De chirico y otras soledades italianas

Como muchos en la adolescencia, yo también tenía un cartel pegado en la pared de mi cuarto. El título de la pieza en el cartel era Lo sgombero, una litografía de Giorgio de Chirico de los años 70. Lo tomé de la calle, porque en ese año, el 2007, hubo una exposición llamada El pasado perpetuo en el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca y ahí se presentaron diversos grabados del artista italiano. Era algo insólito que hubiese tantas obras suyas por aquí.  (Alguien ha dicho que esta es una ciudad metafísica, sobre todo los domingos, cuando no hay nadie en las calles y solo trajinan los carritos anaranjados que recogen la basura).  Supongo que podría decir que fue un acontecimiento —del mismo modo en que he visto algunas piezas de Francis Bacon, de Francisco de Goya, de Rembrandt,  y  alguna de Joseph Beauys, en diversos museos de esta ciudad.  Debo decir que vivo en una provincia, en un estado llamado Oaxaca, al sur de México y, aunque esta ciudad es un epicentro del arte en América Latina, es verdad que las exposiciones de los grandes maestros son escasas. 

Con el paso de los años, y por mudarlo una y otra vez de lugar, el cartel con la obra de De Chirico se acabó rompiendo. Era como una especie de fetiche en esa época de búsqueda y vagabundeo sin fin (yo tenía 16 años).  A veces uno toma fuerza de ciertas ideas, de ciertos objetos, como si fuesen amuletos, elementos cargados de una energía secreta. Me pasó durante mucho tiempo, porque sentía algo de sosiego al mirarlo, cuando volvía a casa de la escuela. Miraba por la ventana y solo veía un edificio de ladrillos rojos, gigantesco. Me imaginaba que esta imagen algo tenía que ver conmigo, porque el lugar donde vivía estaba lleno de páramos y construcciones abandonadas, muebles olvidados y calles largas y vacías. Me agrada todavía la sensación de imaginar el cartel con la obra del creador italiano en esa vieja casa. 

Esta litografía es una de las imágenes más fáciles de recordar de Giorgio de Chirico, un artista de por sí, creo, fácil de ubicar. Tal vez esto se debe a que nunca dejó de pintar el mismo cuadro, como si fuese una especie de maldición que lo persiguió siempre. Quizá toda su obra esté fundida en nuestra memoria y no necesitemos recordar más de una o dos pinturas para tenerlo presente, a diferencia de otros maestros de la pintura moderna. 

‍ ‍Lo sgombero muestra la aproximación de dos edificios blancos, cuya adyacencia hace que se forme una calle falsa —digo una calle falsa porque el suelo es amarillo, lo que nos indica que, si acaso se trata de los restos de una ciudad, esta estaría en el desierto o se la habría tragado la arena o estaría a un lado del mar. Hay un contenedor abierto, como el que se usa en los barcos con diversas mercancías. Seguramente son objetos olvidados, como gustaba Chirico de colocar elementos de la vida cotidiana en sus cuadros. Y esos objetos están perdidos entre los cajones de recuerdos del siglo XX.  El contenedor está abierto y sólo hay tres paquetes embalados de forma extraña, como si hubiesen «embutido» el contenido. No me atrevo a decir que sean maletas, porque parecen bolsas cerradas con cordeles. Pero habría que pensar asimismo en que las maletas de los viajeros pueden estar hechas de tela, cartón o quién sabe qué materiales sencillos.  

Cerca del espectador una niña corre con un aro. Más allá, en una hipotética plaza, se proyectan en el suelo un par de sombras, como si hubieran dos obeliscos (cosa que sería extrañísima, porque, ¿quién pone dos obeliscos juntos?)  Son gnomones, objetos que miden el tiempo, que dividen el territorio, que se colocan para fundar (o distinguir) una ciudad (de otra), entonces, ¿para qué dos casi en el mismo lugar? Quizá eso pruebe que lo que está pintando Chirico es un sueño: una ciudad dentro de una ciudad, un no-lugar, un espacio onírico… Estos objetos podrían ser estatuas, pero resulta difícil saberlo. Son como guiños o signos nada azarosos, puestos ahí por algún motivo secreto.  

Por otro lado, y algo que es muy propio del arte del grabado, existen otras obras  muy similares, hechas de la misma matriz, porque es posible cambiar algunos detalles y por eso aparecen dos o tres escenas demasiado parecidas, casi copiadas unas de otras. Diversos críticos de arte, Robert Hughes entre ellos, sostienen que De Chirico se dedicaba, ya en la vejez, a autoplagiarse. A imitar el estilo que le había granjeado fama internacional y el acogimiento de los surrealistas cuando era muy joven. Creo que el hecho de que haya hecho 99 copias del mismo grabado indica cierta decadencia: no veo, no me agrada que un grabado tenga tirajes tan extensos; me parece hasta cierto punto de mal gusto tirar tantas copias. Pero no debemos juzgar a los muertos. Menos a un muerto genial. En el acto de hacer 99 y no 100 grabados creo que hay una necesidad de reivindicarse, eludir los números redondos. Y la idea del autoplagio, debo confesarlo, me parece demasiado simplista. Si él quiso volver a pintar como cuando joven, pintar lo que ya había hecho, ¿eso tiene alguna importancia, suscita algún problema estético?  Me parece que no.  Creo que este es un juicio de alguien que no pinta, de alguien que nunca ha tomado un pincel. 

Se suele decir que la cama de De Chirico debía mediar por lo menos dos metros de alto, pues a lo largo de su vida fue encontrando cuadros que había dejado por allí y que casualmente iban siendo recobrados. También esta metáfora me parece un tanto falsa. Porque todos sabemos que De Chirico iba sacando sus cuadros de un desván, que suena más razonable. Ese desván es, por supuesto, la mente humana.  Por cierto que el título de la obra Lo sgombero significa algo así como «La mudanza»; aunque se ha traducido como «el desalojo» «la evacuación». Y creo que muchas cosas en el arte de Giorgio de Chirico implican una mudanza, un cambio de posición, no tanto del lugar físico, sino de la posibilidad de realizar cambios en el escenario de nuestra memoria. Como si el pasado pudiera irse cambiando a nuestro propio gusto. El arte sería el territorio desde donde nosotros podemos ir modificando algunas cosas del pasado. 

En los cuadros de de Chirico casi no hay nadie. El mundo comienza a despoblarse. A quedarse aislado. Los objetos, sobrantes de la era del consumo y de la producción en masa, adquieren un sensible valor estético, acaso porque nunca cumplieron con la función para las que fueron creados y aparecen dentro del paisaje enrarecido del pintor. Los guantes, los botones, las cajas, las ruecas, los grifos de agua, lucen como anticuados, pero no están envejecidos por el desgaste. La geografía que imagina De Chirico se inunda con la marea del inconsciente, dejando por doquier restos del pasado y del presente en un mismo plano. Hacer coincidir los sofás y las fábricas y silos con los bustos y las columnas romanas nos otorga una sensación inquietante. Uno asume con cierta extrañeza todo ese teatro, ese idilio de elementos en apariencia inconexos, pero cuya relación nos parece de una belleza refinada. ¿Qué puede traer, de quién sabe dónde, objetos tan extraños y es capaz de dejarlos en una habitación, sobre una tumba, sobre una mesa? Sólo el agua, el más misterioso de los elementos, esa materia milenaria, fósil y dúctil, que nos acoge y nos nutre. El agua de cierta marea trae de un océano vastísimo y pone ante nuestros pies las conchas y los caracoles metafóricos. 

En el mundo de e Chirico conviven también los autómatas, y están hechos de los mismos elementos creados por el hombre. No son robots, esto sería algo que el pintor italiano nunca habría aceptado; son seres teatrales, si acaso  análogos; se mueven con cuerdas, poleas, engranes internos, como las marionetas y los juguetes. Aunque vamos notando la pérdida de rasgos humanos, el alisamiento de las formas hacia sus componentes más geométricos, la pintura de Giorgio de Chirico no es un lugar poblado por fantasmas. Está pleno de significado, porque explicita muy bien una sensación fundamental: la de la melancolía. La de sentirse ajeno a este mundo: tal como una marioneta abandonada. El aire que corre en su obra está lejos de la decadencia. O quizá sus símbolos «decadentes» están trabajados de modo tal que las ruinas o la nostalgia se denotan como algo ligero. Es una sensación de  tristeza, pero de tristeza estética. No el de una tristeza que hunde al individuo. Es más bien una melancolía sutil, porque hay algo de lontanza, de lejanía que sentimos avistada por nosotros mismos, como si fuera un recuerdo prestado. Es posible que el espectador de los cuadros de De Chirico se llegue a sentir parte de sus pinturas. Cada una de ellas busca un horizonte, un horizonte cercano, porque la soledad de De Chirico es una soledad demasiado humana, demasiado natural. Es decir que, a veces, en cierta época de nuestra vida, podemos pensar que podemos habitar uno de sus cuadros, como me ocurrió a mí con Lo Scombergo. 

Todo esto me recuerda al arquitecto italiano Aldo Rossi, que creó muchos diseños y dibujos como si estuviese creando un mundo paralelo al de Giorgio de Chirico, como si competiese con él en la búsqueda de la soledad y el equilibrio geométrico. Hay mucho de metafísica en sus planos, mucho de un arte traido del otro lado: como si trasladara un mundo de juguete al mundo nuestro. Los colores, tan vívidos, contrastan de inmediato con todo lo que existe alrededor, dando un tono de fantasía a todo lo que ideó: como si se hubiese decidido a construir casas que provenían de la imaginación de un niño.  Lo que más sorprende de este arquitecto nacido en Milán en 1931 es que estos planos y dibujos que parecen juguetes hayan sido construidos realmente y no, como hubiera pensado cualquier distraído, que esas ilustraciones hayan quedado en sus cuadernos de apuntes. Pienso, por ejemplo, en el Cementerio de San Cataldo (1978), cuyo aspecto exterior es el de un cubo de concreto con ventanas, bastante alto si pensamos que está hecho para alimentarse de tumbas. Es como una ciudad para los muertos, una ciudad poética, creativa, aunque no deja de ser lúgubre.  Cuando uno mira hacia las ventanas, si es que puede llamársele ventanas a cada uno de los cuadros de la edificación, piensa en cierto dramatismo propio del mundo de los muertos. Es ya, por supuesto, un mundo cerrado, una especie de cárcel para aquellos que han partido de la vida.


Guillermo Santos

Guillermo Santos (Oaxaca, México, 1989). Es editor y ensayista. Ha escrito para decenas exposiciones, carpetas de arte y catálogos de artistas como Francisco Toledo, Asger Jorn, Francesco Clemente, Antoine D’Agata y Jonathan Barbieri. Fue seleccionado para participar en el Invitation Program en Frankfurt, Alemania en el 2018. Ha colaborado en medios nacionales La Jornada, Milenio, El Cultural. Su primer libro, publicado en 2021, es El siglo solitario. Ensayos sobre la obra de Thomas Bernhard, Imre Kertész, W. G. Sebald, Simone Weil y Ernst Jünger.

https://www.instagram.com/guillermo_santos77
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