La última cuerda

Cero

De un momento a otro dejó de importarle responder o preguntar, convivir o cohabitar. No ha lugar a pláticas coherentes. El motivo autoimpuesto solo él lo supo. No lo reveló. Lo cierto es que nunca más volvió a bailotear. Ya no hubo ocasión de admirar nada, tras ese evento no volvió a comentar algo sobre el presente. Si articuló oraciones, lo hizo sobre recuerdos, algo sucedido hace tantos años: una enunciación de frases inconexas e imágenes oníricas. Adiós al lenguaje, diría Godard. Antes había sido un hombre que sobreestimaba las conversaciones claras, sin eufemismos: el escrutinio de la realidad; en contraparte, admiraba obras musicales, de pintura, de la naturaleza; disfrutaba contar estrellas, alimentar a las aves y escuchar el mundo. Pero sucedió que desde esa tarde dejó que se fueran arruinando con gran velocidad zonas importantes de su cerebro. Fue abandonando todo placer de estar vivo. No solo ya no puso objeción al deterioro, sino que accionó las minas para su destrucción.


Uno

Tocaron a la puerta, era el mensajero del despacho de abogados que traía colgando un portafolios roído con sobres manila medio maltratados, por apilados. Extendió uno a Gisela que hizo esfuerzo para recibirlo, como si su brazo se negara a estirarse para cogerlo. Ambos musitaron por cortesía el saludo de buenos días. 

Firme en esta línea de notificada, señora. 

Claro, dijo Gisela. 

Tomó la pluma Bic gastada y mordida en la gomita azul e hizo un garabato que poco se parecía a la firma de su INE, pero al vocero no le importó y ni siquiera la contrastó. Tomó la hoja y la puso en otro sobre que guardó. Por misericordia ya no le devolvió la mirada a la dueña de la casa que sería embargada a la brevedad. No quiso apenarla, más. 

Gisela cerró la puerta sin fuerza. Tuvo que hacer equilibrio y empujarla con la pierna para que atorara. Conocía el contenido del sobre, ya no había más tiempo. Llevaban ocho años amenazando con desalojarlos de la casa que habían habitado por cincuenta. Que habían comprado con uno de los dos únicos trabajos de él, Melvin, el contador. 


Dos 

Gisela leyó con mucho trabajo porque le costaba concentrarse en la lectura de la notificación oficial de desalojo. Dos meses les daban. Tuvo que doblar la hoja, dejarla en la mesita, tragar saliva. Puso las manos cruzadas sobre las piernas y se quedó así unos veinte minutos. 

Has visto mis lentes, Gisela. 

Nadie contestó a Melvin.

Siguió con las manos cruzadas sobre las piernas viendo al horizonte. En la ventana, un par de papamoscas desplegaron las alas grises como el fondo del cielo. Parecía que se dirigían al Popocatépetl, pero a saber. Al altar de aves que Melvin había construido en el centro del jardín llegaban diferentes tipos de pájaros. Algunos anidaban en los ficus que se peleaban el espacio, algunos solo pasaban a tomar agua o alpiste que les dejaban.

Volvió a tomar las hojas escritas a máquina que tenían un cúmulo de mayúsculas en varios renglones, varios sellos mal estampados y firmas dispersas. Era una mancha tipográfica grosera a renglón seguido y sin sangrías. Forzó la vista para enfocar. Estaba claro el mensaje, pero, quizás algún detalle había perdido, uno que pudiera salvarlos de último momento. 

No sería fácil comenzar de nuevo. Se habían librado de la crisis económica cuando a Melvin lo corrieron del banco. Esa condición suya solo le dejaba tener trato con números, rara vez con personas o imprevistos de la vida. Su mente obtusa para entender la cotidianidad o leer afectos tenía a cambio la capacidad de visualizar el total de una suma estratosférica antes de que lo hiciera la calculadora. Su minuciosidad para hacer todos los menesteres cotidianos le había impedido tener muchos amigos; en su lugar, gente que lo estimaba por la perfección para hacer trabajos financieros y de oficina que exigía su puesto por más de veinte años y para responder siempre con la verdad sin edulcorantes, para dialogar sin tapujos. Si alguien quería saber sin metáforas, sin eufemismos alguna cuestión, le preguntaban a él. Por ejemplo, Gisela antes de salir cuestionaba.

Me veo bien con ese vestido o mejor este otro.

Te ves bien, pareces estrella de cine. 

O.

Te ves muy larga, como una escoba. 

No había afectos en sus respuestas, estas eran simplemente racionales. El uso del lenguaje para traducir el pensamiento tal cual era. 


Tres

Gisela pensó que no tenía respuesta para saber qué harían ahora los dos a sus casi setenta años sin casa. ¿A dónde irían? ¿Quién los iba a recibir? ¿O les tocaría mendigar? Eran unos pordioseros. Todo lo que tenían era esa casa que habían comprado en los años ochenta cuando los bancos daban a sus empleados esos créditos tan posibles de pagar en un par de lustros consagrados a la empresa. Cuando los trabajos eran a largo plazo. No habían hecho más propiedades. Era una casa que había sido absorbida por la ciudad, edificada en la marginalidad. Ahora se encontraba en la zona de más plusvalía. No tenían una gran cuenta en el banco, vivían al día desde la crisis, cuando liquidaron a casi todos los empleados bancarios. Después, solo se había podido tener entre los dos algunos trabajos esporádicos llevando la contabilidad de ciudadanos dispersos. Tenían una hija que vivía lejos, fuera del país. Cada quince días hablaban por teléfono, pero no le habían contado nada del fraude que les habían cometido. ¿Qué harían con el pastor alemán que tenía, en años perro, casi los mismos que ellos? Pobre Tsuki, nadie la iba a recibir con ese tamaño, esa enfermedad y edad. 

Gisela se sentó a tomar un té de cedrón. Le puso tres cucharadas de miel. No había mucho que hacer más que endulzar la cuchara. 


Cuatro 

Cuando era pequeño, a Melvin le angustiaban los domingos. Pensar en los domingos, tan solo. Saber que vendría mucha gente a la casa a comer y platicar. Los adultos, a preguntarles cosas inquietantes a los más pequeños. Los niños, todos hombres, a la huerta a jugar con la pelota u organizar peleas a puño limpio sobre el arenal y aguantar la inquisición de los grandes. No tendría ni los cinco años cuando se dio cuenta de que lo que le dolía era la vida terrestre, a pie. Fue así como remedió la angustia contando de uno en uno, de dos en dos, todo lo que encontraba a su alrededor para aminorar la angustia de existir. Sobre todo, encontró que el mundo se volvía abstracto cuando se trepaba al nogal y desde lo alto iba enumerando lo que su vista alcanzaba. Cuando no tocaba suelo, entonces, venía la paz. 


Cinco

En uno de esos domingos, Tavo, el más pequeño, le pidió treparse con él a la rama más alta del árbol. Primero lo dudó, pues era una actividad completamente solitaria en la que además iba perfeccionando el arte de volar, mientras contaba para adelante y para atrás. Cuando llegaba a un cierto número de varias centenas…

Diana Isabel Jaramillo

Diana Isabel Jaramillo (Morelia, Puebla, 1978). Desde la bibliofilia, desempeña distintas labores en la escritura literaria, docencia, investigación, edición, ecdótica en la Universidad Iberoamericana Puebla, pero, sobre todo, el sentido de su vida es tener suficiente tiempo para leer.

https://www.instagram.com/d_isabeljj
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