La intimidad de las sombras

«Profundo, en la tierra,

escondidos de la luz,

respiran los durmientes

dentro de la Madriguera»


Madrigueras: Una antología de Imaginación

Madriguera es una palabra hermosa signada por una dimensión dual. Remite a refugio, a cubil, al lugar del resguardo, la trinchera. Pero es también el espacio de lo subterráneo, lo oculto, lo que no se asoma en la superficie, lo que habita en el inframundo. Quien no sienta miedo que meta la mano desnuda en el agujero que se adentra en la tierra y que se prepare para el aguijonazo, la garra o el colmillo.


Madrigueras: Una antología de Imaginación (Entretierras Editorial, 2026) recoge las voces de doce jóvenes autores venezolanos que cultivan eso que suele denominarse como género fantástico, narrativas no miméticas o literatura de lo insólito. Sin embargo, si usted se adentra en estas madrigueras buscando los consabidos dragones, hombres alados, elfos, shapeshifters y licántropos, no hallará nada de eso. Estas criaturas son otras, es otro el miedo y se alimenta de otros imaginarios. Porque esta tierra es distinta. También lo son las entidades que alberga en su seno. 


Decía Alberto Laiseca que el arte servía para que funcionara todo lo demás. Pasa algo parecido con las literaturas de lo insólito o con la invención razonada, sin esa imaginación no es posible concebir la realidad; asimismo resultaría estéril organizar y codificar el relato del realismo. Sirve la fantasía para poder lidiar con la cotidianidad. Hay que recorrer los pasadizos, túneles y recovecos del subsuelo para poder señalar —por medio del pensamiento oblicuo— la vida en la superficie. Y eso es exactamente lo que hacen con frescura y maestría los doce autores de estas Madrigueras


Intentaré sugerir algunos ejes temáticos que podrían servir de brújula para recorrer estos peculiares relatos del inframundo.


Lo telúrico

El término terruño adquiere en esta antología un aura de perturbada extrañeza. Identificamos, ciertamente, nuestra tierra caliente, soleada, tropical. Es el escenario familiar donde ocurren la mayoría de estas historias; pero está matizado por la sombra, por un velo fantasmático que nos sobrecoge y nos hace prestar especial atención a los resquicios donde se resquebraja el tejido de la realidad y empieza a manar una sustancia oscura. Varios de los cuentos aquí incluidos hacen referencia clara a Venezuela, sus paisajes, sus comidas, sus costumbres, sus formas de hablar, sus pueblos autóctonos y sus mitos originarios; pero todo ello aparece filtrado por algo más, por una presencia que se supone no debería estar allí. Algo, como un ruido o una descarga, nos ronda, nos amenaza, nos recuerda que no estamos a salvo. 


Cuentos como el magnífico «Cocuyo», de Annya Rivas —vaya manera poderosa de arrancar la antología— o «Receta», de Lewyn Acosta —un abordaje al tema del hogar y la infancia como espacios fecundos para lo siniestro— nos arrastran como víctimas de un conjuro hacia ese borde del abismo donde aguarda la extrañeza de lo íntimo. Allí donde lo desconcertante se confunde con lo familiar, el lugar en el que lo fantástico se funde con lo cotidiano. De esta manera la naturaleza autóctona se transforma en escenario para lo sobrenatural, algo fuera de lo común. Sin embargo, no se trata de una quimera ni de una criatura de horror cósmico al estilo Lovecraft lo que nos quema por dentro y precipita la arcada, qué va, aquí el pánico más bien recae en una criaturita silvestre, de esas supuestamente inofensivas, cercanas, a las que nunca asociarías con el mal. Como, por ejemplo, una luciérnaga o el viejo vecino de la casa de al lado. Y eso es especialmente espeluznante. Es auténtico folk horror local, con una frescura distinta, inédita, genuina.


Senderos similares —aunque con su ya característico sello personal— transita M. M. J. Miguel con «Fénix». Un relato maravilloso y estremecedor que relaciona las peleas de gallos con las vicisitudes de una madre y su hija víctimas del maltrato paterno. Ambas se hacen cómplices al saber que, si se consuma el parricidio y se entregan los restos del padre violento a las Ánimas, el maltrecho gallo que vive en el corral del patio se convertirá en un guerrero imbatible. Sin embargo, todo pacto con lo maligno viene siempre acompañado de una deuda terriblemente dolorosa de pagar. 


«De nuevo, al piso. Alguien tendría que detener la pelea, yo, mamaíta, el juez. El vozarrón de la fosa ya reclamaba los sesos de Pablito, moribundo y sin salvación, ligados al destino de mi padre descabezado. “Párate, párate, párate”. Busqué a las Ánimas, traicioneras danzantes en la algarabía. Cuchicheaban en unas bambalinas en las que solo yo las veía, sonrientes, como si apostasen entre ellas cuánto aguantaba mi Pablito».


«Fénix», de M. M. J. Miguel.


Natasha Rangel —sin duda de las voces más auténticas y cautivadoras dentro de la nueva literatura venezolana— en «Paniculata» nos sumerge en un tema que suele explorar en su propuesta literaria: la fascinación por las sociedades que surgen después del fin del mundo (o bien a los márgenes de la sociedad) que se erigen como rigurosos cultos de lo primitivo. Rangel nos deja entrever que algo pasó con el mundo que dejó de existir tal y como lo conocíamos, y ahora la supervivencia recae en esta comunidad signada por lo salvaje, lo hobbesiano. Como si la disolución del contrato social no condujera ni a la anarquía ni a la libertad, sino a un primitivismo solemne e inquisidor. Es entonces la animalidad del clan, como la de una manada, lo que suplanta al pacto social. En este escenario de «Paniculata» lo silvestre desplaza a la artificialidad que suele caracterizar a lo humano. 


«Mamá se hizo árbol en silencio. A veces imagino que me recargo en su vientre y escucho el adentro de su metamorfosis tibia, fibrosa. Su corazón pasmándose en una lágrima de resina, pero aún sonante. Acaricio su tronco de ceiba preñada para seguir el eco de sus latidos hasta las raíces y aprender el lenguaje telúrico con el que ahora se comunica».


«Paniculata», de Natasha Rangel.



Lo siniestro

Relatos como los mencionados anteriormente de Rivas, Acosta, Rangel y Miguel trascienden lo estrictamente telúrico y ayudan a asomarnos a un segundo eje temático que constituye otra de las columnas vertebrales más cautivantes de Madrigueras; algo que podríamos vincular con el concepto freudiano de lo Unheimlich (lo siniestro, lo inquietante, the uncanny). No solo el terruño y el paisaje cotidiano son escenarios o protagonistas de lo perturbador, sino que esta inquietud se nutre de lo más íntimo, del refugio más personal: el del hogar, la familia, la infancia. Precisamente los espacios donde se supone debería hallarse el recogimiento y…

José Urriola

José Urriola (Caracas, Venezuela, 1971). Es escritor y guionista. Licenciado en Comunicación Social, estudió la Maestría en Literatura Latinoamericana y el Máster en Cine Documental. Es autor del cómic Chupetes de Luna (2012), de los libros de relatos Cuentos a patadas (2014) y Fragmentario (2021). También ha publicado las novelas Experimento a un perfecto extraño (2013), Santiago se va (2015), Fisuras (2020) y La vida en otra parte (2025). Su más reciente libro es una novela en verso titulada La constelación cicatriz (Lecturas de Arraigo, 2026). Vive en Buenos Aires, se dedica a escribir y dar clases.

https://www.instagram.com/jsurriola
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