Volveremos a embarcar

Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar, canta Jorge Luis Borges en su poema, El amenazado.

Hay un cuento que no me atrevo a releer, luego de haber sido leído, por última vez y viva voce, a un quién, que ya no existe. 

También de rostro honesto y serio como el señor Melfa, el mayor artífice del engaño.

Era la segunda vez que lo leía. Tercera quizás. Me lo había contado antes mi padre, en algún momento en el que le presté la atención que siempre busca. En una época donde lo poco que me movía, que despertaba mi thaumázein, era el fenómeno del desarraigo y su lógico contrario, el echar raíces de Simone Weil. Creyó que era una buena y primera descripción literaria de un problema naturalmente filosófico, como suele haber. Como me ha enseñado siempre.

La historia en cuestión retrata un grupo de campesinos que, en pos de un futuro, en búsqueda constante del supuesto progreso, deciden que su mejor opción es abandonar su tierra y dirigirse hacia lo desconocido. Desde Sicilia, entre Gela y Licata, hasta Nugiorsi. Reparemos en esa ruta, que de por sí ya es lontana eligiendo atravesar las nubes. Imaginen hacerlo en barco. Once noches, según el señor Melfa. Además, no olvidar que «en el mar no existen caminos ni senderos» y es «cosa divina el hacer la ruta exacta, sin errar, conduciendo una nave entre el cielo y el agua».

A priori, nada nuevo. 

«El sueño de América rebosaba de dólares: ya no sería el dinero guardado en la sucia cartera y escondido entre la camisa y la piel, sino los billetes metidos sin cuidado en los bolsillos del pantalón, sacados a manos llenas [...]». 


Cuántos históricos italianos han emigrado hacia los Estados Unidos de América, persiguiendo el American Dream. Cuánto arte ha salido de esas fugas de barcos. Cuánto triunfo. Cuánto sufrimiento también.

Tanto aplicada al pasado, para muchos rioplatenses que encontramos nuestro origen en ese icónico descenso de los barcos, como al presente, para todos aquellos que se encuentran hoy iniciando ese movimiento, la trama de la historia deja entrever temas más comunes y corrientes de lo que asumimos. La pesadumbre de dejar el antes llamado hogar, de cargar a cuestas todo lo que uno posee —olvidando a veces, lo más importante, que no se puede cargar—, de sobrepensar mil y un escenarios posibles, de creer realmente en la existencia de ese futuro mejor —en «las acogedoras, ricas, abundantes casas, a los automóviles grandes como casas»—, de confiar ciegamente en el porvenir y entregarse a la incertidumbre, de sentir —o no— la mancanza ya desde el día que se dice adiós. 

Si bien todos estos anteriores asuntos los retrató, entre otros y con maestría envidiable, mi amigo literario Knut Hamsun, haciendo la ruta desde Noruega también hacia los Estados Unidos de América, con peculiar sordidez y perspicacia lo narra el escritor de Racalmuto, Leonardo Sciascia, en «El largo viaje».

La edición que conozco y arropa el cuento es pequeña, liviana, fácil de transportar. Ha viajado del este al oeste de mi país; y por ahora, no ha vuelto al este, a la biblioteca de mis padres. Es también cálida, con hojas color sepia, gastadas; esas que, si marcás el borde superior, quizás se rompen. Pero igual, incluso siendo ligera, pesa. Si me habrá pesado.

«Porque el trato había sido ese». Zarpar de una playa desierta de Sicilia, para llegar a otra playa desierta, de América. Entregarlo todo a cambio de un futuro cierto, determinable. Pero el empresario de la aventura, el señor Melfa, tenía otros planes. Las únicas indicaciones que les había dado a los campesinos eran simples: que no se olvidaran de pagarle, sino en conjunto le darían al olvidadizo una paliza, que fueran silenciosos al descender en tierras americanas y que se dispersaran rápidamente. Por último, que se dirigieran a Trenton. «Quién sabe lo lejos que estaría Trenton, las horas que serían necesarias para llegar allí».

«[...] en la undécima noche, el señor Melfa les llamó a cubierta; y en un primer momento creyeron que pobladas constelaciones habían descendido al mar como rebaños; en cambio, eran pueblos, pueblos de la rica América que como joyas brillaban en la noche. Y la noche misma era embeleso: serena y dulce, una media luna que galopaba entre una transparente fauna de nubes, una brisa que inundaba los pulmones». 


Momentos más tarde, luego de pagar primero, y descender enseguida a tierras supuestamente americanas, dos osados campesinos «decidieron ir de avanzada».

«Pasó un coche: «Parece un seiscientos». Y después otro, que parecía un mil cien, y otro más: «Tienen nuestros coches como cosa de capricho, los compran para los niños, como en nuestra tierra hacemos con las bicicletas». 

[...]

«—Ahora recuerdo —dijo al cabo de un instante aquel a quien no le resultaba nuevo el nombre de Santa Croce—, que a Santa Croce Camarina, en año que hubo mala cosecha en nuestro pueblo, fue mi padre para la siega.

Como desgarrados se echaron por encima del borde de la cuneta: no había prisa para llevar a los demás la noticia de que habían desembarcado en Sicilia».


Como desgarrados. Ciertamente desgarrados. En sus sueños. En sus posibilidades. En su inocencia, en su confianza. Destruidos en el creer y…

Yamila Lara

Yamila Lara (Punta del Este, Uruguay, 1997). Es licenciada en Filosofía, abogada y magíster en Ciencias Humanas. Actualmente, se encuentra cursando un Doctorado en Filosofía. Esta es su primera publicación.

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