Manjares venenosos
Un día por fin se murió una de las gallinas del vecino. Era lunes y la abuela comentó, mientras nos peinaba para ir a la escuela, que había visto una gallina patas para arriba del otro lado del alambrado. Ella comentaba todo siempre, en especial las cosas del barrio, y lo dijo como al pasar. Pero mi prima y yo quedamos en alerta y nos miramos abriendo los párpados todo lo que pudimos, aunque no fuera demasiado: la colita alta que nos hacía la abuela nos tiraba el cuero cabelludo y nos tensaba la frente, nos dejaba casi inexpresivas como si fuéramos señoras operadas.
Antes de subirnos a la moto para ir a la escuela dijimos una excusa para cruzar todo el patio corriendo y pegarnos al alambrado, para ver el corral del vecino. Yaki nos vio pasar pero no nos siguió, era su hora de la siesta. Estaba echado debajo de la parra, respirando fuerte y dejando que las moscas le pasearan por el lomo. Apenas entreabrió un ojo desganado que nos observó correr. Las gallinas estaban igual que siempre, de a muchas, comiendo y cacareando. Pero no vimos a la gallina muerta. Mi prima me dijo que el dueño ya la debía haber enterrado, y al volver adentro, la abuela nos retó porque nos podíamos haber ensuciado las túnicas blancas y porque íbamos a llegar tarde otra vez. Nos subimos las tres a la moto y arrancamos, yo iba en el medio. Abracé a la abuela por la cintura y la apreté un poco más que siempre, temiendo que lo supiera todo e intentando pedirle perdón con mi abrazo, porque ella no se resistiría. En los cuesta arriba, la moto tomaba un impulso brusco y me daba miedo que mi prima se cayera, pero ella se hacía la independiente, estirada hacia atrás, agarrada de la parrilla con una mano de cada lado.
Ella era dos años más grande, así que solo veía a mi prima en el recreo. Cuando me fue a buscar, yo estaba en la fila para la cantina mirando un piojo blanco y enorme que caminaba por el entramado de la trenza de una compañera de clase, que estaba delante de mí, y que seguramente se llevaría el último bizcocho con azúcar. Por eso desistí, me conformaría con un Merienda Sote que tenía en la mochila. Mi prima y yo nos reunimos debajo de la anacahuita.
—Ya sabemos que el veneno funciona. ¿Seguimos? —me preguntó
—No sé —le contesté
—Dale, no seas cagona.
—¿Y si se mueren todas?
—Mejor.
Sonó el timbre y volvimos cada una a su salón. Intenté pensar en que no tenía nada de malo nuestro secreto de las gallinas. Después de todo, las queríamos matar por una buena causa. Primero que nada, el vecino del corral era un viejo requete loco. Siempre salía a su patio con un escarbadientes en la boca, enojado, diciendo malas palabras y a cada rato escupía gargajos amarronados. No nos saludaba jamás, y cuando se agachaba para arrancar algún yuyo se le bajaban los pantalones y se le veía la raya. Segundo, las gallinas eran muchas, y eran molestas. Los fines de semana eran los días de jugar, una vez que ya tuviéramos hechos todos los deberes. Como no había escuela y teníamos tiempo para ganarnos su confianza, intentábamos acariciar algún pollito que se acercaba al alambrado, y algunas de ellas, enloquecidas, se colaban por un agujero y venían a perseguirnos. E incluso de vez en cuando, se colaban porque sí y querían picotearnos. Yaki se asustaba y corría adentro a esconderse debajo de la mesa. Y la abuela nos retaba, como siempre. Nos retaba y decía que dejemos dormir la siesta, guachas de mierda repodridas. Perro de mierda recagado.
Lo del veneno lo habíamos acordado con mi prima en nuestra primera reunión a solas, un sábado en el que por la radio anunciaban una tarde de sol radiante.
Primero lo planteamos después de almorzar. Estábamos la abuela, mi tía, mi mamá, nosotras dos, y la cabecera de la mesa, donde iría mi abuelo, vacía. Nunca sabíamos muy bien qué hacía el abuelo, solo que estaba en la cantina, igual que siempre. Pero le dejaban un plato de comida pronto por si aparecía a comer. Y mientras, a su silla la ocupaba un señor invisible. La abuela arrimó un cenicero y las tres adultas prendieron sus cigarros. Les pregunté si podíamos quedarnos a jugar adentro y todas dijeron que no, porque era el único día en el que podían dormir la siesta y nosotras hacíamos mucho ruido. Entonces mi prima culpó a las gallinas de que no tuviéramos ganas de jugar en el patio. Mi tía dijo que «las gallinas se acuerdan de la cara de la gente. Seguro algo ustedes les hicieron». Y se rió. Con una maniobra de pulgar tiró las cenizas del cigarro y agregó «estarán culecas». Mi mamá subió el volumen de la radio porque empezaban los anuncios necrológicos y era divertido saber quién se había muerto y de dónde lo conocía cada una.
Con mi prima fuimos al cuarto y agarramos dos lapiceras para hacer que también fumábamos, señal de que la charla iba a estar cargada de seriedad. Incluso tosíamos de vez en cuando, porque nos hacía ahogar el humo imaginario. Hicimos un pacto: había que declararles la guerra a las gallinas. Escupí baba en la palma de mi mano y ella hizo lo mismo. Luego nos dimos un apretón sacudido, mientras desde el comedor se escuchaba al señor de la radio diciendo «sepelio a realizarse hoy a la hora diecisiete…» y luego la voz de mi abuela, asombrada, diciendo «podés creer, che, era jovencísimo» e iniciando el debate en cuanto al muerto. «Ay, mamá», respondió mi tía de mala manera, «era un viejo repodrido, recagado». En fin, ese fue el día del pacto.
Cuando todas se fueron a dormir la siesta, empezamos a rondar la casa en silencio, recolectando los ingredientes más mortales que pudiéramos encontrar. Pero si las gallinas eran lo suficientemente inteligentes para acordarse de nuestras caras (a veces ni la abuela podía, y me decía a mí el nombre de mi prima y a ella el de una hermana muerta que tenía por ahí), entonces no iban a comer cualquier cosa. Había que confundirlas con un plato especial, que pareciera un almuerzo apetitoso.
El primer plato fueron niños envueltos con salsa de moras. Lo que envolvía el relleno eran unas hojas verdes y largas de una de las plantas del patio, y por dentro tenían colillas de cigarro que robamos del cenicero, bolitas de acebo que parecían mini tomates cherry y un montón de pasto seco donde a veces Yaki hacía pis. De postre: algodones de azúcar de telarañas, que en realidad eran ramas de flores que pasábamos entre las grietas de paredes y muebles para que lamieran toda esa mugre y se les pegara en el extremo. Y la salsa de moras, por supuesto, jabón líquido de lavar platos, que era azul y brillante, como la que le ponen a los helados.
Se lo servimos en un plato de plástico y lo dejamos contra el alambrado. Ellas lo vieron, pero se hicieron las desinteresadas por un rato. Nos quedamos sentadas allí haciendo como que estábamos jugando a otra cosa hasta que vimos que una picoteó algo del plato, y que sus hijitos pillaban en la proximidad. En ese momento algo nos comió el corazón por dentro…