Una pequeña celebración

1

El hombre que atendía el almacén miraba hacia el televisor que colgaba del techo. En la pantalla una gurisa en bombacha, sin corpiño y tapándose las tetas con el brazo, lloraba, se reía y decía gracias a todos ustedes estoy acá.

—¿Qué busca? 

—Mi novio recién le compró una cerveza, ¿me puede dar un vaso? 

Sin dejar de mirar la pantalla, el hombre sacó de abajo del mostrador un vaso blanco de plástico y se lo pasó a Jimena. Recién cuando salió se dio cuenta de que había una pata de cucaracha en el fondo: entera, larga, con las garras bien visibles, en contraste perfecto con el blanco. Lo dio vuelta, lo sacudió, pero la pata siguió adherida al plástico. Acomodó su bolso y el de Simón para usarlos como respaldo, dejó el vaso contra la pared y se sentó.

—Pasame igual la cerveza.

—¿No te dieron un vaso?

—Sí, pero tenía una pata de cucaracha.

Él le dio la botella. 

—¿Y cuándo fuiste a las cataratas vos?

Tomó un par de tragos cortos y se la devolvió.

—Te lo dije.

—¿Fuiste con ese tal Ger?

—Fui con él, sí.


2

El hotel estaba en una calle paralela a la principal, no muy alejado de la costanera. Tenía aspecto de viejo y arreglado sin esmero: la fachada mal pintada, había partes donde el color celeste era más fuerte que en otras, había partes donde el verde oscuro anterior todavía se notaba. 

En el momento en que Jimena y Simón llegaron, el sol daba de lleno sobre todo el frente, y una señora mayor, de remera blanca y pollera hasta los tobillos, achinando los ojos, fumaba apoyada sobre el marco de la puerta. Jimena la saludó. La mujer tiró el cigarrillo ni bien dio una pitada rápida y entró para ponerse detrás del mostrador.

—Buenas tardes. Bienvenidos al hotel Brasil.

Les dio las llaves y las indicaciones para llegar a la habitación. El pasillo, largo y oscuro, con olor a humedad, daba a un hall alfombrado y lleno de plantas y flores de plástico. Subieron por las escaleras al primer piso. 

Apenas entró, Simón tiró el bolso encima de la cama y prendió el televisor, puso un canal de música en el que pasaban un videoclip de los ochenta. 

Jimena dejó el bolso al lado de la mesa de luz. 

—¿Era porteño?

—¿Quién? 

—Quién va a ser, Ger.

Jimena se acercó a la ventana y corrió las cortinas. Del río llegaba una brisa fresca con un ligero olor a azufre. Simón prendió al máximo el ventilador. El cobertor que colgaba a los costados de la cama empezó a flamear.

—¿Y qué hacía?

—Me da un poco de frío el ventilador. 

Simón se paró de mala gana y lo bajó al mínimo. 

—¿Qué hacía?

—¿Qué hacía quién?

—El Ger ese.

—Hacía lo mismo que hace ahora: fotos.

—¿De fiestas y esas cosas?

—No, él hace fotos de otra clase.

—¿De qué otra clase?

—No quiero hablar de eso ahora, Simón.

—Decime y no te jodo más, en serio.

Él hizo con los dedos una cruz sobre los labios.

—Hace algo más artístico.

—¿Qué cosa? Decime. 

—Hace fotos con muertos.

—¿Con muertos? 

—Sí, con muertos. 

—Pero qué, ¿en la morgue?

—No, Simón, no, te dije que él es artista. Hace otra cosa: una vez a un hombre lo vistió de rey, con corona y todo, y lo sentó en el banco de la plaza y le puso en la mano un libro de Francisco Madariaga, un poeta correntino, o chaqueño, no sé, que al muerto le gustaba mucho. Y terminó exponiendo esa foto en Francia y Finlandia.

—Y quién quiere que les haga esas fotos, no entiendo.

—En mi pueblo es algo común.

Jimena abrió la ventana. Enfrente había un supermercado. 

—Podemos ir ahí a comprar algo para picar.

—No tengo hambre. Esperemos un poquito, y vamos directo a comer al restaurante. 

A ella le habían recomendado uno bueno y no tan caro. Pero tenían que preguntarle cómo llegar a la señora que los había atendido. Se lo comentó a Simón.

—¿Cómo se llama?

Jimena sacó la libretita del bolso. 

—La Carreta.

—Bajo a preguntar.

—Pero le preguntamos cuando salimos. 

Simón no le hizo caso y salió sin decir nada más. Ella se sentó en la cama y estiró la mano como para apagar el televisor, pero no lo hizo. Se quedó mirando como unas mujeres saltaban en paracaídas desde un avión. Cuando se tiró la última, lo apagó y salió. Bajó las escaleras y, parada al comienzo del pasillo, miró hacia la recepción del hotel. Simón gesticulaba frente al mostrador. En un momento a Jimena le dio la impresión de que a él, algo brillante, como un resplandor, lo envolvía. Irradiaba colores, chispeaba. Jimena se quedó ahí, mirando, confundida, hasta que volvió rápido a la habitación. Fue directo al baño. Se miró en el espejo, la cara le pareció más simétrica que de costumbre, y era evidente que también estaba más rozagante. Se acomodó el pelo con la mano y se sentó en la cama, de frente a la claridad. El sol dibujaba una espada en el piso de cerámica marrón, muy cerca de sus pies. Se podía ver bien nítida la empuñadura, la hoja, la punta. La espada se fue haciendo cada vez más fina y filosa con el paso de los minutos. 

Al rato volvió Simón.

—Es acá a cinco cuadras, nomás, en la esquina de Mansilla y Sarmiento.

Simón se acostó de nuevo y prendió el televisor. Ahora pasaban un videoclip de música incidental: una cara dibujada se ensanchaba sobre un fondo rosa y verde hasta explotar y transformarse en otra cara dibujada. Y así, varias veces. 


3

Cuando llegaron al restaurante todavía los retazos de sol hacían que saturara el celeste del cielo. Se sentaron al fondo del salón más grande, el que tenía una inmensa rueda de madera colgada en la pared, y…

Matías Aldaz

Matías Aldaz (Federación, Argentina, 1976). Es abogado por la Universidad de Buenos Aires. Autor de los libros de cuentos Esas nubes (Simurg, 2009), La lluvia cae en todas partes (Colección Mulita, 2014), las novelas Bajante (Colección Mulita, 2017), La vida de un hámster (Kintsugi Editora, 2021), Algo que nadie hizo (El Gran Pez, Premio La Novela del Verano 2024/ Las afueras, 2026), y los libros de poemas Antes de cerrar la puerta (Editorial Deacá, 2019) y El modo prodigioso (Patronus, 2025). Junto a Laura Escudero Tobler escribió la novela La ciudad perfecta (Norma, 2017).

Anterior
Anterior

La parte más alta

Siguiente
Siguiente

Gachas