Recuerdo de Ada

Cuando vivíamos en M. mi madre tenía una amiga mayor que ella, de nombre Ada, esposa de un militar de alto rango, creo que coronel. Ella y mi madre no se veían a menudo, pero el vínculo que las unía nunca se perdió. Ignoro cómo y cuándo surgió esa amistad. ¿De dónde había salido esa mujer triste y elegante, sin duda hermosa, que mis ojos infantiles veían como una anciana? ¿Por qué se había hecho amiga de mi madre? Ada invitó una mañana a mi madre a un desfile militar y de ese día me ha quedado la imagen del momento en que el coronel llamó a un joven subalterno para presentárselo a su esposa. Yo tenía cuatro años, tal vez cinco. Recuerdo vivamente el empaque militar del joven, que se cuadró frente a la señora Ada y se inclinó a besarle la mano; recuerdo la sonrisa de ella al extenderla con un gesto lleno de una elegancia nada afectada, mientras el coronel miraba complacido ese acto de deferencia de su subordinado. Mi madre está borrada de la escena; solo sé que está al lado de Ada, y yo, por supuesto, estoy al lado de ella, tomado de su mano. No recuerdo si el joven militar besó también la mano de mi madre, aunque es probable que lo hiciera. Tal vez fue la expresión de Ada, la sonrisa discreta pero afectuosa con que acompañó su gesto de ofrecimiento, lo que hizo que se me grabara ese recuerdo, o tal vez su persistencia en mi memoria se debe a que era la primera vez que yo veía un besamanos, un gesto al que Ada debía estar acostumbrada debido al rango de su esposo. Había en esa sonrisa una viva curiosidad por conocer al joven subalterno que su marido tuvo a bien presentarle, seguramente porque se trataba de alguien a quien el coronel estimaba, un joven que estaba ascendiendo en su carrera militar, dueño a todas luces de una energía desbordante que se manifestó en la manera de cuadrarse frente a la esposa de su superior con una sonrisa cuya amplitud armonizaba perfectamente con la sonrisa de la amiga de mi madre. ¡Qué no daría para tener una foto actual de ese hombre y saber si ascendió exitosamente, con el brío que transmitía esa mañana, o se convirtió en un militar sin mayor relevancia! Si mi madre viviera, le preguntaría sobre el desfile y sobre Ada; qué edad tenía su amiga, cómo y dónde la había conocido, si era una mujer guapa y distinguida como aparece en mi recuerdo y si recordaba al joven subalterno que le besó la mano, y si también se la besó a ella. Como he dicho, mi madre no aparece en mi recuerdo de ese episodio. Está fuera de cuadro, pero está junto a mí, eso lo sé con toda seguridad, puedo sentir con la imaginación el calor de su mano que toma la mía. Por más que todas las veces que evoco ese momento he intentado hacer que ella aparezca, no lo consigo. Tal vez, si cuando estaba viva, le hubiera preguntado sobre esa mañana, ella me habría proporcionado algún detalle que me permitiría ahora incorporarla a la escena, por ejemplo, cómo venía vestida, y quién sabe si una vez que el cuadro se hubiera enriquecido con su figura, no habrían aflorado otras cosas de esa mañana, ensanchando de golpe todo el episodio, en uno de esos raros triunfos de la memoria que producen un estremecimiento de asombro. Pero mi madre ha muerto; también Ada ha muerto, su marido el coronel ha muerto y es probable que también el joven militar haya muerto. Me he quedado solo con ese recuerdo y a veces hasta dudo de su veracidad, porque cuando muere una persona cercana, muere la posibilidad de comprender algunos hechos de nuestra vida que esa persona, que los vivió junto a nosotros, pudo ayudarnos a entender; puede tratarse de hechos secundarios que sin embargo por alguna razón han adquirido en nuestra memoria un significado especial, sobre todo después de que la muerte de esa persona impide arrojar sobre ellos una luz y una mirada distintas de la nuestra, que no solo nos aseguraría su mejor entendimiento, sino la certeza de que ocurrieron de verdad. Es posible también que mi madre no recordara nada de esa mañana. Seguramente recordaba a su amiga Ada y a su marido el coronel, pero tal vez había borrado el recuerdo del desfile. Acuérdate, le diría yo, buscando su ayuda, y le describiría al gallardo joven uniformado que se cuadró frente a Ada para besarle la mano, esa mano que su amiga extendió con un ademán perfecto e inolvidable que, me gusta creer, compendiaba el alma de ese universo, el castrense, que no conozco en absoluto, pero que ese gesto suyo hacía milagrosamente comprensible. Acuérdate, le diría, y es probable que algo recordara mi madre, porque siempre tuvo el gusto del oropel y es difícil que el fasto de ese día se hubiera borrado de su mente. Acuérdate, y ahora mismo, imaginando que se lo digo, me asalta la imagen de la tribuna de honor en donde nos encontramos esa mañana, el gran toldo que nos cubre y las gradas que se van llenando de personas, y bajo esta nueva imagen se enseñorea de mí la sensación de desgracia y aflicción que ha acompañado siempre mi recuerdo de Ada y aflora en mi memoria una visita a su casa, no sé si anterior o posterior al desfile, en la que el coronel está ausente y Ada nos abre la puerta llorando. Entre paréntesis, esta expresión, «si mal no recuerdo», es un lugar común del idioma, porque en rigor todo lo recordamos mal. No existe el recuerdo perfecto, la imagen que perdura impoluta a lo largo del tiempo. Siempre me…

Fabio Morábito

Fabio Morábito (Alejandría, Egipto, 1955). De padres italianos, a los tres años su familia regresó a Italia y a los quince años se trasladó a México. A pesar de ser su lengua materna el italiano, ha escrito toda su obra en español. Varios de sus libros han sido traducidos al alemán, al inglés, al francés, al portugués, al italiano y al chino. Ha escrito poesía, cuentos, novelas y ensayos, recibiendo varios premios, entre ellos los premios de poesía Aguascalientes y el Carlos Pellicer, los de narrativa Antonin Artaud y el Mazatlán de Literatura, los premios Xavier Villaurrutia por su novela El lector a domicilio y el Roger Caillois, otorgado por el Pen francés y la Maison de l'Amérique latine, por el conjunto de su obra, así como en dos ocasiones la distinción White Raven de literatura infantil que otorga la Jügendbibliothek de Munich, Alemania. Tradujo la poesía completa de Eugenio Montale y el Aminta de Torquato Tasso, entre otros poetas italianos. Es investigador del Centro de Poética del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM.

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