Las casas, la escuela
El relato a continuación presenta modificados los nombres de los estudiantes que conocí el último año. Sabrán disculparme, son menores de edad y el futuro. Además, conviene no personalizarlo puesto que lo que está pasando tiene cara de universal.
Cuando comencé este ensayo creía que me mofaba de algunas realidades demasiado económicamente excéntricas para la mía: jóven docente de escuelas públicas proveniente del interior del país. Pero el humor nunca se me dio bien, y lo que se suponía que debía ser no más que una concatenación de banalidades se convirtió en la excusa perfecta para hablarles de algo en lo que pienso todos los días, hace años. La misma eterna pregunta: ¿cómo debe ser el ser nacional?
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—Tomala, mi amor.
Algo dentro de P. se rompió y les puedo asegurar que como ella hay cientos de miles. La madre deja una pastilla sobre la mesa, justo al lado de la carpeta de su hija, ella está haciendo alguna actividad de la escuela, escribe sin interrumpirse, es inteligente. Sabe lo que el profesor quiere leer y le tiene sin cuidado lo que está escribiendo. Camina a los tumbos, encorvada, como si viviera dentro de un sueño. Con la cabeza siempre inclinada hacia abajo pretende esconder sus ojos, grandes y redondos. Sonríe cuando alguno de los gatos aparece en su radar, desconcentra su atención y los mira maravillada. La del pelaje de azabache parece ser la única cosa viva en esa casa que entiende lo que está pasando, mientras que la gatita carey, al igual que su hermano de pelaje plomizo, juega con todo lo que aparece a su paso.
Termina de responder la consigna, toma la pastilla y continúa. La madre se sienta en la cocina, un umbral sin puertas nos divide. Sabe que la veo. Acomoda el pastillero mientras toma Coca-Cola Zero y ve una serie en Netflix sobre una mujer rebelde de los cuarenta. A veces se sienta con nosotras y es fácil que la conversación se ramifique en todas direcciones. Si P. está trabajando, cuando su madre empieza a hablar deja de hacer lo que está haciendo. De pronto se enciende, como cuando aparecen los gatos, sonríe con los ojos y me mira como buscando una confirmación de que su madre efectivamente es increíblemente real. La niña que hasta entonces era una tumba se devuelve viva, escucha y habla. Por eso, los días que voy y la madre no está, es casi seguro que me pida terminar la clase minutos antes de hora.
Viven en Caballito. Un barrio para patrones, y para trabajadores que superan el promedio salarial o viven de algo familiar. Por los ingresos de la familia, la niña debería ir a una escuela privada, sin embargo, la carga horaria y la supuesta exigencia que tendría los decidió a llevarla a un secundario público de jornada simple. La escuela le permite una escolaridad híbrida, es decir, va menos horas que el resto y completa con trabajos asignados particularmente. P. resuelve las actividades sin problemas. Los inconvenientes están en otro lado, en el humano más precisamente. Como si algo le hubiera detenido la capacidad de diálogo, lo que uno recibe de ella es silencio.
Con P. todo venía bien hasta que en el 2020, año en el que le tocaba cuarto grado, llegó la pandemia. La experimentación del mundo físico quedó relegada a un segundo lugar, mientras que el universo digital explotaba en todas direcciones. Los padres sentían a salvo a su niña, estaba resguarda en el hogar, nada podía pasarle. Pero le estaba pasando todo. Encerrada en su habitación, P. entró en Internet y algo pasó. Ya no pudo mirar los ojos de las personas, ni salir a la calle sin sentir que el mundo se deshacía bajo sus pies.
—Je t'aime.
—Je t'aime.
Su madre abrió la puerta del edificio que como casi todas las casas que visito son de dos o un departamento por piso. Aquí no viven ellas si no la abuela de una y la madre de la otra. Ninguna de las tres es francesa pero todas hablan el idioma. El abuelo, muerto, era el francés.
L. está por terminar el secundario que empezó cuando el mundo se encerró por un virus pandémico. El primer año de la secundaria, el de las aventuras y las rebeldías, L. no lo tuvo. Cuando se levantaron las medidas de aislamiento, no quiso volver a nada que pudiera llamarse institución. Aunque a su casa entraba, aunque al colegio cada tanto iba, no sabría cómo pertenecer. Mientras busca el amor romántico, se junta con amigos en un café frente a la estación Belgrano R., café propiedad de la madre de alguno de ellos. Todos llevan sonrisas tiernas, algunos bailan tango sobre la calle empedrada, L. es de las que más habla y su voz se escucha. Al café me lo encontré por casualidad, mientras esperaba que se hiciera la hora de entrar a la casa que tocaba. La casa de L.
Da por perdido el año, el último de la secundaria, el que no se repite. Igualmente quiere estudiar en la universidad, le digo que para eso necesita terminar la escuela y me responde con un revoloteo de ojos simpático. La única materia salvada de este año es filosofía, le gusta la aventura del pensamiento. Tanto simpatiza que la mente a veces se le vuelve una jungla y siente que se pierde tanto a sí misma que solo le queda gritar, «volverse loca». Así capaz alguien la escuche y la ayude a salir de ahí. Le digo que lea, que allí está lleno de palabras, que capaz alguna de esas es la que necesita para entender qué le pasa. No leo un TikTok completo, mirá que… Le nace la resignación a esta adolescente que es tantas al mismo tiempo. Por qué se dan por vencidos tan pronto, qué les detiene el paso de avanzar a pensar, quién alimentó esta modorra de palabras acarameladas. Cómo invitarlos a la vida, esa que nos dice que pronto todo va a estallar, va a acabar, dejará de existir.
—Hello, hello…
—No es la profe de inglés.
El niño, sentado, con la cabeza hundida en su carpeta, sin siquiera mirar los ojos de su madre, responde acostumbrado a algo. Es la segunda vez que vengo a esta casa a dar clases de apoyo, es la primera vez que la veo a ella. Como su hijo, es menuda, de cuerpo frágil y mirada ansiosa. Con una amabilidad perfectamente ensayada me pide disculpas y desaparece tras el pasillo. En contadas ocasiones la veo y siempre está como sorprendida de algo. Viven en Belgrano, un barrio donde no hay rastro de algo que pueda llamarse pobreza, sobresalientes automóviles recorren calles pavimentadas y empedradas por igual. Protegidos por tipuanas, niños y adolescentes de cabello dorado, vestidos con prendas que no se venden en el país, saben que han ganado. T. me cuenta que le regalaron una tablet, que está contento porque quiere aprender algo nuevo que su padre le va a enseñar. Me desafía a que adivine pero no lo logro. Busca el iPad en su habitación y con una sonrisa inmensa me muestra una pantalla en negro con colores rojos y verdes que indican el sube y baja de las acciones de la bolsa de valores.
Otra cosa que T. quiere son amigos. Él es uno de esos casos. La escuela lo sabe, la familia también. Yo lo sé. Escuchar sus historias ensombrece el alma, esa que quiere creer que existe una humanidad inalienable en el ser humano. Sin embargo, gracia divina, nada es eterno. Y pasadas las semanas, a mi pregunta de cómo se había sentido en la escuela, comenzó a decir que bien, que muy bien, que ahora los chicos lo incluían en sus juegos y que en el viaje de fin de año que organizó la escuela a Pinamar las cosas resultaron sorprendemente bien. Allí quedarán los traumas, en ese recoveco que sobrevive al paso escolar y el que me hace pensar en el recelo de muchos, jóvenes incluso, a la hora de hablar de educación elemental. Hay algo de lo humano, de lo salvaje en el humano, que encuentra en el espacio de la escuela, el lugar perfecto para su puesta en práctica. Doscientos años después de que un jovencísimo Sarmiento fundara la primera escuela en este país, la barbarie sigue ahí. Pero ya no como un supuesto rasgo unívoco de un tipo de ser social, sino más bien como algo inseparablemente humano.
—Chicho basta, Chicho no, ¡CHICHO!.
—Agarralo, pasámelo.
El labrador de pelaje ocre se mueve con torpeza desmesurada, imposible de controlarse, intenta oler, lamer a la desconocida que acaba de entrar. Intento verme tranquila pero sus movimientos pesados y mi camisa blanca no coinciden. También está el border collie, mucho más galante e inteligente en su intención de agitarlo todo. La casa huele a los espacios cerrados habitados por dos perros grandes y cinco deportistas —los tres hijos y el padre, rugby; la madre, volley—. J. tiene apenas trece años pero su cuerpo es el de un chico de diecisiete, se mueve torpemente intentando controlar su cuerpo. Como todos los chicos que visito, lee como si estuviera…