Una gran épica de los números que son nombres: «El ejército ciego» de David Toscana

Los libros de historia, registros bíblicos, crónicas de guerra están llenos de barbaries reducidas a unas cuantas palabras generalizadas y números redondeados. 

Cuando se lee, casi a manera de anécdota, sobre la primera cruzada dirigida contra cristianos —herejes cátaros del sur de Francia— iniciada por Inocencio III —valga la ironía nominal— y apoyada por los reyes Felipe II y su hijo Luis VIII, se habla del asedio de Béziers en 1209, donde diez mil personas fueron asesinadas a sangre fría, a pesar de que solo unos setecientos de ellos eran considerados «herejes». Lo más famoso, lo que más perdura de tal masacre son las palabras «Caedite eos. Novit enim Dominus qui sunt eius» —«¡Matadlos a todos. Dios reconocerá a los suyos!»—. 

Las fuentes no están de acuerdo en si esas palabras fueron dichas por Arnaldo Amalric, Inocencio III o Simón IV de Montfort, pero lo crucial es que el ejército siguió las órdenes porque «Siempre hay quien transforme las necesidades de un jefe o un profeta o mesías o dios en algo razonable», y terminaron con diez mil ciento cuarenta y cinco, o nueve mil quinientos setenta y seis, u once mil trescientos veintisiete vidas que fueron redondeadas a diez mil para efectos de eficiencia numérica en los libros de historia «porque los historiadores hablan de grandes cosas que a pocos interesan». 

Lo mismo sucede con la batalla de Klyuch en 1014, donde el emperador bizantino Basilio II mandó remover los ojos de quince mil soldados búlgaros y devolverlos a su imperio como estrategia, como recordatorio de su derrota, como lastre para el imperio, y donde su zar —en contraste con aquel Dios que se hace de la vista gorda y ensordece mientras ciegan a sus hijos— termina por morir de la impresión al ver a sus soldados en tal estado. En la historia, el zar Samuel sería recordado como aquel que había muerto por «la fuerza de su humanidad». 

Una barbarie reducida a un párrafo; quince mil vidas reducidas a la reacción de su zar. Este es el punto de partida de El ejército ciego, la novela donde David Toscana imagina la historia de aquellos quince mil cegados, de aquellos que «eran miles y miles que habían pasado por lo mismo y sin embargo cada uno había pasado por algo único». 

Imagina cómo, en términos logísticos, se removieron «veintinueve mil cuatrocientos cincuentaidós» ojos —dos ojos de catorce mil seiscientos cincuenta y dos soldados, y un ojo de ciento cuarenta y ocho soldados para fungir como guías—. Imagina el camino de vuelta de los millares tras quedarse con las cuencas vacías; imagina la profunda distancia que se labra entre ciegos y cíclopes, el cómo son recibidos por sus familias, las consecuencias del lastre al imperio, el eventual retorno a la batalla donde todos asumen con valentía el «viaje a Samotracia» y es por ellos que triunfan las tinieblas… al menos en aquella batalla.

La prosa de Toscana es precisa, con capítulos cortos llenos de una ironía y humor negro que resultan necesarios y acordes a la atrocidad y las reacciones de ligereza y locura/lucidez colectiva de las víctimas, pues «a nosotros ya nadie podía hacernos nada». Es una narración lúdica, que recuerda a los relatos orales, casi como una fábula para niños. Una fábula sobre hacer música con los cadáveres; sobre no perderse en distracciones porque a «la vida no solo se viene a ver»; pero también sobre los que son obligados a mirar con ojos de locura porque ya han alcanzado a «entender lo que significa ser hombre». 

Pero no es solo eso. La novela contiene múltiples interpretaciones, metáforas y alegorías. Se narra sobre el gozo y el miedo de ser. Se critica a aquellos que sí tienen y tendrán su lugar en los libros de historia al mandar a millares de individuos a regar los campos con su sangre y la de sus víctimas. Es un recordatorio de los daños colaterales que provocan las guerras; de los que se quedan, de los que no vuelven. Es una alegoría del pasado, al presente, al futuro… de la locura del ser humano en su búsqueda irracional por el poder. 

Y también es una reflexión sobre la literatura, sobre los escribas cegados como Kozaro, quien quizá algún día llegaría a ser Kozaro el grande y escribir «del alma al pergamino», como lo hicieron Borges, Milton, Joyce, Homero, Groussac, Prescott. También es un tratado sobre la memoria de los olvidados; sobre los ejecutados que sabemos que son individuos y que no se perdieron entre el redondeo de los números como Victor Jara, Peña Hen, García Lorca, Rosa Luxemburgo y Miguel Hernández.

Una novela de los vencidos que, sin el protagonismo de los ojos, dejan aflorar otros sentidos. La nariz crece, los oídos se ensanchan, las manos se multiplican: las cuencas vacías les proveen una especie de Aleph interno, donde todo lo pueden ver: «cerrábamos los párpados para verlo todo». Hombres que, antes que soldados, eran panaderos, titiriteros, malabaristas; hombres que tras perder los ojos reconstruyen su identidad y ahora son titanes empujando molinos, centinelas, espantapájaros, pulpos, mejillones, cangrejos y cerdos; arcángeles y monstruos. 

De entre mil ciento cuarenta manuscritos, se le otorgó a la novela del regiomontano el Premio Alfaguara de Novela 2026. En las últimas páginas del libro viene el acta del jurado presidido por Jorge Volpi e integrado por Brenda Navarro, Agustina Bazterrica, Camila Enrich, Óscar López y Pilar Reyes, donde establecen que la novela, presentada bajo el pseudónimo de Kozaro, el escriba, es «una gran épica de los vencidos». Pienso que también es una gran épica de los olvidados; de los quince mil santos; «de los que tienen la cáscara lustrosa y gusanos por dentro» y de los que tienen la cáscara con gusanos, pero son lustrosos por dentro; de los que son catorce mil seiscientos cincuenta y dos. O quizá una gran épica de los números que son nombres.

Andrea Gobera

Andrea Gobera (Ciudad de México, 1989) es guionista, escritora y traductora con formación en escritura para cine, televisión y videojuegos, Maestra en Creación y Apreciación Literaria y Licenciada en Relaciones Internacionales. Ha colaborado en largometrajes y series para diversas plataformas. Ganadora del premio Fenner a Mejor Guion Original y beneficiaria del apoyo a reescritura de guion por parte de IMCINE.

https://www.instagram.com/andreagobera
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