Pichones
Entró por la puerta. La madre barría la vereda.
Aleteó entre las cortinas y las camas y fue a posarse a la altura de los ojos del niño, silla frente a silla. Pichones todavía. Nunca había visto una tan de cerca. El sol reventándole las plumas, del gris al tornasol, todos los colores en sus alas. Y como la madre, un delineado azul bajo los ojos.
Cada mañana, la vereda, la madre, el polvo, las hojas todavía verdes que llegaban de otro barrio y se arremolinaban.
Dejó el lápiz sobre el garabato. Evitando espantarla, se levantó de la mesa.
La madre miraba el avance diario de los trabajos. Habían comenzado hacía dos semanas con un forado en la esquina. Cuatro manos y cuatro palas surgían de vez en cuando, lanzaban piedras y tierra a la pista. Por primera vez, los micros no correteaban en la puerta de su casa: se desviaban antes.
Apoyó el mentón en el palo de la escoba. ¿Debo acostumbrarme a este silencio de cascajos o no? ¿Cuánto duraría?
—¿Me la puedo quedar?
—¿Qué cosa?
Volteó hacia el brazo que señalaba.
—No veo.
—Allí.
—¿Estás loco?
Un escobazo.
—¡No! Tú dijiste mascota.
La paloma brincó a la mesa.
—Perro, dije. Gato, quizá. Pececito.
Y comenzó a picotear las migas del desayuno.
—¡Atrevida! —Otra vez plumas y pelos se cruzaron en el aire.
Vio a su hijo, las manos en la cara, y aquietó la escoba:
—Traen enfermedades.
—¿Cuáles?
—Qué sé yo. Tiña. Garrapatas.
Y volvió a la puerta.
—Mañana se va.
—Está bien.
—Vas a tener que darle de tu comida. Y cambiarle el agua.
—Le doy.
El niño corrió a la cocina, sacó copos de avena de un tarro y llenó un pocillo con agua. Los dejó en la mesa sin respirar.
Saltito a saltito, se acercó parpadeando. Se alimentó. Luego bebió y brincó al agua, salpicó sin parar y formó un charquito sobre el mantel de plástico.
¿Y si de verdad se iba mañana? La puerta, abierta. La ventana, abierta.
Cuando se mudaron, la ventana no existía.
Sin pedir permiso, la madre contrató a un vecino y lo ayudó a mezclar el cemento y a pintar los marcos y las rejas. Juan se las ingenió para conseguir fierros y lunas de una demolición. Luz y aire, también polvo. Una pátina cubría los muebles y los enseres, aunque pasaran trapo a diario. La cortina, de blanca a gris.
El niño paseó la mirada por las estampitas y las fotos del altar. Sobre la cómoda, dos velas misioneras, verde y roja, junto a las estampitas.
Rebuscó entre sus cosas, en la caja que atesoraba bajo la cama.
¡El palo!
Era una rama seca, pequeña y ligeramente curvada en el centro; la había recogido el invierno anterior.
Juntó dos ollas viejas que su mamá ya no usaba, el fondo quemado por el concolón, y pasó la rama a través de las asas.
Voló hasta su nuevo parante y se posó de un tirón. Giró la cabeza de un lado a otro y contempló la casa de un solo golpe de vista.
—¿Por qué no te vas?
Volvió a la mesa y a su cuaderno.
Sentado frente a ella, intentó dibujarla.
Lápiz negro. No podía equivocarse: se acabaría la punta.
Corrió la silla; ambos quedaron de perfil. Los ojos, el pico, la cabeza, las alas, las patas. Engrosó la silueta, las plumas, una por una. Mojó su índice y borroneó alrededor hasta difuminarla. Parecía un cuervo, aunque nunca hubiera visto uno. Se preguntó qué hubiera preferido ser de haber nacido pájaro: ¿cuervo o paloma? Prefirió a las palomas: viven en las naves de las iglesias, escuchan música y misa; les lanzan maíz.
A la altura de las patas, puso sus iniciales y la fecha. Dobló el papel en cuatro y lo guardó en la cajita.
—Voy a ir al mercado a traer para el almuerzo.
—¿Qué vamos a comer?
—Lo que haya. ¿Qué has hecho allí con mis ollas?
—Para que descanse.
La madre cerró la puerta.
En las noticias, todo temblores, incendios, por eso ya no lo dejaba encerrado con llave. Llevaba una bolsa negra bien enredada en la mano, el escondite del monedero.
—¿Cómo te llamo? ¿Cómo te llamo?
Y, recordando el delineado:
—¡Azul!
Azul voló encima del televisor y se balanceó un segundo sobre la antena. Gorjeó. Volvió al plato, a terminar la avena. Le sirvió más. Los copos se desparramaron. ¿Cuánto tendría que comer para tener fuerzas para volar? ¿Todo el día? Su mamá se equivocaba cuando le decía comes como pajarito.
La puerta se abrió.
—Hoy tenemos de menú…
Sonrió.
—Tallarines verdes y agua de cebada.
Su comida favorita.
—¿Azul puede comer cebada?
—Creo que sí. ¿Por qué le has puesto ese nombre?
—Porque tiene una línea azul en el ojo. Como tú.
Ella no dijo nada.
—Les queda bonito.
—Ven, lléname la olla con agua.
La ayudó en la cocina. Machacó en el mortero hojas de albahaca y espinaca, cuatro nueces y un diente de ajo. Le lanzó una esquirla de nuez. Lo sobrevoló y la recogió limpiamente de la mesa.
—Ya te vi. Ahora le doy alguito de cebada.
El humo del agua de la pasta subía en estela al techo.
Él limpió la mesa y puso los platos y los cubiertos.
Azul revoloteó sobre el sofá, volvió a su parante.
—Quiero ir a jugar pelota, pero tengo miedo de que se vaya cuando yo no esté…