El tamaño del universo es el mío: La constelación cicatriz, de José Urriola
Lluvias de diamantes, planetas errantes, estrellas oscuras, rayos cósmicos imparables que abren hendiduras a espaldas de nosotros. El universo está lleno. Y aun así no sabemos nada. De niño, sentía una especie de vértigo curioso cada vez que pensaba en el cosmos. No era horror lovecraftiano, aquello que la limitada mente humana sufre cuando intenta aprehender lo infinito. Era la seducción de estar habitando un lugar inconcebible por la imaginación sin hacer groseros recortes entre las estrellas. «Me aterra el silencio eterno de esos espacios infinitos», escribió Pascal, y le dio forma al aturdimiento.
La sentencia de Pascal, no obstante, no debería tranquilizar. No es solo el cosmos el que es infinito, todo lo es. David Hume aseguraba que cada cosa que penetraba en nuestra mente a través de nuestros sentidos estaba realmente compuesta por mínima sensibilia, sin lugar ni espacio, imposibles de aprehender por la mente humana. Spinoza también definía a los cuerpos individuales como compuestos a su vez de otros individuos incontables. Infinitos extremos donde sea. No hay frontera que no sea imaginaria. Pero todo está tan aparentemente ordenado. Ese magma universal, ese totum revolutum, tiene su propia armonía. Es decir: todo es cosmos.
La constelación cicatriz, el último libro del escritor venezolano José Urriola, editado por Lecturas de Arraigo (España), hace de ese terror una poesía consoladora. Urriola lo sabe, estamos hechos del mismo material que las supernovas y nuestras heridas no tienen nada que envidiar a las hendiduras del espacio. En cuanto a su importancia en el gran esquema de las cosas, un agujero negro no se diferencia del espacio que se abre entre una pareja que se deja de amar, entre una madre que se despide de sus hijos, entre los muertos y los que los sobreviven. Un rayo gamma no supera en fuerza cósmica al feliz reencuentro. De hecho, con toda seguridad, nuestras fugaces tragedias cotidianas son más importantes que cualquier planeta perdido en el espacio.
Alien
En La constelación cicatriz habla el queloide que dejan las supernovas íntimas que funden una vida. Un niño que vacila ante su propia existencia; un joven que roza la muerte justo cuando descubre la belleza del mundo; el dolor que conlleva la pasión desbordada, aquella cuyo desenlace ya está pronosticado en los astros; el desarraigo, la migración, la culpa, la insatisfacción. Urriola despliega una poética cósmica del drama privado, una metáfora para habitar mundos posibles en los que no hemos vivido, pero casi, y enriquecer aquel en el que existimos. La experiencia ficcional, en esta constelación de fragmentos, se afirma como un cosmos móvil, íntimo e interdimensional.
No es solo su temática extraterrestre; por derecho propio, este es un libro raro, alienígena, en la ya consolidada bibliografía del autor. Acostumbrado a la narración, con obras como Santiago se va y Fisuras (ambas editadas por Libros del Fuego) y La vida en otra parte (Monroy editores), el nombre de José Urriola es más fácilmente asociado a la narrativa experimental, el new weird latinoamericano y la ciencia ficción caribeña. Pero este nuevo libro es un ejercicio poético, en donde la estética y la reflexión simbólica tienen privilegio. Cada fragmento que compone el texto es un breve destello que atiende a su particular constelación de imágenes, a su específico ejercicio de sentido. Pero no es un libro de poemas ni un poemario. Reniega de las fronteras. Como ocurre con nuestra vivencia del espacio exterior, armar constelaciones con sus destellos queda a la libre construcción del lector. ¿Cuántos cuerpos universales pueden habitar en un libro? Los mismos que los astrónomos decidan sobre las agrupaciones de estrellas.
No es inusual ver que narradores incursionen en la poesía, o viceversa. Sin embargo, es mucho más usual que eso no ocurra. O que ocurra con resultados decepcionantes. Tener entre manos una madura síntesis de narración, ensayo y poesía, hecha por un narrador adulto pero joven poeta, es una extrañeza. El propio libro parece reconocer este cambio de registro. En sus primeras páginas se lee: «Que algo en mí ya había cambiado. A partir de ese momento yo ya no era más yo. No sé si sea algo malo, creo que no. Mi hermana asegura que el que volvió es más lento, más taciturno, más para dentro» (p. 9).
Hay, sin embargo, un hilo conductor que hace de este un reconocible ejemplar de Urriola. Cruzando su obra, se distingue una urgente preocupación por la sensibilidad, por la tesitura emocional de sus palabras; todas sus piezas preservan la delicadeza lingüística, la cual es usada para la viva construcción de los paisajes interiores de sus personajes, «Me toco la coronilla y siento el bulto rugoso bajo el cuero cabelludo, parecido a un insecto que quedó fosilizado ahí. Si lo presionas se despierta, se queja, duele. Me recuerda así que es la marca del impostor, que el que estaba antes no la llevaba. Que el que está ahora, el que regresó, ese que soy, inicia allí».
Aunque diferente, más extraño, más alien, no es la primera vez —ni será la última— en que José Urriola sobrecoge a sus lectores y les brinda un consuelo para…