¿Qué representaciones del mundo nos quedan?
Vi la noticia meses después de que se publicó, a través de una multitud de reels que aparecieron de forma aleatoria (o casi) en mi feed de Instagram. Curiosamente, la comunidad de BookTok y otras cuentas afines se habían apropiado de un artículo del Washington Post del 27 de enero de 2026, cuyo título promete exponer «el plan de una startup de IA para escanear y desechar millones de libros». El artículo desglosa documentos privados de la compañía Anthropic, donde se entiende que pretenden digitalizar obras en masa para entrenar modelos de inteligencia artificial, y posteriormente destruir el ejemplar físico. El plan se asemeja, entonces, a una destrucción masiva de libros en beneficio de su copia digital. Es acaso este último punto el que más ha alimentado la preocupación del público, centrada en preguntas relacionadas con el acceso igualitario a la cultura, la transparencia y la conservación de la literatura.
A pesar de las comparaciones que se han hecho entre lo que sucede y la trama de Fahrenheit 451, sigue existiendo una diferencia mayor entre ambas cosas. Mientras que en la novela distópica de Ray Bradbury los bomberos se ocupaban de la destrucción total de los libros (es decir, tanto del material como del contenido), lo que ocurre con Anthropic es que aunque el material desaparece, el contenido, en teoría, se preserva. La diferencia va todavía más lejos: la novela de Bradbury piensa el libro dentro de una crítica más amplia a la censura, al autoritarismo y el acceso al conocimiento como la llave para el pensamiento crítico y la libertad. El autor se pregunta, más bien, qué es lo que le sucede a una sociedad cuando los individuos no tienen acceso a ningún libro ni a opiniones divergentes. El plan de Anthropic es, en ese sentido, ligeramente más perverso. ¿Qué pasa conceptualmente cuando un objeto finito y su soporte material son destruidos para nutrir sistemas potencialmente infinitos de producción de textos? La tecnología moderna permite la existencia de una nueva paradoja: mandamos a destruir libros físicos hechos por humanos para crear todavía más texto, esta vez generado por IA.
La IA y sus nuevos usos en el mundo del arte reactualizan una pregunta filosófica que lleva siglos haciéndose en diferentes contextos: ¿qué papel juega el arte, y más precisamente la literatura, en la sociedad? Si los griegos, como Aristóteles, estudiaban la cuestión desde la mímesis y la naturaleza, los modernos progresivamente han entendido la literatura en relación a los sistemas políticos y sociales que nos rigen, y, a su vez, en relación a la democracia y la libertad individual. Como ya lo dijimos con Bradbury, el libro y la circulación de conocimiento se vuelven un símbolo social de emancipación, y una condición casi imprescindible para concebir la democracia. Si el pueblo no tuviera acceso a la educación ni a la cultura, sus individuos, en teoría, no serían capaces de ser ciudadanos íntegros ni ejercer sus derechos completamente. Este era un problema antes de la normalización de la imprenta, ya que los textos en sí eran escasos, y por consecuencia caros. Por algo el término print-capitalism de Benedict Anderson (la idea de que la producción masiva de libros en lenguas vernáculas permitió en gran parte la construcción de las naciones modernas) se hizo tan popular para explicar la emergencia de comunidades e in fine del Estado, del capitalismo y de la democratización. Entonces, la difusión masiva de libros es necesaria; el acceso a ellos es importante para la construcción de un sistema verdaderamente democrático y es crucial para un sistema educativo funcional.
Es precisamente por esto que pareciera que la integración de la IA en los numerosos procesos que rodean a la literatura desplaza el análisis clásico que se hacía de esta relación libro-democracia hacia una pregunta esencialmente ligada a la (sobre)producción y el consumo. Sería ingenuo, sin embargo, argumentar que esta reactualización del tema no impacta la democracia. La IA, involucrada en la generación masiva de textos, radicaliza un problema que, lamentablemente, la precedía: el de una sociedad que ya no sufre de la escasez de textos, sino de la escasez de atención que un individuo es capaz de rescatar para ponerle atención a siquiera uno de ellos. A pesar de eso, la producción de libros, artículos y textos no se ralentiza; y con la capacidad casi infinita de la IA para producirlos en segundos, no parece haber razones para que esto cambie pronto. Además, la producción será menos costosa a nivel financiero, pero terriblemente dañina para el medio ambiente y las comunidades. El plan de Anthropic es magnífico para ilustrar este fenómeno. Destruimos un objeto finito pero destinado a circular, ser prestado y leído, por una capacidad infinita de producción de textos que serán puestos en circulación pero… ¿leídos? Nada es menos seguro.
En este contexto, pareciera que la función democrática original del libro y de su contenido se pierde, o por lo menos no es la misma que conocemos. Esta depende más, ahora, de preservar las condiciones sociales y materiales para que se pueda escribir, leer, interpretar y reapropiar por individuos que tengan tiempo y atención que darle a los libros. Aunque la pérdida de los libros destruidos por Anthropic debe preocuparnos, al igual que el acceso que se tendrá (o no) al contenido escaneado, la denuncia de este plan debe acompañarse de una reflexión sobre el consumo moderno de la literatura y de su producción. ¿Qué implica en la modernidad mantener viva a la literatura como objeto de cultura y democracia?
El libro como testigo material
Parte del problema de conservar la literatura implica reevaluar el lugar del libro como objeto de memoria, como testigo de condiciones materiales y sociales específicas. En otras palabras, el libro no es simplemente un depósito intercambiable de información: destruirlo, aunque se conserve el contenido, no es inofensivo para la literatura ni la transmisión de la cultura. ¿Por qué suponemos que el contenido constituye el producto original y que el libro es un mero recipiente accidental?
Para conservar la literatura se necesita pensar la forma y el material en el que existe y circula un texto como parte de lo que constituye su significado. Cuando Anthropic escanea un libro, se preserva su identidad textual, lo cual constituye una dimensión necesaria de la obra, pero la ignora como objeto cultural en sí. El bibliógrafo Donald McKenzie habla justamente del libro como una «forma expresiva». Como lo han hecho otros autores, McKenzie defiende que los bibliógrafos deben preocuparse por la forma ya que esta afecta el sentido: «Más allá de esto, el enfoque permite describir no solo los procesos técnicos, sino también los sociales, de su transmisión [...] y se aborda la historia del libro y, de hecho, de todas las formas impresas (incluidos los impresos efímeros) como testimonio del cambio cultural, ya sea en la civilización de masas o en una cultura minoritaria».
McKenzie, aunque no desarrolla ese tema, introduce una dimensión temporal en la concepción del texto, algo imprescindible en una sociedad moderna: una cultura necesita objetos capaces de durar más allá del proceso inmediato de consumo. Hannah Arendt, de hecho, ya hablaba de los objetos culturales como objetos de consumo en vez de materiales duraderos de construcción social. La idea es entonces que, en sociedades modernas, el texto, en todas sus formas, constituye una de las materias primas para la construcción de un mundo común durable que tenga sentido para una comunidad. Arendt y McKenzie permiten comprender el libro en todas sus dimensiones de existencia sin necesariamente volverlo un fetiche: no es solo un objeto coleccionable y acumulable, el texto actúa como un tejido de relaciones sociales.
No significa que tengamos que despreciar, por ejemplo, la existencia de copias PDF de los libros o la existencia de bibliotecas digitales de libre acceso. Estas, al contrario, pueden ayudar a distribuir los libros y que el acceso a ellos sea realmente libre en ciertos aspectos. De hecho, la mayoría de PDF libres que se encuentran conservan la identidad de la portada o la cuarta de forros, por ejemplo. Se trata solo de una forma divergente de hacer circular un soporte que es originalmente físico. Quedaría por preguntarse si una edición digital y una edición física son conceptualmente intercambiables, pero eso requeriría otro ensayo por sí solo, supongo.
Los demasiados libros: ¿con qué representación del mundo nos quedamos?
El texto-objeto cultural no existe solo. Al contrario, existe en un ecosistema de producción, edición, circulación, recepción, control y legitimación. El capitalismo de las sociedades modernas occidentales ha permitido que nuevas tecnologías como la IA formen parte íntegra de ese ecosistema; ya no solo en la edición o corrección, sino también en la producción misma. (¿En qué momento se vuelve aceptable usar el término producir para reemplazar el acto de escribir?). La presencia de la tecnología en el proceso de existencia de un libro no significa nada. La imprenta, al fin y al cabo, es tecnología; y no creo que…