La parte más alta
«¿Qué es eso detrás de ese velo?, ¿es feo?, ¿es hermoso?»
Sylvia Plath
Llego fundida, el motor recalentado, con el último resto tiro el auto en un taller y camino varias cuadras con una valija en cada mano. El niño atrás, a los costados, adelante. Recalentamos también. Corre y me grita desde la esquina que es ahí. Me sonríe, le sonrío. Ambos con los ojos cerrados por el sol y el polvo seco que vuela y se pega en los paladares. La llave está bajo una piedra. Cuando la levanto aparece una comunidad de bichos bolita y lombrices, que vaya a saber cuánto tiempo llevan viviendo ahí. Se retuercen. Se sienten amenazados y lo están, la muerte puede venir de cualquier lado.
La casa está limpia, con olor a hojas secas y humo de espiral. Leo la nota que escribió mi amiga con recomendaciones para la supervivencia. Su nombre al pie de la hoja tiene corazones alrededor. Nos dejó un vino y un chocolate, un regalo para cada uno. Abro la puerta del jardín y la perra que esperaba afuera, impaciente, entra como un tornado y deja sus patas negras marcadas por todas partes. Si siguiera las pisadas podría bailar una danza extraña, un vals enloquecido. Poco después llega a recibir comida una gata blanca y gris. Se acuesta sobre la heladera desde donde nos mira con desprecio. Son las dueñas.
Desarmo valijas, ordeno nuestras pertenencias en placares blancos, las remeras apiladas en los estantes descansan más muertas que vivas. Me siento al borde de la cama y las manos se me humedecen sobre los ojos. No quiero irme en el pensamiento que me hunde como un ancla pesada, y cuando creo ver el fondo del océano, entra el niño a preguntar alguna cosa.
*
Se queda dormido frente a la pantalla de la TV. La escena de su carita teñida de azul, rosa, blanco tembloroso. Hace tiempo que ya no tengo fuerzas para cargarlo, aunque sea pocos metros, así que lo tapo y nos quedamos en el living. La casa en silencio, fría, indiferente a mi tragedia. Digo tragedia y me río, porque las palabras máximas, las que deberían acompañar nuestras pasiones, nunca alcanzan a cubrirlas. Decir tragedia me deja en ridículo. Exageradas, imprecisas, se burlan las palabras.
Me despierto de mañana sobresaltada con golpes. Envuelta en la manta, salgo al jardín, la perra me salta encima, es bruta, tiene más fuerza que yo y no me deja ver qué es lo que hace tanto escándalo. En el techo hay algo que golpea, que rechina. Vuelvo a la casa y subo al primer piso. Me asomo por la ventana, intento ver desde ahí, pero no alcanzo a descifrar. ¿Algo con dientes? ¿Algo con plumas? ¿Brilla, tiene pechos, tiene filos? Grito y palmeo, pero nada se mueve. Toda esa agitación me abruma. Vuelvo a la cocina a preparar café. El niño se despertó con el alboroto. Hoy debería empezar la colonia de vacaciones, pero se niega. Necesito estar sola unas horas, pero no puedo decírselo. Me pongo monárquica y él se resiente. Consensuar es nuestra virtud. En el vidrio de la ventana veo mi cara demacrada, las ojeras como de una piel ajena, de reptil. Atrás se asoman las sierras, las veo por primera vez, hasta que los ojos se me nublan y ya no veo nada.
*
Repararon el auto, la mecánica no es un misterio tan profundo como creía. Cargo al niño y voy hablándole sobre las bondades del aire libre y el contacto entre pares. Viaja en el asiento de adelante y le encanta. Me indica las curvas del camino, que sigue atento en el mapa del celular. Es un copiloto inesperado, su seguridad me calma en este trayecto rocoso, hasta que llegamos a un lugar donde parecen haberse reunido todas las familias del pueblo. Hay gritos, música, niños y niñas que se reconocen y corren de un lado a otro. Encuentro al profesor de su grupo, es más joven que yo y más bajo de estatura, tiene un tono de voz que me da confianza. El niño se esconde detrás de mí, pero luego entra al predio verde y colorido inflando su pecho pequeño como un gorrión que se protege de la lluvia.
Vuelvo a la casa, hermética, calcinada bajo el sol de mediodía. Me meto en la cama, el vestido preferido de la tristeza. El placer del desasosiego. La mente en lucha con las imágenes, que a veces se derraman como un líquido tibio y otras quedan contenidas por el sueño. Hasta que a media tarde vuelvo a buscar al niño. Cuando regresamos, atardece sobre las sierras resplandecientes. Un día pasó y pienso que cada puesta de sol me aleja un centímetro del recuerdo. Me encomiendo al tiempo como a una madre todopoderosa, la madre que no soy, la que no puedo darme.
*
La mañana en el jardín. La perra, la gata y el niño. La perra busca a la gata, que arquea su lomo, se eriza, lanza zarpazos. El niño lee y me pregunta el significado de ciertas palabras. Efímero, yugo, paupérrimo, declamación. Le pido el contexto, me cuesta definirlas en sus formas puras. Y de pronto, recuerdo: él podía. La definición salía de sus labios como un recién nacido. Límpida, perfecta. También le gustaban las etimologías, en los orígenes encontraba nuevos ángulos, veía las palabras como monumentos antiguos a las que el tiempo orada. Para otras cosas, en cambio, no había palabras. No podía decirlas. Huían en fila, como patos. Si las había, si las calló, si el silencio era elocuente o vacío, se lo guardó para siempre.
*
Otro golpe, uñas en el techo, rasguidos. La perra enloquece, ladra con violencia, el niño se asusta, la gata también. Intento ver desde el jardín la parte más alta, la zona inaccesible. Algo se asoma. Ahí debe haber un colmillo, una columna fantasma. ¿No ves que no me importa lo que sea? Busco un palo en el galponcito del fondo y lo enarbolo como una lanza. Golpeo las paredes externas, subo corriendo la escalera y apaleo el techo, grito, pero nada se escapa. Escucho atenta, pero parece adivinar mi presencia y hacer silencio. Al final…