El derecho del lector a no entender y el del escritor a no explicarlo todo
A veces el lector tiene derecho a no entender, a permanecer desorientado durante unas cuantas páginas, quizá durante muchas, quizá incluso después de haber cerrado el libro. Tiene derecho a habitar durante un tiempo esa región incómoda en la que las cosas todavía no poseen un nombre definitivo, los personajes no han tenido la cortesía de explicar sus motivaciones y el mundo narrado continúa girando sin detenerse a entregar al recién llegado un reglamento de funcionamiento.
Del mismo modo, el escritor debería conservar el derecho, cada vez más discutido y quizá por eso más necesario, a no explicarlo todo.
No parece una proposición particularmente revolucionaria y, sin embargo, basta observar la impaciencia con la que hemos aprendido a enfrentarnos a cualquier cosa que se resista durante más de unos minutos a ser comprendida para sospechar que empieza a serlo. Una novela abre una puerta sin decir adónde conduce y enseguida se reclama un plano; un personaje toma una decisión cuya causa no se revela inmediatamente y alguien exige conocer sus motivaciones; aparece una institución cuyas reglas todavía se ignoran y, antes de conceder al relato el tiempo necesario para mostrarlas, suponiendo que tenga intención de hacerlo, ya se ha levantado acta de que falta contexto. El lector, nombrado por una burocracia contemporánea juez del libro, puede acabar recorriendo la novela con una carpeta imaginaria bajo el brazo, anotando las irregularidades encontradas: motivación insuficiente, universo pendiente de desarrollo, explicación no localizada, misterio fuera de plazo.
No siempre se equivoca, naturalmente. Hay libros confusos porque están mal escritos, personajes que parecen misteriosos porque tampoco su creador llegó a conocerlos y silencios que prometen una habitación secreta cuando detrás de la puerta no había más que una pared sin terminar. Conviene admitirlo, porque de lo contrario bastaría con escribir de manera incomprensible para alcanzar la profundidad, procedimiento tan cómodo que habría multiplicado el número de genios desde la invención de la imprenta.
Pero entre explicarlo todo y no saber explicar nada existe un territorio mucho más interesante, el de aquello que todavía no debe comprenderse. Una frase puede parecer insignificante y cobrar sentido cien páginas después; un personaje puede resultar mezquino hasta que una escena posterior obliga a volver mentalmente sobre sus actos, no para absolverlo, porque la literatura no está para condenar o perdonar, sino para descubrir que aquello que parecía sencillo nunca lo fue; una conversación puede contener algo que el lector todavía no está en condiciones de reconocer y una escena completa puede transformarse retrospectivamente cuando otra, mucho más adelante, arroja sobre ella una luz que siempre estuvo allí, aunque nadie hubiera encendido todavía la lámpara.
En ese intervalo ocurre algo que se perdería si el escritor se apresurara a explicarlo: el lector reconstruye, sospecha, vuelve sobre una frase que había pasado por alto y descubre, a veces muchas páginas después, que aquello que parecía un detalle era en realidad una llave. Proust comprendió como pocos que conocer a alguien no consiste en recibir de una vez el inventario de sus deseos, sus contradicciones y sus miserias, sino en ir corrigiendo, con una lentitud que puede resultar desesperante, la imagen que nos habíamos formado de él. Exigir que un personaje llegue a la novela con todas sus motivaciones perfectamente expuestas sería como pretender meter una tesis doctoral en una clase de tercero de bachillerato, no porque el alumno sea incapaz de comprenderla, sino porque se le estaría entregando de golpe aquello que necesita tiempo, experiencia y quizá algún error para adquirir sentido.
Las personas, además, tampoco funcionan así. Nadie conoce a otra persona en orden cronológico, nadie recibe primero su prólogo, después su infancia, a continuación sus motivaciones y finalmente autorización para interpretar sus actos. Se conoce a los demás a fragmentos, mediante gestos que se interpretan mal, historias que llegan tarde, contradicciones que obligan a corregir juicios anteriores y silencios cuyo significado quizá solo se comprende cuando ya no es posible preguntar por ellos.
¿Por qué habría de exigirse a la ficción una transparencia que la propia vida se niega obstinadamente a proporcionar? Tal vez porque cada vez estamos menos acostumbrados a esperar y porque, mientras la literatura continúa permitiéndose el lujo de demorarse, otra criatura de nuestro tiempo, mucho más eficiente que cualquier narrador y bastante menos paciente que Cervantes, se ha especializado precisamente en evitarnos la espera: el algoritmo.
Antes de abrir un libro ya puede saberse cuánto tardará en leerse, a qué género pertenece, qué emociones contiene, a qué otros libros se parece y qué lectores probablemente disfrutarán con él. Antes de escuchar una canción otra ha sido seleccionada; antes de elegir una película se conoce su puntuación; antes de llegar a un restaurante se han contemplado los platos fotografiados por personas que comieron allí el martes anterior. Hemos perfeccionado tanto el arte de anticipar una experiencia que, a veces, llegamos a ella con la extraña sensación de haberla vivido ya. La sorpresa, que antes aparecía sin avisar, ahora empieza a necesitar permiso.
Quizá la literatura conserve todavía una pequeña capacidad de resistencia precisamente porque puede negarse a colaborar, porque puede no decir qué debe pensarse, no indicar dónde mirar, dejar una…