La libreta verde: notas sobre la vida de las plantas
I
La tierra acoge, el mundo expulsa.
Caminos de intemperie, Ramón Andrés.
Vengo aquí un par de veces al año: antes de que termine la primavera, cuando las plantas olvidan por completo el invierno, y al final del verano, en el momento en que los álamos comienzan a perder sus hojas y el aire se vuelve más frío. Traigo lo necesario para pasar unos días: algo de comida, algunos libros, mi libreta de notas y la computadora. La cabaña es de madera y está construida sobre unos postes, a dos metros del suelo. En este lugar, el agua lo es todo. Cientos de ríos y arroyos se extienden sobre la tierra. Si pudiéramos alcanzar la altura de alguno de los pájaros que cruzan el cielo, veríamos una miríada de pequeñas islas, que la gente de la zona llama simplemente «la isla». Es un territorio cambiante, una tierra que ha adquirido las modulaciones de los cursos de agua que la rodean. Esa inestabilidad rige la vida en el Delta. Cuando baja la marea, algunos canales se tornan intransitables; cuando sube, el agua ingresa a las islas. Los que viven aquí conocen bien estos movimientos. Tienen una tabla de mareas que anticipa con precisión el ascenso y el descenso del agua. Saber encontrar estabilidad en un sitio tan inestable es parte de lo que enseña la vida en la isla.
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El aprovisionamiento y el cuidado de cada cosa son fundamentales: no se desperdicia un clavo, un trocito de alambre, una gota de combustible, una fruta, un gramo de harina, porque nunca se sabe si el agua nos dejará llegar al continente cuando necesitemos algo. Estar aislado es eso: saber que hay límites que se trazan sobre el mapa de nuestros deseos.
En la isla, el tiempo es el río. Se puede estar aislado unas horas, unos días, unas semanas. Creo que ahí está la medida de nuestras experiencias. Para que algo suceda, para experimentar algo, es precisa una demora, un transcurrir de las cosas en el mundo y de nosotros mismos en el mundo. Una hoja que arrastra la corriente ya es un acontecimiento inusitado, un pequeño dios a la deriva.
Todas las formas de vida tienen un único sustento en las plantas. Parece evidente, pero suelo olvidarlo. La isla es un recordatorio de que el ritmo de la vida se rige por el pulso apenas perceptible de un brote que busca la altura, de una hoja que se desprende de un árbol y cae en la tierra. Hace unos días apunté algo breve sobre esto: «Hay algo indomesticable en las plantas, un principio vital que se remonta a los orígenes de la vida, un saber vivir que olvidamos o que nunca llegamos a comprender del todo. Me refiero a un ritmo y a un vínculo con el entorno».
II
Y si fuera yo quien se cayera en un bosque, ¿me oiría algún árbol?
Una temporada en Tinker Creek, Annie Dillard.
Errancia
Los más insignificantes malestares de mi vida y los peores desarreglos pueden ser entendidos como un desajuste con ese ritmo primordial. No puedo dejar de preguntarme si el modo en el que me vinculo con lo que me rodea se acerca siquiera al grado de maravillosa fluidez, de recíproca vitalidad, de mutua correspondencia que las plantas establecen con todas las formas de vida que habitan nuestro planeta.
Como toda exploración, este ensayo supone un tránsito en estado de extravío, un abandono de los caminos habituales, que fueron hechos «para los caballos y los hombres de negocios», decía Thoreau. Un caminar sin camino, un «deambular» (sauntering); pero también aquello que Alicia Genovese entiende por «errancia»: una capacidad que supone apartarse de lo conocido sin temor a extraviarse, un paso hacia lo incierto para dejar atrás la lisura de un mundo que se reitera a sí mismo de manera indefinida. Algo que es «inherente a la tarea de escribir, un viaje sin rumbo fijo guiado por el impulso, el deseo de la palabra y la capacidad de búsqueda».
Primera nota: Asterión y el laberinto de la cultura
—¿Lo creerás, Ariadna? —dijo Teseo—. El minotauro apenas se defendió.
«La casa de Asterión», Jorge Luis Borges.
La cultura occidental ha construido su cabaña a una prudente distancia de la naturaleza. Los senderos, los surcos, los límites marcan la tierra y la mentalidad. Desde tiempos remotos, la naturaleza ha sido una alteridad radical para los seres humanos. En la mitología griega, las figuras que conjugan lo animal y lo humano representan una monstruosidad. Probablemente el caso más célebre es el del minotauro, condenado a perderse en el laberinto de Creta. Pero también hay criaturas que tienen atributos virtuosos, como el centauro Quirón. En muchos casos, estos seres suelen estar dotados de un profundo conocimiento de la naturaleza que les confiere cierta sabiduría y un halo de misterio. Lo que me parece significativo de estas criaturas, al menos para el propósito de estas notas, es que aparecen en relatos mitológicos que expresan una verdad simbólica acerca del vínculo del ser humano con la naturaleza, pero no como algo exterior a nosotros mismos, sino como parte de lo que constituye nuestra condición humana. En lo monstruoso, lo humano y lo no humano se confunden. Aquello que nos resulta más próximo, más íntimo, más familiar, se nos presenta bajo la forma de una exterioridad que hemos expulsado de nosotros mismos, y queda revestido de lo que Sigmund Freud entendía como ominoso (unheimlich). Quizá por este motivo lo natural haya sido durante tanto tiempo una alteridad inasimilable, un bosque de sombras en las fronteras de nuestra conciencia.
Segunda nota: Like
La dicotomía entre naturaleza y cultura tiene una larga tradición en occidente, pero es poco después de la Segunda Guerra que alcanza uno de sus hitos más notables: Las estructuras elementales de parentesco (1949) del antropólogo francés Claude Lévi-Strauss. A pesar de los esquematismos a los que ha sido sometida su teoría y de las críticas al estructuralismo —en muchos casos, justificables—, hay allí un intento de integrar lo que parecía irreconciliable. En 1972, Claude Lévi-Strauss menciona durante una entrevista que en los períodos más creativos de la humanidad existe un equilibrio entre lo que él llama la comunicación y la no-comunicación. Se refería a un mundo en el que las cartas podían tardar varias semanas en llegar, una vida en la que no había una premura por comunicarlo todo al instante. Hay algo paradójico en la vertiginosa aceleración de las comunicaciones que se da a partir del siglo XX: mientras genera la ilusión de acortar las distancias, provoca un distanciamiento infranqueable. Esta aceleración, llevada al extremo que ha alcanzado en nuestros días, opera el pasaje de la comunicación a la conexión: ya no nos comunicamos, nos conectamos; los vínculos devienen contactos.
Quizá, más que un estado de equilibrio, lo que encontramos en las épocas más fructíferas sea una tensión entre la comunicación y la no-comunicación; momentos en los que la vacilación restablece el valor de la pregunta sobre la necesidad apremiante de la respuesta. El pensamiento es un curso de agua que se mueve entre las orillas de lo incierto y lo dudoso; está más cerca de la zozobra que de un reposado equilibrio.
¿Hace falta decir que vivimos en una época saturada de certidumbres? El mundo se presenta bajo un anuncio publicitario en el que se ofrece una respuesta para todo en un clic. El lapso entre la interrogación y la respuesta tiende a cero. La clepsidra al fin se ha roto y las experiencias con nuestro entorno se transformaron en una serie de interacciones. Si para Kierkegaard la desesperación procede de lo que hemos vivido y del porvenir, en nuestra época la desesperación proviene de un presente continuo en el que pasado y futuro son indistinguibles. La ansiedad domina el ánimo social no porque se tolera mal la espera, sino porque no hay nada que esperar. Lo único que puede suceder está situado aquí y ahora. Las formas en las que nos comunicamos a través del celular son especialmente sensibles a esto, porque proyectamos en las pantallas una manera de relacionarnos con el tiempo. Las comunicaciones suelen desarrollarse dentro de un continuum en el que las cláusulas de apertura y cierre de una conversación ya no tienen sentido. Alguien nos escribe un mensaje el jueves a la tarde: «¿Vamos al cine?». La respuesta tarda un día: «Dale». Entre ambos mensajes, el tiempo no ha transcurrido. No se trata de una elisión generada por el uso del lenguaje, sencillamente se expresa lingüísticamente la falta de…