Esbozo mínimo de las piedras

Año 2000, un sábado cualquiera de agosto a las cinco de la tarde, o cinco y media, llovía y jugaba Peñarol contra Liverpool, el cielo estaba en una cañería de plomo rota, el partido terminó 3 a 1 a favor de Peñarol, plúmbeo, al fondo del hospital a una mujer comenzaban a abrirle el vientre y a eso se le llamó cesárea, era mi madre, y lo que surgía de su incisión era yo; el lugar: Las Piedras, Canelones.

Casi como si el nombre del lugar que da origen a una persona prefigurara en su pronunciación la cifra de sus horas y deshoras, amores y desdichas, cartografía de pasos perdidos entre calles anudadas como una soga al cuello, las piedras conspiraron contra mi carne, haciendo de ella silencio e inmovilidad, dándole su bautismo de ensoñación bajo la tutela de esas formas irrepetibles que me exigían andar por la calle con los ojos clavados en el piso, último clavo en el ataúd del mundo, para no perderme la posibilidad de una piedra de guardármela. En la niñez, las piedras se adherían a mi piel, me descontaban de mis creencias. Vetas de cuarzo descubrían un corazón universal, mármoles estrictamente indescriptibles cabalgaban noches oscuras donde las plazas aquellas, líneas paralelas cruzaban en mis manos alcanzándolas en el bolsillo los barrotes con que una historia de sedimentos apresaba lo perentorio de esa mano que apresaba, ojos surgidos en entrañas de ágata, nubes divisadas al borde de una mujer que se acuesta. En definitiva, en cada piedra que añadía a la colección se medían las dimensiones del sarcófago destinado al descanso de la infancia que no vuelve, único lugar, único momento en que la mirada funciona de verdad. 

Recuerdo por Roger Caillois «Hablo de las piedras: álgebra, vértigo y orden; de las piedras, himnos y tresbolillo; de las piedras, dardos y corolas, linde del ensueño, fermento e imagen; de la piedra de una porción de cabello opaco y rígido como el mechón de un ahogado, pero que no gotea en sien alguna, en el lugar donde la savia se hace más visible y más vulnerable en un canal azul; de las piedras de papel desarrugado, incombustible y espolvoreado de centellas inciertas; o el recipiente más estanco donde baila y recupera su nivel, tras las solas paredes absolutas, un líquido anterior al agua y que, para preservarlo, ha sido necesario un cúmulo de milagros».


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Dulcísima madre destituta, aun cuando no hubiese nacido en Las Piedras, habría nacido de todas formas en las piedras. Vieja estirpe de sangre sedimental. En la Olímpica novena, Píndaro canta los designios de este abultado linaje «[...] Ofrece tu lengua / a la ciudad de Protogenía, donde por designio de Zeus / Pirra y Deucalión bajaron del Parnaso / a establecer su primera morada y, sin connubio, / fundaron la pétrea raza de un mismo pueblo: / y sus hombres de piedra recibieron el nombre».

El poeta hace referencia al mito fundacional de la última creación del ser humano, nuestra creación definitiva, esto es. Relatado por Ovidio en el libro I de las Metamorfosis, retomemos la variante más extendida, la suya. Un castigo divino: Zeus, ofendido por la soberbia de Licaón y de los demás hombres, hizo sucumbir al mundo bajo las aguas de un diluvio; echó mano a la ayuda fraterna de Poseidón, quien hizo batir la tierra, desacatarse los mares y excursar ríos y arroyos. Los únicos sobrevivientes: Deucalión y Pirra, primos, hijos de los hijos de Japeto. Deucalión cobró vida a partir del barro por voluntad de su padre, Prometeo, quien lo modeló e insufló con un alma. Pirra se descubrió a la vida producto de la unión de Epimeteo y Pandora, la primera primera mujer. Los dos primos navegan por las aguas que han sepultado pueblos y gentes aquí y allá. Por un ablandamiento de los númenes, las aguas comienzan poco a poco a retraerse, y los últimos navegantes, ya ancianos, de una humanidad naufragada, hacen puerto en las alturas del Parnaso, hasta donde llegaba el agua. Allí finalmente recobran la tierra, y se envuelven en súplicas. ¿Qué hacer con la tremenda responsabilidad de ser los dos seres humanos que restan con vida en el planeta? Temis, oraculando, ante súplicas y ruegos desesperados, revela: «Alejaos del templo, cubríos la cabeza, desatad el cinturón de vuestros vestidos y arrojad a vuestra espalda los huesos de la Gran Madre». Los huesos de la Gran Madre, la tierra, eran las piedras esparcidas a su alrededor por el suelo. Las arrojadas por Deucalión se convertirían en hombres, Pirra multiplicaría el número de mujeres. 

Las piedras, nos aclara el poeta, se hicieron carne en las partes humedecidas por la tierra, hueso en la dura sequedad heredando la ósea estructura de la madre, vetas y venas se mantuvieron vetas y venas, apenas un poco más vitales, ahora conteniendo los cauces de la sangre perecedera en su interior.

Y sus hombres de piedra recibieron el nombre. No es una mera curiosidad. En griego, la palabra piedra puede adoptar varias formas para nombrar distintos tipos de piedra. Igual que en castellano decimos roca, pedregullo, canto rodado, guijarro, tosca, cascote; el griego tiene petra [πέτρα], y lithos [λίθος], y quién sabe cuántos vocablos más. Entre ellos, laas [λᾶας], que la tradición ha marcado como la palabra que designa a lo que Deucalión y Pirra lanzaron hacia atrás. El resultado, la reformulación de los elementos mineralógicos de la piedra, hombres y mujeres que repoblarían el globo como parte de la última generación de seres creados, generación a la que nosotros también pertenecemos. Pueblos, gentes, que en griego se dicen laós [λαός], de ahí que Píndaro emplee ese particular reconocimiento: de las piedras [laas] nació el pueblo [laós], y sus hombres de piedra recibieron el nombre.


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Mi vida es aquella piedra que pateé, una tarde hace muchos años, a lo largo de diez cuadras hasta perderla por el sobresalto de casi ser atropellado por un auto. Mi vida son las piedras que pateo por la calle hace veintipico años sin saber bien hacia dónde, o por qué.

Años, muchos años, tantos que la cuenta se pierde. La sucesión de números descarta los sueños de una tarde cualquiera, de esta misma en que escribo tales cosas. «Cálculo», proveniente del latín, es una piedrita usada para contar, esto es, para calcular. Álgebra, vértigo y orden. Contra las piedras del linaje de Deucalión y Pirra, estas piedras no añaden, sino que quitan partes al cuerpo humano. Entre cálculos se consumen los órganos: hígado, riñones, vesícula. Entre cálculos se estima la usura de la vida, que reclama mucho más que lo que da: la muerte.

Scrupulus es un diminutivo, scrupus es la piedra. El escrúpulo es aquella piedrita que se patea sin más por la calle, lo insignificante que va y viene por los caminos, saltando desde las ruedas de los autos que las pellizcan en su paso, una minucia que pronto se pierde, casi tan pronto como se entra en interacción con ella. Los escrúpulos se calculan pero no se mantiene la cuenta de ellos, ¿no deberían hacernos detener, no deberían retenernos? Y sin embargo los pateamos.

Y sin embargo aún perduran, quietos, indemnes, asentados contra los órganos, dentro del encéfalo, poblando el cráneo, las palabras haciendo suyas, sin embargo. El escrúpulo, la piedrita metida en la cabeza, cuando se excede de tamaño, de cantidad, genera una testarudez impresionante, con frecuencia la gran ayuda para subsistir entre otros como un otro, ser un cabeza dura: la piedra de la locura.


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En el Tratado de historia de las religiones de Mircea Eliade, se lee que en el Génesis se lee:

«En su camino hacia Mesopotamia, Jacob atravesó Harran. Llegó a un lugar en el que pasó la noche, porque el sol se había puesto. Cogió una piedra que allí había, para que le sirviera de cabecera, y se acostó en aquel lugar. Tuvo un sueño y vio una escalera apoyada en la tierra, cuyo extremo llegaba al cielo, y he aquí que los ángeles de Dios subían y bajaban por aquella escalera. Yahvé estaba en lo alto de ella y decía: Yo soy Yahvé, el Dios de Abraham, tu padre, y el Dios de Isaac. Esa tierra sobre la que estás acostado te la daré a ti y a tu posteridad…. Jacob despertó de su sueño y dijo: ¡Ciertamente, Yahvé está presente en este lugar, y yo no lo sabía! Después, lleno de temor, siguió diciendo: ¡Cuán terrible es este lugar! ¡Esta es verdaderamente la casa de Dios; esta es la puerta del cielo! Jacob se levantó muy de mañana, cogió la piedra que le había servido de cabecera, la erigió como monumento y derramó sobre ella aceite. Dio a este lugar el nombre de Betel…» (Gn 28,11-13.16-19).



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Una rigidez llevada en la cabeza: un casco de combate: una guillotina: un nombre. Está en todas partes.


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Es tuya, pues, y no mía, esa carga. Es mía, y no tuya. No me negarás que has sentido su peso sobre los hombros, contra la mejilla de aquel tipo que la levanta por una pendiente escarpadísima te sudaba a vos mismo la frente. Ves cómo ese tipo se hunde bajo una piedra que, cuanto más la eleva, más desdén ofrece a la cumbre hacia la que va. Este sube con su vida, su existencia, no con una piedra. Aquel cae, solo, sin la piedra, sin la vida, sin su existencia, liberado. Otro, vos mismo, acecha en ese instante mínimo entre que la piedra empieza a rodar hacia abajo y que finalmente llega a los pies de la colina. De nuevo toca volver a empezar, decidida mundanidad. Patear una piedra, subirla acariciando el lomo terco de una pendiente, guardarla en el bolsillo, ignorarla. Tener conciencia de ella me tiene que haber parecido aterradoramente sin fundamento. La llevo encima dondequiera que vaya, por mar o por tierra, bajo un clima de fuego o en las nieves del sol, es mi memoria, que se ha petrificado al voltearse para ver aquello que debería haber dejado atrás.

Tan tuya como mía, tan ajena como propia, apenas reconocible fuera de mí, completamente destituida de mí dentro de mí, la memoria, un retrato fortuito de los castigos del tiempo, ese recorrido insensato por una biblioteca en la que el polvo y el moho han acariciado los lomos de los libros, tornándolos ilegibles. Subir la piedra por la pendiente y subirla nuevamente cuando cae. La mano rasca los ejemplares; extrae de pronto un volumen, lo ojea, encuentra anotaciones, subrayados, dedicatorias, le resultan familiares, pero ya nada le dicen. ¿Dónde están los que poblaban la vida?

Entre el nacimiento y la muerte. Entre la subida y la caída de la piedra. Entre los siglos I y II de nuestra era, Apolodoro o Pseudo-Apolodoro escribió un compendio de mitos griegos, a esa mitografía la llamó, sencillamente, Biblioteca. Otro compendio empezaba por entonces a terminar de ser escrito, la Biblia. 

Sísifo, leemos en la Biblioteca, fundó la ciudad de Corinto, desposó a Mérope, de cuya unión fue dado a luz Glauco, quien, junto con Eurímede, fue padre de Belerofonte, héroe victorioso ante la Quimera. Pero las quimeras pervivieron; su especie persevera en nuestro ser. Así, en torno a los mismos años en que el estilete de Apolodoro rasgaba los volúmenes, se sospecha que Mateo hacía otro tanto, y en lo que luego llamaríamos versículo 18 del capítulo 16 escribió: «Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella».

Sísifo fundamenta su historia debajo, y no encima, de una piedra. Ha sucumbido a su propia voluntad por intentar colocarla por sobre la de los númenes. Reveló los secretos divinos, traicionó la lealtad que el dios no le había exigido pero que sin embargo sabía debía aceptar. Egina, hija de Asopo, fue raptada por Zeus. Nadie más que Sísifo lo sabía; quien, al ser interrogado por el padre desolado por la pérdida de la hija, reveló que había sido Zeus el responsable de su desaparición. Y hubo desde entonces vida bajo la piedra en Sísifo.

Pedro carga doblemente el peso: la de la iglesia y la del nombre. Se llamaba Simón y era pescador, hasta que pronto, por designios del dios que deambulaba la tierra, se llamó Pedro, apóstol y edificador. Jesús, dicen el evangelista, se refirió a él primero como Cefas, Κηφᾶς, transliteración griega de la palabra piedra en arameo, inmediatamente antes de bautizarlo como Petros, Πέτρος, que quiere decir piedra en griego.


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Pedro, al tropezarse con su nombre, descubre la historia, una prefiguración de hechos aparentemente predeterminados que habían llevado el mundo hasta allí: en el amor a los discípulos se cifraba ya la necesidad de sus traiciones: las tres veces que Pedro niega al Dios, el beso y las monedas de plata de Judas Iscariote: la necesidad estaba escrita en piedra, para que no se borre. 

Sísifo se tropieza, en su lengua, con la enorme responsabilidad de la eternidad: una piedra que rueda arriba y abajo, arribabajo. Ha hablado, y así ha concluido su castigo, mil veces humano, ha hablado. Mateo 26, 72-73: «Pero él negó otra vez con juramento: No conozco al hombre. Un poco después, acercándose los que por allí estaban, dijeron a Pedro: Verdaderamente también tú eres de ellos, porque aun tu manera de hablar te descubre».


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La lengua, las palabras, te tornaron visible. Esta piedra es bellísima. Si no la buscara para tropezarme con ella, la perdería de vista. Pero ella me encontraría. Siempre.



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Litogénesis: nuestro nombre, el límite entre ser uno o ser otro, una cierta forma particular de existir, conspirando contra las demás, el escrúpulo que nos sostiene como piedra angular hasta que, ya muy dañada, la estructura sucumbe, y no hay de arbotantes ni contrafuertes capaces de impedir el desplome. Algunos nacen en Las Piedras, todos nacemos de las piedras. 

Los ríos se encauzan dentro de los cursos que ellos mismos devoran a la tierra, erosionándola, a la piedra, rasgándola como la tela de un velo siglo tras siglo. La fuerza de una caída hacia el mar mastica los surcos, muele las arenas, degrada roca, hueso, vidrio. Tras el retiro de las aguas del diluvio, Deucalión y Pirra hallaron piedras a sus pies, huesos de la madre trabajados por la liquidez del tiempo. Existen en Alemania unas inscripciones en piedra que jamás se dejan ver; las esconden, para nuestra suerte, las aguas de los ríos. Pero no fueron talladas…

Hernán Diez

Hernán Diez (Buenos Aires, Argentina, 1978). Cursó los primeros años de Ingeniería Forestal en la Universidad Nacional de La Plata. Más tarde, comenzó el Profesorado de Lengua, Literatura y Latín en el Joaquín V. González. En 2026 concluyó la Maestría en Escritura Creativa de la UNTREF. Escribió una breve biografía de Virginia Woolf, que resultó finalista en el Premio de No Ficción Latinoamérica Independiente (2024). Da clases en el nivel medio y en un profesorado de educación primaria. Publica artículos y ensayos.

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