Muerte y resurrección de bolita

Something was terribly wrong

salinger



12 de junio de 1993. Amanda se había llamado durante el embarazo Arturo, porque verse, dicen, se veía algo. Pero luego nada. Un trampantojo. Nació así condenada a una cierta masculinización simbólica. Y ella pronto cumplió con su destino: Gandalfs, robots y Action Man, que luego heredé más normativamente yo, que sin embargo tonteé, por ir a la contra, un tiempo con las cocinitas.

Desde muy niña, mi hermana sintió con una pasión personal la tragedia común: el cambio, el devenir; como diría Sorrentino, estaba destinada a la sensibilidad.

Ocurrió en 1999. Bolita murió: poco se pudo hacer. A los seis años la niña celebraba, guiada por algunos adultos, su primer enterramiento. El hámster pasó a descansar en la caja minúscula de un reloj despertador pobremente escondida en algún punto ciego del Retiro. Cuando la niña volvió a casa, sintió que algo no andaba bien.

Después de un puñado de días de comidas más o menos favoritas y preguntas y reminiscencias del difunto, volvieron a ponerle ante los ojos un asqueroso plato de acelgas, y de Bolita pasó a hablarse de José María Aznar y el fin del mundo. La niña, disgustadísima, juró furiosa y públicamente que —ya que los demás no movían un pelo— iba a apuntar cada día del resto de su vida que pasaba sin su amigo, su primer amigo. Y cumplió; durante un tiempo…

Pero este pensar en él por lo menos una vez al día sabía a poco, y una tarde fue a dar una vuelta por el Retiro por su cuenta al salir del cole.

La ladrona de cadáveres metió el medio esqueleto en un plastiquito no muy aislante y dejó la minúscula caja del reloj despertador en su sitio como un cenotafio. El cuaderno lavanda de fechas tachadas, mientras, seguía su curso; si para despistar, o porque esta nueva compañía no resultaba del todo satisfactoria —si porque este nuevo estar con Bolita no podía llamarse estar con Bolita—, eso ya no se sabe. La niña llevó al muerto consigo durante un tiempo, como quien guarda literalmente un secreto, hasta que llegó una resolución que no puedo llamar de otra manera que traumática: esta resolución deberá ser, en el libro, algo así como el punto y aparte, el temblor del velo, la expulsión del paraíso. La niña sufrió un trauma del que todavía no se ha recuperado, porque no puede recuperarse.

Aristóteles: «La filosofía nace del thaûma».

Thaûma: asombro angustioso provocado, en última instancia, por el devenir de todas las entidades.

Mi hermana, una tarde de primavera del año 2000, gracias a un puñado de compañeritos crueles como reptiles del Colegio concertado Arcángel, terminó de sufrir el trauma: se hizo filósofa.
(Mi Amanda, creo, no deberá pegarse a puñetazo limpio, como se pegó la real, con los niños-reptil. Así el trauma quedará más redondo y cerrado, más patético).

La niña se hizo, digo, filósofa, y decidió abjurar de la humanidad. Empezó a sentir pena por todo y por todos, incluidos los villanos, que compartían un destino común con Bolita: y esto, de alguna forma, los hermanaba. Los compañeros no volvieron a sufrir —creo— ninguna agresión seria.

En casa no se habló del asunto, por lo menos delante de mí. Y sin embargo recuerdo —muy vaga pero nítidamente, porque esto es posible— la cara de horror de mis padres a su vuelta de noche con Amanda, que venía como escoltada. Luis, el socio de papá, había ido a recogerme al colegio y se había quedado conmigo.

La veo en la butaca, las piernas colgando, muy quietecita, como una adulta en miniatura —y no reacciona—. Mamá, imprudentemente, deja escapar varios lagrimones más o menos silenciosos mientras papá da vueltas en círculos con los zapatos puestos. Algo malo ha ocurrido y yo no sé qué es. Siento una pena infinita por Amanda y un odio infinito por nuestros padres.

La cosa sigue su curso, y ella acaba volviendo al mismo colegio, tan flexible y paciente con los niños-naufragio. Pero no deja de haber ya episodios más o menos marcianos en casa y fuera; algunos me hacen sentir vergüenza también a mí, a veces mucha —sobre todo años después, en una etapa difícil de la vida—.

¿2002? Una mujer a la que yo no he visto nunca, Ivis, viene a visitarnos. Esta señora, creo que cubana, había cuidado de mi hermana cuando mi hermana era casi un bebé, y no habían vuelto a verse; está de visita fugaz y al día siguiente vuela de vuelta a su casa, al otro lado del océano. Amanda se niega a despedirse en absoluto de ella. No quiere darle un beso —tampoco una mirada más, un gesto—, y la mujer acaba yéndose disgustada para vergüenza total de todos.

La niña hizo, de golpe, como si la señora cubana simplemente no existiese, como si no estuviera allí con nosotros en mitad del salón. No hubo manera. Hasta que la señora se fue.

Supongo que esta mujer, como papá y mamá —y, creo, yo—, pensó que aquello era una forma de desprecio bastante increíble; como una súbita aniquilación de la empatía, si no racismo puro y duro, también súbito. Pero ahora pienso —y además me conviene— que quizá se trataba de otra cosa.

Zibaldone 645 (robar con cuidado, que hay mucho leopardiano suelto):


Porque yo, de niño, tenía esta costumbre. Al ver marchar a alguien, aunque me fuera del todo indiferente, pensaba si era posible que lo volviera a ver. Si llegaba a la conclusión de que no, me paraba a mirarlo, a escucharlo, etc., y lo seguía con los ojos o con los oídos cuanto podía, repitiendo, desplegando, desarrollando dentro de mí este pensamiento: «es la última vez, no lo verás nunca más». Y así, la muerte de algún conocido que en vida no me había interesado, me daba pena, no tanto por el conocido como por este pensamiento que yo rumiaba en mi interior: «se ha ido para siempre. ¿Para siempre? Sí: todo ha terminado respecto a él; no lo verás nunca más, o quizá nunca más, y nada suyo tendrá ya relación con nada tuyo».


Mi hermana no quiso —por lo menos en el libro— aceptar el para siempre, como hacen o tratan de hacer los niños cuando crecen, y, al contrario que Leopardi, decidió cortar por lo sano. Luego, como no podía creer en otras cosas (el Arcángel es un colegio laico de educación moderna y monstruítica, al que ella sigue ligada, ya no como alumna sino como profesora de plástica antibullying) decidió investigar por su cuenta y…

Diego Garrido

Diego Garrido (Madrid, España, 1997). Estudió cine en la ECAM. Su interés por James Joyce lo llevó a la literatura e inspiró su primera obra, Libro de los días de Stanislaus Joyce (Anagrama, 2024). En Anagrama también se ha publicado su segunda novela, ¡Adelante, Cronófobos!, en 2026. Ha traducido los cuentos, el epistolario, las prosas breves y la primera novela de Joyce, así como libros de Laurence Sterne o Richard F. Burton. Actualmente trabaja en una traducción íntegra del Zibaldone de Leopardi.

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