La playa

Tenía ocho o nueve años y andaba con Cuesta y Dantón, mis dos amigos del pueblo. Nos bañábamos en El Cementerio de los Barcos, la ensenada en cuyo fondo descansaban los restos oxidados de viejos yates hechos en un astillero extinto del pueblo, y de repente empezamos a nadar hacia afuera, cada vez más hacia afuera, y creo que ninguno sabía decir por qué. No era simplemente orgullo propio, no era que no quisiéramos dar el brazo a torcer, sino más bien inconsciencia, una profunda desatención al peligro. La corriente nos fue arrastrando y arrastrando y en un punto ya solo nos rodeaba el agua oscura del mar profundo, sin olas alrededor, sin cielos y sin peces, el mar como una sucesiva procesión de remolinos, con su ojo negro avizor. La sensación que me embargó no supe entenderla hasta mucho tiempo después. Puedo decirles ahora que fue como que iba a ahogarme, que fue como que me iba morir, o que fue como que iba a quedarme solo para siempre, pero eso no significa nada, nada de nada, y, en definitiva, eso no es lo que a uno le pasa en una situación así. Lo que a uno le pasa tiene que encontrarlo después, y en mi caso, debo decir ahora, quedar rodeado de aquel mar fue como haberme extraviado en un rumor sin dueño, como no saber ya, fuese cual fuese la circunstancia y el escenario, qué decir, y yo miraba a todos lados y solo escuchaba un parloteo más bien extenuante, sin sospechar siquiera de qué manera se vuelve de semejante situación y con miedo a quedar enterrado, igual que quedan enterrados los malentendidos, en medio de aquella vastedad anónima. Si parece que esto tampoco significa nada, créanme que significa bastante más que todo el tema del posible ahogamiento, la posible muerte y la posible desaparición. De aquel mal rato nos sacó Cuesta, dos años mayor que Dantón y que yo y a quien, por otra parte, la gente desde bien temprano llamaba por el apellido, lo que siempre implica más consideración y respeto. Le salieron unas aletas o una cola y trepados en él nos llevó a la orilla. Aunque se trataba de otra orilla.

Desembarcamos en una playa con muchos turistas. Sus cuerpos tendidos en la arena parecían las secuelas de una enfermedad, una alergia en la piel del paisaje, como las manchas ocres que arrasan con las postales largamente engavetadas y tapan el rostro o destiñen el traje del marido muerto. Había una música de fondo, más bien fúnebre. Yo dije que los turistas estaban dormidos, Dantón dijo que simplemente reposaban o meditaban y Cuesta dijo que estaban muertos. No sé cómo pudo concluir algo así. Ciertamente, ninguno se movía. Cuando nos acercamos un poco más, sus cuerpos dorados por el sol emitieron un fulgor mortífero, como si se hubiesen envenenado con la luz del mediodía. Nos alejamos de la escena, siempre bordeando la orilla, temerosos de adentrarnos en aquel lugar desconocido y en apariencia inhóspito. Quizá los turistas habían terminado allí del mismo modo que nosotros, sin haberlo buscado ni pedido. Había palmas y cocoteros, las olas exánimes lamían la arena, la brisa disipaba el compás de la música fúnebre, los cuerpos desaparecían en la distancia y poco a poco empezó a embargarnos la tristeza de las playas vacías y la orfandad de las cosas que el mar arroja con desinterés o desprecio. El sol permanecía a media asta detrás de los mangles tupidos y el horizonte colgaba sobre las aguas como una promesa deshecha. Después de mucha estancia, nos dimos cuenta de que nunca iba a anochecer y desde entonces detesto el crepúsculo, la manera en que avasalla a los pueblos como Suberville y a la gente que proviene de sitios así. Pareciera comprimirnos, definir nuestro carácter para siempre, no importa si llegamos a asumirlo o no. Quien haya vivido la caída a plomo de la tarde sobre las calles angostas y la línea de los techos bajos de la municipalidad, la tarde reverberando en las pocetas espejeantes de agua muerta en el lapiés, la tarde apagando el brillo de las escamas desprendidas de la ristra de mojarras, la tarde desmintiendo los augurios diarios de la inminente bienaventuranza o la inaplazable fatalidad, no puede deshacerse jamás de la opresión física y la fatiga que provocaba aquel allanamiento, como si la vida entera hubiese sido puesta en consignación. La ficha de todo esto, sin embargo, no me cayó hasta que tuve que recorrer la playa extrañísima, posterior al fin del mundo, junto a mis amigos Cuesta y Dantón.

Buscábamos dónde meternos en el camino lleno de recodos. En un momento me di cuenta de que nuestro paso no dejaba marca alguna. No quise decir nada. Seguramente mis amigos también lo notaron e igualmente lo guardaron para sí. La arena no aceptaba huellas. Su textura suave y blanca fue adquiriendo un matiz sucio y áspero, veteada de grises revueltos. Enterrada como un fósil, encontramos la base ennegrecida de una palma con las raíces de punta, y frente al mar, puesto allí a la manera de una ofrenda, dimos con el tronco reluciente de un árbol leñoso: pulido, húmedo e intacto, salvo por esa erosión secreta que produce el salitre en la madera hasta volverla un hueso calcificado. De un lado del tronco sobresalían cuatro extremidades como las puntas de una estrella mechada. Del otro, una protuberancia que recordaba la cabeza de una bestia dormida, un caimán overo o algo por el estilo. Vadeamos una lagunilla salada y seguimos, quién sabe por cuánto tiempo, rodeando la playa, rumbo a los farallones y los riscos que se dibujaban en el fondo lánguido de aquel atardecer detenido. Acampamos, si así puede decirse, bajo unas matas de uva caleta, y desde ese puesto de mando volvimos a recorrer el camino hasta el lugar de los turistas, que mantenían la misma posición y el mismo estado físico en que los encontramos la primera vez, quizá un poco más bronceados, aunque lejos aún de descomponerse o despertar. Nos alimentábamos de las uvas caletas, pero en un punto dejamos de percibir su sabor, así como el rumor de las olas escalonadas fue poco a poco convirtiéndose en silencio. Teníamos las manos rugosas, los labios cuarteados y seco el interior de la boca. Ninguna señal alrededor indicaba el transcurso del tiempo. Nuestros pelos, no obstante, crecían. A todas estas, cabe señalar que no éramos más que unos niños y que hacíamos lo que podíamos. Anduvimos aquel paraje, temerosos, durante otros muchos ratos, bajo la misma idéntica luz y la misma melancolía, hasta que Dantón sugirió que nos alejáramos de la playa. Quizá encontrábamos la salida lejos de allí. Esperábamos que por alguna parte se abriera un boquete. Que a Cuesta le volviese a salir cola o aletas no era evidentemente una opción, pues la cola o las aletas solo le habían salido porque nos encontrábamos lejos de tierra firme, ya en alta mar, y no había, desde luego, razón para que el mundo nos castigara tan temprano. Pero ahora no nos iba a pasar mucho, y eso era lo peor, que, escapando de una desgracia, hubiésemos escapado de todo lo demás.

Le hicimos caso a Dantón y regresamos a la lagunilla salada. Con el agua por arriba de la cintura, nos escurrimos entre ramas y arbustos y gajos blanquecinos. La tintura del mangle rojo convertía el serpenteo de aquellos pasadizos en riadas de sangre, como si más adentro, en el corazón del sitio, hubiese un cuerpo en sacrificio abierto en canal, la fuente eterna de aquella coloración fascinante y siniestra. Nuestros pies se hundían en el fango y no había cosa que no pareciese sostenida en el aire, de ahí que no intentáramos agarrarnos de nada. El tiempo no se manifestaba, pero la materia arcillosa nos embarraba cada vez más, lo que indicaba que continuábamos avanzando a través de esas rutas intrincadas y, de algún modo, incorpóreas o etéreas. Nos lamentamos un poco, quizá por pura malcriadez. Solo luego yo entendería que la infancia termina cuando uno empieza a ensuciarse y se deja de embarrar, cuando aquello que te cae encima te molesta, te da asco y tiene que ser removido de inmediato, porque embarrarse implicaba placer y lo que te embarraba podía convivir contigo muchas horas, hasta que se borraba por su cuenta. No había prisa por limpiarse. El jugo de los mangos filipinos nos chorreaba el mentón cuando mordíamos la masa y chupábamos la semilla. Las manos embadurnadas se quedaban así, y las pelusas de la fruta, por más que intentáramos sacarlas, seguían atascadas entre los dientes hasta que nos olvidábamos del tema. Vivíamos en una realidad pegajosa, pero nada quedaría tan asociado a aquel efecto como cierto tono específico entre el rojo y el naranja, un matiz jíbaro y ardiente, justo el color del manglar que transitábamos entonces y el color también de los terrenos de pelota en el reparto Piedra Fina; unos descampados fértiles ubicados a las afueras de Suberville, en sentido contrario al mar. La tierra negra, más serena, a veces dormía, y a veces se volvía grumo o terrón o se agrietaba, pero la tierra colorada, despierta a toda hora, no se iba de los lugares que invadía. Dispuesta siempre a vengar algún viejo agravio, bastaba con pisar para ofenderla. Era un suelo soberbio, hecho para que nadie anduviese por él. No lo aplacaba la lluvia y la más mínima y ordinaria de las brisas lo alborotaba y lo hacía levantarse como en volandas, como si se tratase de un niño desquiciado que al mínimo estímulo no pudiera dejar de gritar. El polvo bermejo entraba en la piel y la manchaba, y según algunos vecinos esto ayudaba a explicar por qué en Suberville, asentado entre el azote del mar y los sembradíos picantes e indómitos, la gente blanca había, con las décadas y las décadas, desaparecido y desaparecido.

Lo que encontramos después del mangle fue el espejismo rosa de un salitral, con unos ganchos picudos en medio del charco. Los flamencos no se inmutaron con nuestra presencia, aun cuando nos acercamos lo suficiente para saber que nada satisfactorio podíamos esperar de semejante tranquilidad. Los arañazos de las piernas, puesto que siempre, por una razón u otra, teníamos las piernas arañadas, sanaron al momento, e incluso algunas cicatrices se borraron de golpe. Las aguas hoscas de los salitrales contaban con esa propiedad curativa. Parpadeantes, hacia el poniente, vimos lo que parecían montículos de basura, lomas y lomas de deshechos fantasmáticos que surgían o se ocultaban de acuerdo al ángulo de la luz. Lo tomamos como un efecto secundario del cansancio y la larga espera y decidimos no hacerle mayor caso. Entonces Cuesta dijo que regresáramos inmediatamente. Dantón y yo no entendimos mucho. Por primera vez, quién sabe en cuánto rato, pasaba algo con nosotros, y lo íbamos a abandonar a las primeras de cambio. En cualquier caso, atravesamos el manglar de vuelta, descifrando con hartazgo las transformaciones de aquellos pasadizos siempre cambiantes, y nos apostamos de nuevo bajo las matas de uva caleta. Yo dije que había que seguir buscando y Cuesta me respondió que no nos moviéramos más. Íbamos a buscar, por supuesto, solo que hasta ahora lo habíamos hecho todo al revés, porque aquello que buscábamos no teníamos necesariamente que descubrirlo, no había que caerle atrás a nada, ni averiguar enigma ni hallar salida alguna. Las cosas también se buscaban estando quietos, ya que tal vez éramos…

Carlos M. Álvarez

Carlos Manuel Álvarez, narrador cubano. Ha publicado las novelas Los caídos y Falsa guerra y las crónicas La tribu y Los intrusos.

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