Los ritos de paso
Y es en mí donde debo crear ese alguien que comprenderá.
Clarice Lispector
El uruguayo me había mandado una carta. Una carta de puño y letra, desde Salto, Uruguay. Era una letra ínfima, como una hilera de granos de arena, el electrocardiograma de una hormiga. Saqué la lupa y leí: ¿Qué filósofos te gustan? Preguntaba.
Le respondí por mail. No gastes plata en cartas, le dije. La tecnología reduce costos y tiempo, y si Rilke hubiera tenido internet estoy seguro de que hubiera escrito Correos a un joven poeta. Valoro el gesto, pero prefiero que te compres libros de segunda mano o diez bics trazo fino. Sobre los filósofos, no sé si tendrás la misma suerte que yo, pero hay un filósofo en mi barrio, una cuarta o quinta reencarnación de Diógenes. A veces me llama cuando me ve salir de casa. Reconoce los días que no salgo apurado. Tendrá unos sesenta años, se sienta sobre un tronco delante de su reja, y tiene las pestañas más lindas del mundo. Me parece un buen gesto de la naturaleza, hay que cuidar esos ojos. La gente le llama tipo raro, personaje, poca cosa. A mí lo que me sorprende es que no lo admiren. Hace unos meses me llamó y me dijo:
—¿Sabés cuál es el problema de tu generación?
—¿Cual es? —le pregunto, sabiendo que iba a escuchar una deducción tan fina como cualquier ley física.
—Que no hay confianza —me dice.
Y después cerró con una frase que a mí me hubiera gustado escribir.
—Hay que poder darle la espalda a la gente.
Tenía razón, pero no se me ocurrió preguntarle, ¿cómo?
Me dio la solución pero no el método.
La gente empieza bien, con la mochila llena de ideales, los ojos vidriosos de entusiasmo, con ganas de cambiar el mundo. Llevan el himno en las venas, conocen efemérides, San Martín y Bolívar, les enseñan que el mundo está loteado en países, reciben a Dios antes de saber quien es y se confiesan tras comer una manzana. Son ideales limpios, sin fisuras. Pero con los años se van enterando de pequeñas grietas, un uso ilegítimo del ideal por acá y por allá, igual que quien infla un presupuesto y se queda con el vuelto. Observan a la gente usar a Dios, un pase VIP al parque de sus vicios; con el escudo del progreso se dejan embargar la idiosincrasia de su barrio; regalan al mercado la potencia de sus manos. Y la gente simplemente se cansa. En algún momento la brocheta de ideales heredados, ese dique de palabras intocables colapsa frente al río de los ojos. Eso no se elige, llega o no llega.
Hay períodos en que las palabras se parecen a la gente, las buenas épocas, esas con una cantidad mínima de contratos porque la confianza alcanza. La nuestra no es una de ellas. Y los adolescentes son carne de cañón, eso no varía.
El uruguayo me cuenta, ahora por mail, en Arial 12, que su papá intentó suicidarse hace unos meses, con la soga que él usaba para jugar con los amigos. Me dice que se siente responsable.
Le digo que lo siento, que esa responsabilidad que siente es por amor, pero que no se confunda. Una vez un chico me contó que se encontró un gato callejero, flaco como un palillo. Lo llevó a su casa y le dio leche. Así por días, hasta que se lo encontró respirando con dificultad y lo llevó al veterinario. Y el veterinario le dijo que ese gato no podía tomar leche, que tenía el estómago destrozado. Murió a los dos días. Esas cosas pasan todo el tiempo, no podemos culparnos por las buenas intenciones. Y hay otra cosa. Algunas personas no se pueden salvar. No es que no exista salvación, pero depende de ellas. Esa clase de experiencias es como estar a la deriva en un mar muy picado. Encontrar algún pedazo de tierra firme depende más de la suerte que otra cosa, de aguantar. Uno no puede prestar tierra firme, aunque quisiera, porque el mar del que hablo es la soledad de las personas.
Le cuento una experiencia propia.
No sabía exactamente qué me estaba pasando, así que le pregunté a la psicóloga:
—¿Es depresión esto que tengo?
—No, Martin, lo tuyo es melancolía.
—¿Y se cura?
—No, pero se puede aprender a vivir con eso.
Melancolía. Recuerdo que pensé: Hemingway, Fitzgerald, Sylvia Plath, Pessoa, todos mis héroes literarios habían sido melancólicos. Para mí era como tener los poderes. Tenía lo necesario para ser escritor, lo demás me importaba muy poco.
Había momentos de una intensidad creativa asombrosa, pero era apenas un escape de la realidad, algo no muy distinto a drogarse en una noche helada. No hay que pensarlo mucho, si uno está congelado en el banco de una plaza y no ha comido en días, meterse polvo en la nariz y olvidarse de todo por un rato no parece un disparate. Al contrario, parece lo más inteligente que uno puede hacer en esas circunstancias.
Hay un sueño recurrente que explica bastante bien mi estado psicológico de aquellos años. Soñaba siempre lo mismo, al menos una vez por semana. Estaba en un lugar muy oscuro y frío, flotando. Era agua. Miraba para todos lados y todo era oscuro, hasta que reconocía una leve claridad hacia algún lado y empezaba a nadar a toda velocidad. La claridad crecía, y mi esperanza también. Contenía el aire como podía, mis pulmones eran dos globos atados por la boca y nadaba con todas mis fuerzas hasta que la claridad se hacía evidente y veía la superficie del agua cada vez más cercana. Veía figuras encima mío, figuras que se desplazaban haciendo círculos. Suponía que eran pájaros. Entonces daba mis últimas brazadas con la fuerza que me quedaba y chocaba contra una pared de hielo. Y ahora sí lo veía con claridad, la gente patinaba encima mío, patinaban haciendo círculos sobre el hielo, y nadie me veía, por muy fuerte que golpeara. Finalmente me rendía y me despertaba, con el corazón palpitando como un pez recién sacado del agua y tirado en la arena.
Para escribir tenés que pensar a largo plazo, de acá a dos milenios, y por lo menos tres milenios para atrás. Mientras menos lugar ocupen tus deseos terrenos (comprar un departamento en Puerto Madero, estar al tanto de la última novedad de Nueva York, asistir a la inauguración del restaurante de tu barrio), más tiempo vas a tener para escribir, y más sincera va a ser tu voz. No seas como otros, no busques ser nadie más que vos mismo. Esa búsqueda duele porque implica renunciar a un enjambre de voces, implica quedarse en la peatonal escuchando un violinista sin público, ignorando la entrada para escuchar a Shakira que tenés en la mano. La mayoría te va a mirar como se mira a un perro de tres patas, pero eso también lo vas a tener que ignorar. Vas a…