Vila-matas dulce y amargo
Referencia bibliográfica: Enrique Vila-Matas, Canon de cámara oscura, Barcelona, Seix-Barral, 2025.
En diciembre de 2023 viajé a Barcelona en busca de un cierre para la novela que estaba escribiendo. Digo cierre como quien dice La última frase, como quien no cree en los finales y tampoco demasiado en los inicios. Una de esas mañanas había quedado para tomar un café con Paula de Parma y Vila-Matas, quien me propuso escribir un texto para su web. ¿Un texto? Yo le pedí una palabra y él respondió: «oscuridad». Supe entonces que era esa la idea en torno a la cual giraba su último libro, cuyo título, Canon de cámara oscura, no conocí hasta hace unos meses, y supe también que en esa oscuridad había cabida para tantas otras, entre ellas, el abismo. El abismo a un paso de la vida que se acaba, el que se le crece a uno cuando, caminando felizmente hacia la nada-amiga, se detiene, en efecto, a pensar en esa nada-amiga. El abismo del lenguaje interminable, el de la palabra insuficiente o inútil para decir. El abismo que es el del terror al olvido.
Vidal Escabia, otrora asistente del venerado escritor fracasista Altobelli, recibe de este, antes de morir, la misión de aligerar al máximo su biblioteca, esto es, de seleccionar muy subjetivamente de entre sus libros predilectos setenta y un fragmentos para conformar un «Canon desplazado» o «intempestivo». El procedimiento es, en apariencia, azaroso: en el cuarto oscuro que fue su biblioteca, Escabia irá cogiendo libros casi aleatoriamente para tomar de ellos un fragmento. La irrupción del personaje de Violet siembra una duda: la posible naturaleza robótica de Escabia, un Denver-7 fabricado para servir a Altobelli como ayudante, carente, pues, de pasado humano verdadero —y, por tanto, de memoria—.
FICCIÓN, VIDA Y MEMORIA
Todo lo escrito, toda ficción, bebe necesariamente de: 1) la experiencia vital a) propia o b) ajena; 2) la experiencia cultural (literatura, historia, cine, arte, y un larguísimo etcétera). Cuando hablo de «experiencia vital», no me refiero (o no exclusivamente) a la biografía. Hablo de todo lo que un individuo ha percibido o percibe o imagina poder percibir (imágenes, sonidos, ficciones, entrelazamientos en la infinita combinatoria de todas estas imágenes, sonidos, ficciones). Por tanto, si nuestro protagonista carece de memoria, ¿qué puede escribir? No otra cosa salvo un pastiche de sensibilidades ajenas, todas las obras literarias a las que ha podido acceder, todas las experiencias no vividas sino leídas. Enrique Vila-Matas nos hace pensar en la IA, ese macro-ordenador capaz de, en tiempo récord, radiografiar el inventario de todo lo que existe y que está registrado en su base de datos. «Si pierdo la memoria, qué pureza», escribe Gimferrer, que, sin memoria ni conciencia, no podría haber escrito un verso tan bello y certero. «Ordenar estos datos [dispersos] es tal vez poesía», dice también, pero se requiere de una sensibilidad orquestadora, sabedora del amor, del dolor y del humor, y es que este Denver-7, o nuestro casi omnisciente ChatGPT, aun con la mejor de sus intenciones (si es que una máquina programada puede tener intención) y desde su reciente y adquirida «humanidad», no alcanza a ser más que esa casa de citas en la que se confunden las voces de nuestros muertos, un compendio de toda la memoria y las sensibilidades humanas que han habitado la tierra y que alguna vez quisieron dejar testimonio, por escrito, de esa tanta-vida. Desde la perspectiva de un personaje irónica y radicalmente distinto a la lectura que ofrezco, este libro es un canto de amor, a veces nostálgico, al ser humano y su escritura.
EL HUMOR Y EL HORROR: DULCE Y AMARGO
Es imposible no hacer alusión a ciertas cuestiones cuando hablamos de los libros de Enrique Vila-Matas: una de ellas es la díada humor-terror, o, para decirlo a la manera de Carson (otra autora de este canon intempestivo), lo dulce-amargo. Se abordan temas siempre serios, pero desde esa levedad que Italo Calvino defendiera en Seis propuestas para el próximo milenio, en este caso, la del humor: «Altobelli rio más que nunca. Parecía que nada le hiciera tanta gracia como la oscuridad» (p. 19). Sin embargo, la carcajada es un tanto ambigua, una carcajada-rictus (máscara del espanto que es a su vez máscara de la risa), y es que a lo mejor se trata de lo contrario: bajo la ironía inherentemente vilamatiana, o pese a ella, la sombra en labios de Violet: «Existe la imposibilidad de vivir […]. Quizá, dice, Dios sea solo ese gran puñado de miedo que nos iguala a todos» (p. 80). Subyace entonces una visión casi apocalíptica de la literatura paralela a la visión apocalíptica del mundo…