¿Por qué lloramos a nuestros perros?

Rastros de una amistad interespecie

Una bonita despedida

(Afecto, duelo, excepcionalismo humano)

Cerca de este lugar
están depositados los restos de alguien
que poseía Belleza sin Vanidad,
Fuerza sin Insolencia,
valor sin ferocidad,
y todas las virtudes del hombre sin sus vicios.

epitafio que lord byron dedicó a su perro boatswain

Hace unos meses murió Cala, la que ha sido nuestra perra durante muchos años. Era una lobera de hocico afilado y mirada almendrada. Aunque sus últimos años los pasó sumida en un ciclo de tres estadios (tumbarse, buscar el palo y comer) tuvo una vida envidiable: trepó riscos, atravesó playas de punta a punta, durmió en el corazón del bosque, persiguió el rastro de criaturas lejanas, formó efímeras jaurías junto a otros perros, fue líder de expediciones. También cumplió los fines animales hacia los que cualquier mamífero se inclina: fue mamá —la cruzamos con un perro lobo herreño y parió a Fredi, otro perro de la familia—, disfrutó de caricias y  siestas envuelta en los abrazos de sus compañeros humanos, tuvo comida y bebida a demanda —salvo algún ayuno frugal que le impuso mi hermano—. Sufrió también los dolores propios de la fragilidad de estar viva, claro. Pero fue una perra feliz, o eso creemos.  Bajo cielos claros y noches cerradas estuvo acompañada de los suyos. Reposó sobre un lecho mullido. Mamó, mordió, olisqueó y lamió todo lo que la bondad del mundo le puso frente a sus narices.

Su muerte no fue una sorpresa. La esperábamos hace tiempo porque era ya viejita. Cuando eso pasa hay parte del duelo que ya se tiene hecho al llegar la muerte. Sin embargo, y esto fue lo que me sorprendió, la otra parte del duelo nos tocó hacerla y fue precioso. En el rincón donde ella dormía (y donde lo hizo para no despertar jamás) acaldamos un altar con fotos, algunos de sus objetos personales (palos y mordedores en su mayoría) y velas dispuestas simétricamente que mantuvimos encendidas durante días. Lo regamos con inciensos y suspiros. Nos arrodillamos ante él. Una pequeña peregrinación de personas acudió a despedirse. Fue un rito de paso entre los vivos y los muertos. Un funeral genuino, auténtico. Ya que todo lo que tiene que ver con los perros cae fuera de ciertas convenciones, los humanos fuimos libres de sentir su ausencia sin las constricciones que imponen las normas sociales. Unas veces llorando, otras riendo, otras siguiendo todo con normalidad.

Hay quien dice que la cultura de la humanidad se originó con los ritos funerarios y Cala estuvo incluida en los nuestros como una persona más de la familia. Y no es la única perra a la que se haya elevado a la categoría de persona. En la película documental The Hardest Day de los cineastas Ross Taylor y Luke Rafferty se retratan el dolor que supone la muerte de nuestros amigos peludos y pueden verse escenas reales donde los perros son velados y llorados como seres queridos. Es famosa la anécdota de Boatswain, amado terranova de Lord Byron para quien el poeta hizo construir una tumba y un monumento en la Abadía de Newstead donde el animal fue enterrado. Se dice que Byron deseaba ser enterrado junto a él cuando falleciera, pero su petición fue denegada —por algún militante del antropocentrismo, seguro—. Y si hacemos un poco de arqueología, encontramos en el yacimiento de Předmostí (República Checa) cráneos de perro de hace al menos 24.000 años a los que se les ha extraído el cerebro y colocado un hueso de mamut entre los dientes, signos de meticulosos ritos funerarios, quizá para la liberación del alma. ¿Qué significa todo esto? ¿Son entonces los perros personas no humanas? ¿Por qué nos conmueve tanto que se vayan? ¿Qué parte de nuestra existencia se ve ahí comprometida? ¿Son parte de nosotros?

Responder «sí» a esta pregunta sería traicionar toda una tradición filosófica. La modernidad consolidó una imagen del ser humano como entidad autónoma, racional y separada del resto de lo viviente. Desde René Descartes hasta ciertas variantes contemporáneas del individualismo liberal, la definición de lo humano se construye mediante operaciones de exclusión en las que, para consolidar una identidad —humano—, se necesita una otredad constituyente —animal—. Esta operación del pensamiento sitúa al animal como ser inferiorizado, marcado por una carencia (ya sea de lenguaje, razón, inteligencia, moralidad o conciencia histórica). Donna Haraway llama excepcionalismo humano a este afán por colocar al humano en la cúspide del mundo natural, uno de los síntomas enfermizos de la cosmovisión humanista. Una vanidad más que una realidad, claro está. Pero son los nuestros tiempos de cambio. Un giro en el pensamiento está sacudiendo la concepción antropocéntrica del mundo: el poshumanismo. ¿Y si el animal no fuera una otredad significativa? ¿Y si tuviéramos más razones para situarnos con el resto de los animales en un plano de semejanza ontológica?  ¿Y si lo que me diferenciaba de Cala no fuera una diferencia de clase sino de grado?

Hay algo filosóficamente perturbador en los perros. Habitan una zona intermedia. Son seres liminales. Desdibujan las barreras que cercan el excepcionalismo humano. Custodian la frontera entre lo animal y lo humano, lo salvaje y lo familiar, lo propio y lo impropio. No son simplemente «otros». Viven con nosotros, nos siguen, nos preocupan, nos conmueven. Compartimos rutinas, lametones y espacios íntimos. Y precisamente es por proximidad por lo que resultan tan inquietantes: nos obligan a preguntarnos qué queda de específicamente humano en nuestra fusión. ¿Dónde acaba una especie y empieza la otra?

Aquí consideraremos el vínculo humano-perro una amistad verdadera. Una relación que no puede comprenderse únicamente apelando a la utilidad o la dominación. Frente a las teorías clásicas de la domesticación, propondremos entender nuestra relación con los perros como una forma de coevolución afectiva e interdependencia interespecie capaz de cuestionar el excepcionalismo humano.

El mejor amigo del perro

(Amistad, utilidad, racionalidad)

Old Drum era el perro sabueso de Charles Burden. Su vecino, Leonidas Hornsby, ya había amenazado con dispararle si volvía a entrar en su granja. Algún tiempo después, Burden encontró el cuerpo del animal junto a un arroyo cercano. Old Drum tenía múltiples impactos de bala de distintos calibres y todo indicaba que había sido arrastrado hasta el agua después de morir.

Hornsby admitió que su sobrino había disparado contra un perro para ahuyentarlo, aunque nunca reconoció que se tratara de Old Drum. Burden decidió demandarlo. El caso dio lugar a cuatro juicios y, durante el último de ellos, en 1870, el abogado George Graham Vest pronunció un alegato final que terminaría pasando a la historia. Según relatan las crónicas, cuando terminó de hablar la sala permaneció en silencio y muchos de los presentes estaban llorando.

«El único amigo absolutamente desinteresado que puede tener el hombre en este mundo egoísta, el único que nunca lo abandona y jamás demuestra ingratitud ni traición, es su perro. Permanece junto a él en la prosperidad y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad. Dormirá sobre el suelo frío, donde sopla el viento invernal y cae la nieve, con tal de permanecer al lado de su amo»[1].

Aquel discurso, conocido después como Elogio al perro, terminó convirtiéndose en uno de los antecedentes del Derecho Animal. También dejó una frase que atravesó el tiempo y se filtró en el lenguaje cotidiano: «el perro es el mejor amigo del hombre». Años más tarde, una estatua de Old Drum fue erigida frente al Tribunal del Condado de Johnson, en Missouri.

Las palabras de Graham Vest apuntan a algo que cualquiera que haya convivido con un perro reconoce de inmediato: la lealtad canina. Hay en el afecto de los perros una persistencia extraña, casi inmune a las oscilaciones de la fortuna. El perro permanece. No lo alteran el fracaso, la ruina o la enfermedad de su dueño. Pero ¿basta eso para hablar de amistad? ¿Estaremos confundiendo amistad con dependencia? ¿Son los perros nuestros mejores amigos o es una forma de hablar?

Desde Aristóteles, la amistad no es simplemente cariño. Implica reconocimiento mutuo dentro de una comunidad ética. Implica reciprocidad. En su Ética a Nicómaco, Aristóteles distingue tres formas de amistad: la amistad por utilidad —comunidad en lo beneficioso—, la amistad por placer —comunidad en lo agradable— y la amistad por virtud —comunidad en el bien—. La primera especie de amistad, la utilitaria, ocurre cuando los amigos se reportan cosas beneficiosas. No es, por tanto, un fin en sí mismo, sino un medio para otra cosa. Humanos y perros hacemos continuamente este tipo de arreglos: cuando los alimentamos a cambio de protección o compañía o cuando nos abrazamos para darnos calor en la noche.

La segunda especie de amistad, la placentera, ocurre cuando el encuentro se da compartiendo lo agradable. Un paseo en un día soleado, jugar con un palo, acariciarlos o el alegre reencuentro a la puerta de casa son ejemplos en los que se realiza esta clase de amistad. La condición para compartir lo agradable es el hecho de estar ambos dotados de sistema nervioso central, lo que nos convierte en seres sintientes capaces de placer y dolor.

Pero la prueba de fuego aparece con la tercera especie: la amistad virtuosa. Para Aristóteles, esta es la forma más alta de amistad porque no nace ni de la utilidad ni del placer, sino del reconocimiento compartido del bien. Los amigos virtuosos no se quieren por lo que obtienen el uno del otro, sino porque se reconocen mutuamente una excelencia moral. Y ese reconocimiento exige racionalidad: la capacidad de deliberar sobre lo justo, lo bueno y lo virtuoso. Aquí surge el problema: ¿Puede un perro participar en una amistad semejante? Si seguimos estrictamente el esquema aristotélico, la respuesta es clara: el perro puede acompañar, proteger, generar afecto o placer, pero no deliberar racionalmente sobre el bien y, por ende, no puede ser nuestro amigo. Graham Vest habría esgrimido aquel día un argumento retórico induciendo en el jurado una confusión entre amistad y dependencia.

Sin embargo, algo en esa conclusión nos resulta incómodo ¿Por qué nos preocupamos tanto por ellos entonces? ¿Por qué sufrimos su muerte como la pérdida de alguien y no de algo? ¿Por qué compartimos con ellos tiempo improductivo, sin finalidad más allá? ¿Por qué les hacemos funerales? ¿Hacerlo supone humanizarlos? ¿O sería honrarlos como nuestros iguales? ¿No se parece eso a una especie de comunidad ética?

Si para Aristóteles la amistad virtuosa exige una comunidad en el bien, esto es, racionalidad compartida y orientada a la vida buena, entonces conviene preguntarse qué entendemos exactamente por racionalidad, comunidad y vida buena. Aunque su concepción del zoon politikon define al ser humano como un ser esencialmente político y, por tanto, relacional, sigue reservando el logos pleno exclusivamente al humano, limitando así la posibilidad de una reciprocidad ética interespecie. Pero ¿y si esa racionalidad no fuese la condición de la amistad virtuosa sino que emergiera de ella?  ¿Y si la razón no constituyera el origen de la amistad, sino uno de sus efectos? Esa es, en buena medida, la apuesta que haremos de la mano de Donna Haraway. Ella forma parte de una constelación de pensadoras que, desde distintos ámbitos, han impulsado una transgresión poshumana en el pensamiento: el desplazamiento desde una ontología del individuo hacia una ontología relacional. Desde esta perspectiva, no existen sujetos ya constituidos que luego entran en relación —como ocurre en gran parte de la tradición clásica—, sino seres que se configuran mutuamente a través de vínculos materiales, afectivos y simbólicos. La relación no aparece como consecuencia del ser; es, más bien, su condición de posibilidad.

Haraway lo expresa con claridad en The Companion Species Manifesto: Humanos y perros «nos estamos entrenando mutuamente en actos de comunicación que apenas comprendemos. Somos, constitutivamente, especies compañeras»[2]. Esta afirmación desestabiliza el excepcionalismo humano al sugerir que ciertos modos de racionalidad podrían emerger precisamente de la convivencia interespecie. En ese punto, el criterio clásico para excluir a los perros de la amistad virtuosa comienza a resquebrajarse. Allí donde humano y perro desarrollan hábitos comunes, interpretan señales mutuas, reorganizan sus rutinas en función del otro y sostienen formas de cuidado recíproco, ya existe una orientación práctica hacia una vida compartida. No se trata simplemente de afecto instintivo, sino de una forma de racionalidad encarnada que surge de la interdependencia cotidiana.

Este desplazamiento supone pasar de una ética fundada exclusivamente en la autonomía y la racionalidad individual a otra centrada en la coexistencia, la vulnerabilidad compartida y la interdependencia entre formas de vida distintas. Si la amistad consiste menos en poseer una razón abstracta que en la capacidad de construir un mundo común, entonces la relación entre humanos y perros deja de aparecer como una versión imperfecta de la amistad verdadera. Empieza a revelarse, más bien, como una…

Daniel Delgado Huerga

Daniel Delgado Huerga (Santander, Cantabria, España, 1986). Es filósofo, docente, músico y padre. Ha publicado una recopilación de letras de rap bajo el título Analfabeto (Poemas Insurgentes 2018), fue co-creador y articulista en TURBA. Revista de filosofía política (2014) y ha colaborado como autor en El Salto Diario.

https://www.instagram.com/akaludovico
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