Gachas
Eran seis hermanos y sus padres no murieron en la guerra, así que en aquella casa había ocho bocas muertas de hambre. No la sentían como un vacío, al hambre, sino como algo que siempre estaba a punto de suceder. Una puerta abierta al final del pasillo. Un redoble de tambor. Un teléfono desenchufado que, sin embargo, suena. Podían verla, oírla, tocarla, tan intensa era últimamente. Metálica y plomiza como una bala. Pasaban el día sin decir nada, mirándose, porque eso es lo único que puede hacerse cuando no hay nada que comer. Mirarse en silencio y calibrar cómo sería devorarse los unos a los otros. Un pensamiento cada vez más oscuro y húmedo, tan parecido al olor del carbón bajo la mesa camilla.
Otras familias eran más decididas. Salían al patio de la corrala a cazar ratas, y antes de eso, gatos. Gatos que ya no quedaban, que cómo podían dar asco si ahora los recordaban como carne de primera. Otras familias comían incluso cosas peores, tenían varios trabajos o se dedicaban al estraperlo. Ellos no. Eran pusilánimes, no astutos. Mirándose siempre sin decir nada, sí, pero también sin echarse nada en cara, sin discutir ni llegar a matarse, como sucedía en otras casas. Esperando algo, algo que siempre estaba a punto de suceder.
Entonces llegó el saco.
Lina, Ángela, Pilar, Dolores, Felisa y Nino salieron corriendo al recibidor, chillando igual que las ratas del patio. No vieron a la persona que lo entregó, pero sí a madre cerrando la puerta y diciendo:
Gracias a Dios.
Un familiar del pueblo les había enviado harina de almorta para preparar gachas. Sabían que abusar de la almorta causaba parálisis en las piernas, pero qué era el hambre sino una parálisis, y qué mal podría hacerles aquel saco tan pequeño. Lina, la mayor, lo miró y dijo en bajito:
Ya podrían haber mandado más.
Madre le pegó tan fuerte que cayó al suelo. Era la primera vez que hacía algo así. Bastaba tener la comida tan cerca para sacar lo peor de uno mismo. Los niños suplicaron, pidiendo por favor que las preparase, ahora, madre, por favor, solo hay que calentar agua y añadir la harina. El saco sabía dulce. Harina, agua, gritos y crema. Madre dijo que tenían que estar todos, que sin duda aquella harina era un regalo del cielo, que esperarían a que padre volviera del trabajo. Cenarían gachas, prometido. No saldrían muy espesas porque habría que echar bastante agua, tenía que alcanzar para todos. Pero con suerte padre traería pan, y podrían echar mendrugos.
Los seis hermanos salieron obedientes de la cocina. Era peor estar ahí, mirando el saco. Se encerraron en una de las habitaciones para no seguir las manecillas del reloj ni oír el redoble de tambor que sonaba en algún sitio, o tal vez el timbre de ese teléfono que no tenían. Contaron las historias que siempre les cerraban el estómago: la de los fantasmas que se aparecían en las ruinas de Belchite; la de su séptima hermana, que nació muerta; la de ese padre que no regresa por la noche y entonces no se pueden cenar gachas. El saco en la repisa de la cocina era pequeño, ligero y latía como un corazón. ¿Se puede comer la arpillera?
Tener hambre es estar drogado. El tiempo transcurre de manera extraña. De pronto pasaron cinco horas y sonaron las llaves. Padre abrió la puerta. El hambre aguza el oído, y puede que ese quejido en la oscuridad de la corrala fuera un gato, pero cómo, si ya no quedaban. Padre tenía copos de aguanieve en el abrigo, copos de harina. Nino, el pequeño, los chupó mientras le abrazaba. Aquella noche, antes de que padre pudiese pedir perdón por no traer nada de comer, acaso un poco de pan, madre ya le estaba contando lo del saco, y las niñas preparaban la mesa, y el color plateado de los cubiertos anunciaba, por fin, una comida caliente.
La cena de gachas fue una masa esponjosa, un sabor redondo, una promesa de sueño plácido. Notaron la piel despegándose del hueso, la felicidad engordando en el vientre, la ilusión de que podrían aguantar en ayunas mucho, mucho tiempo.
Una semana después llegó la carta. Como el saco, vino del pueblo. Padre y madre estaban en la cocina, y él, que sabía leer, lo hizo en voz alta, creyendo que sus hijos no escucharían nada desde los dormitorios. El hambre aguza el oído, sí, e igual que los niños oían los quejidos que venían de la corrala, o a veces del cuarto de sus padres, y cada día de sus propias tripas, oyeron que lo que había en el saco no era harina, sino cenizas, las de algún familiar que, como el saco, y como después la carta, vino del pueblo. Un familiar de los que ya no quedaban, igual que los gatos, porque en los pueblos se la pasaba incluso peor que en las ciudades. Su voluntad era que se le diese sepultura en Madrid —leyó padre—, y madre cayó al suelo, o eso les pareció a los niños aquel estruendo. Madre lloraba sin disimulo, preguntando —pero a quién— cómo no enviaron la carta antes que el saco, cómo pudo adelantarse si las cartas llegaban siempre antes que la comida, y padre trató de tranquilizarla y acaso lloraba también, y decía mujer, qué iban a saber, qué íbamos a saber nosotros, si esto no es culpa de nadie.
Madre lo llamó pusilánime con desprecio, como si quisiera…