corruptos y asesinos. Por bombas que caen a piacere sobre población civil, y allí se van, cientos, miles de infancias, que no queda claro para qué nacieron. Mueren miles en el mar tratando de huir de la hambruna y de sus guerras civiles. Muere una familia entera en un choque de autos. Tal vez se cruzaron con un conductor ebrio, con el destino, o con un bisonte, que, naturalmente, también murió. Morimos porque existen sicarios, la violencia vicaria y el patriarcado. Muchos se suicidan. No esperan ser arrancados del mundo por las mil razones que podrían hacerlo. Ellos mismos son la razón. Algunos se suicidan inmolándose, y otros en la intimidad de su dormitorio. Mueren a los que se les cae encima un poste de luz por mera mala suerte. Porque pasaron justo por allí. Mueren los que están adentro de un avión que se cae. Y los que fueron imprudentes con el uso de armas. Mueren a manos de las armas los que estuvieron al alcance de un tirador, que dispara y mata en nombre de vaya a saber uno qué. Mueren los aldeanos que son rociados con napalm, y las víctimas de los criminales de guerra que deciden en nombre de nadie, apretar el gatillo, total, en ese contexto, un muerto más o menos, sea mujer o niño, qué va a importar. A veces la muerte se hace un festín, se atraganta con sus propias fauces, y aparece Hiroshima, Nagasaki o Auschwitz. Mueren los paracaidistas a los que no se les abre el paracaídas y los astronautas del Challenger. Muere el anciano solo que se cayó en el baño y se pegó la cabeza contra el wáter. Hay un genocidio cada vez que alguien hace un control de plagas. La mayor parte de la humanidad, en todo tiempo y lugar, murió antes de cumplir cuarenta años. Mueren los héroes y los villanos, y la muerte, que además es sádica, muchas veces hace más longevo a los segundos. Muere el niño que contrajo leucemia a los dos años, en la prueba más contundente e irrefutable de que Dios no existe. Muere Dios a manos de Nietzsche, y luego muere Nietzsche a manos de Dios, antes de cumplir cincuenta años. Llegar a los cuarenta es un privilegio, si eres parte de este mundo donde todo muere irremediablemente. Mueren las presas de los cazadores que cazan por deporte y el grillo que quedó atrapado adentro de una caja. Mueren misteriosamente los perros cuando un circo se instala en un barrio. En general, mueren los más desprotegidos, los más vulnerables, los que obtuvieron menos derechos. Mueren los niños, las mujeres, los negros. Mueren los pobres. Pero también mueren los ricos en sus aviones, de sobredosis, o en sus expediciones al fondo del mar. Mueren arriba de sus Ferraris y Bugattis. Mueren las niñas por trata de personas. Desaparecen todo el tiempo miles en circunstancias que no se logran aclarar. Mueren todos los habitantes de Pompeya, y a los que arrasó el huracán Katrina. Mueren todos los que iban en los Apolos que no llegaron, y por décadas murieron los que vivían cerca de Chernóbil. Mueren, o pierden la vista, o son mutilados, los que imprudentemente juegan con pirotecnia. A veces los festejos también matan. Las enfermedades raras son la prueba de que la muerte puede ser así de perversa y matar en nombre de lo innombrable. Mueren las escorias que consagraron su vida a matar, pero también mueren los imprescindibles de Brecht, esos que deberían ser inmortales, y a veces no llegan a los treinta, como Ibero Gutiérrez. La muerte es depredadora, como el lobo o el guepardo, y no le gusta ser alimentada, prefiriendo siempre el zarpazo, la cacería rapaz, y es por eso por lo que muchas veces deja vivo al que se le entrega de par en par, como el yonqui o el acróbata, y se carga a los que aman la vida, o al mismo Cristo crucifica. La muerte prefiere eso que algunos llaman contra natura, cuando para ella no hay contradicción alguna en dejar viuda a una mujer, o huérfano a un niño. Algunos sostienen que de lo que más disfruta es de dejar a padres sin sus hijos, y aunque al hombre moderno eso le parezca la peor de las desgracias, no hay que remontarse mucho en el tiempo para saber que solíamos tener muchos hijos porque era sabido que alguno moriría de tétanos, hepatitis o por una bala perdida. La pesca por arrastre es de los métodos más sanguinarios que existen ya que puede arrasar con hábitats como los arrecifes de coral, y provocar la muerte accidental de especies que ni siquiera eran el objetivo principal. Pocas cosas son más peligrosas para los animales terrestres que andar por el agua o el cielo, y el ser humano acostumbra a desafiar su propia naturaleza, y por esa razón llegamos a morir a miles de kilómetros de la tierra. La muerte no solo se ensaña con los pobres usando la desnutrición o las infecciones respiratorias como sus principales armas, sino que también tiene reservada alguna casi que exclusivamente para los ricos, como es el caso de la diabetes. Mueren los que misteriosamente se ahogan por pura imprudencia y a los que se les apaga la estufa a gas y mueren intoxicados. Mueren calcinados presos sin que nadie reclame justicia, porque son presos, y seguramente se lo merecían. Mueren todos los que son el daño colateral de un fin superior. Mueren todos los que se declaran enemigos de EE. UU. o Israel. A veces el asesinato se disfraza de operaciones, maniobras, estrategias, pero esos eufemismos semánticos a la muerte la tienen sin cuidado; ella mata igual. A veces pareciera que hay demasiada vida para la muerte. Demasiada abundancia vital para una fuerza que no descansa y arrasa sin miramientos, sin ninguna interpretación moral del dolor. La muerte es lo más democrático que existe, y nunca va a hacer ningún tipo de discriminación. No tiene preferencias, y en tal caso, si las tuviera, nunca sería el apacible deceso por mera longevidad, sino el arrebato, la precocidad, el escándalo mortuorio. La gimnasta adolescente, la próxima estrella del séptimo arte, un futuro goleador o Malcolm X. El acoso amarillista también mata. Muere Lady Di a los treinta y seis años. Mueren aplastadas con asco y placer las cucarachas, pero eso no molesta a nadie porque la indignación frente a la muerte sigue criterios estéticos. Mueren los habitantes de los pueblos originarios, los herejes, las brujas, los ateos, los gitanos, los masones. Mueren las estrellas. Se apagan, se enfrían, explotan. Muere el día cada noche y muere el amor mucho más de lo que nace. Comienza a morir desde su gestación. La muerte sabe mutar, y lo que en un principio parecía benigno, no tardará en volverse maligno y matar. El placer mata. El ethos del mundo actual consiste en formular estrictas reglas para no morir. Alguna vez se trató de vivir. Actualmente se trata de prevenir, de reducir riesgos, de mantener a cualquier costo la muerte a raya. Pero la muerte salta cualquier cerca y también mata de cáncer a los vegetarianos. Muere Kennedy, muere Oswald y muere el asesino de Oswald. La muerte se actualiza y mata conforme a los usos y costumbres de una época. No son pocos los que han muerto sacándose una selfie en acantilados. La muerte también tiene sentido del humor, y ha habido aquellos que murieron por un ataque de risa. Durante siglos las minas de carbón fueron sarcófagos naturales. Si la muerte fuese paciente y respetuosa, si preservara a cada vida con digna longevidad, si acompañara con aplomo su final, y el desenlace se diera con apacible armonía, y con silencio invocador, y en especial, sin dolor. Si no supiera de arrebatos ni de torturas, si evitara las vísceras explotando en el aire, las mutilaciones, los infanticidios. Si rechazara la injusticia, el absurdo, la triste agonía. Si velara por la presencia inquebrantable y le repugnara la ausencia, el olvido, el hastío, el calvario y el estruendo belicoso. Si le indignara la depravación, la perversión, la corrupción. Si condenara la asfixia, el sadismo y la amputación. Si pasara todo eso, uno podría decir, ahí está Dios. Velando porque cada vida, aunque por más mínima, no fuese en vano. Pero la máquina de la vida está corrupta y descontrolada, y servil a la muerte solo genera futuras presas, patéticas y desamparadas. El mundo es una obra impresionista abstracta hecha con caldo de sangre, tejidos y huesos. Siempre tendientes a ser machacados, aplastados, triturados. Dios es un sádico y un perverso. Y sus custodios en la tierra, si no son asesinos, son pedófilos. Muere el sol cuando llueve y muere la lluvia en las sequías. Mueren los frenos del auto de Ayrton Senna, y muere John Lennon, sin que Dios, nuevamente, intervenga. Muere Dios cada vez que muere un niño. La principal causa de muerte infantil es Israel. Y la principal causa de Israel es la muerte. Adorno ya está muerto, pero antes de su deceso dijo que después de Auschwitz no se podría escribir más poesía. Si hoy viviera, ¿qué diría? ¿Qué cosa ya no se podría hacer después de Gaza? El que alguna vez fuimos, ya está muerto. La renovación celular se produce diariamente. Exceptuando algunas neuronas y las células de nuestros ojos, nada se conserva a lo largo de toda la vida. También mueren los recuerdos, y el presente se devora incesantemente al pasado. El futuro no existe, pero también morirá. Muere la perra Laika abandonada en el espacio, Maradona y James Dean. Mueren Gardel y Martin Luther King. La muerte tiene grandes embajadores. Soldados pro bono de su voluntad. Perros fieles de sus berretines. Mirosevic, Pinochet y Stalin. Hitler y Netanyahu. Casi todos los presidentes de Estados Unidos y Jack el destripador. La muerte puede ser tan irónica que, para muchos, la muerte de su mundo ha precedido la de ellos mismos, y hoy podemos verlos, a esos octogenarios vagabundos analógicos, hijos del mayo francés, sin banderas ni estandartes, dándose la mano a regañadientes con los algoritmos y las máquinas que preparan en un minuto cien recetas de sopas. La muerte es la terminal definitiva. La imposibilidad de toda posibilidad. Sin embargo, se las ha ingeniado para construir instituciones en la tierra que son como estaciones previas. Purgatorios terrenos, digamos. Me refiero a las cárceles y los hospitales. Quien llega allí sabe que, si bien no está muerto, comienza a pensar en esa posibilidad. Si el egreso es la muerte, estos recintos serían las universidades, donde uno va a formarse, a rendir los últimos exámenes antes de graduarse, antes de morir. Parecido a lo que sucede con las casas de ancianos, donde ya se sabe que luego de pasar por allí, se estiman tres o cuatro años más de vida. Los hospitales y las prisiones, por otra parte, no tienen edad. De hecho, las segundas, están repletas de juventud. Y la muerte sabe que…

Diego Paseyro

Diego Paseyro Carbone (Montevideo, Uruguay, 1985). Es profesor de filosofía, egresado del Instituto de Profesores Artigas, y Magíster en Comunicación Corporativa por la Universitat de Barcelona. En el 2022 publicó su primera novela, Her-man y los amos del universo (Dunken). En 2024 resultó ganador del 30º Concurso de Narradores de la Editorial Banda Oriental, por su novela Soledad. Finalmente, colabora como columnista en LatidoBeat, la sección cultural de Montevideo Portal.

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