La alquimia del escritor matrioska: «En lengua privada», de Emiliano Monge
«¡Ustedes, ilustres luminarias humanas, que se consumen por la cabeza, acérquense y escuchen el Evangelio de la vigilia y del trabajo intelectual!», recordamos mientras nos servimos nuestra primera taza de café. El café ardiente quema los labios y rasga la garganta mientras esperamos que suceda aquello que describe Balzac sobre el café y la escritura en su Tratado de los excitantes modernos: «las ideas se precipitan como los batallones de un gran ejército en el campo de batalla; y la batalla comienza. Los recuerdos llegan a paso de carga, desplegando sus banderas; la caballería ligera de las comparaciones desfila con un magnífico galope; la artillería de la lógica acude con sus carros y sus cartuchos de cañón; las agudezas llegan como tiradores; se forman figuras; el papel se llena de tinta; así, de principio a fin, la vigilia transcurre entre torrentes de agua negra como la pólvora de las batallas». También decía que el café es tan vital como la tinta.
Son las tres de la mañana, y a diferencia de Balzac, permanecemos en la antesala de la batalla, aún envueltas en una cobija, el elixir humeante en manos, mientras buscamos exhaustivamente aquella primera línea de combate. En lugar de preparar el café negro de siempre, cometimos el error de hacer toda una olla de café con piloncillo, clavo, cáscara de naranja y canela. El empalague neutraliza el ímpetu de las ideas. Creemos, también, que tras tanto consumo, el café ya solamente tiene un efecto placebo. Nos viene a la mente aquella carta que Flaubert le escribió, en una madrugada de octubre de 1847, a la poeta Louise Colet, donde se queja de la extenuación del oficio de escribir, «¡Qué manía tan rara, pasarse la vida consumiéndose a propósito de palabras y sudando todo el día para redondear frases! Hay veces, es cierto, en que se goza sin medida; pero ¡con cuántos desánimos y amarguras se paga ese placer! Hoy, por ejemplo, he dedicado ocho horas a corregir cinco páginas, y me parece que he trabajado bien». Cuatro décadas después, en The Daily Graphic: An Illustrated Evening Newspaper, contaban una anécdota donde un individuo le pregunta a Oscar Wilde cómo ha pasado su mañana, a lo que éste le responde que ha estado inmensamente ocupado con algo muy importante en la edición de su libro de poemas. La laboriosa tarea: quitar una coma. El hombre, confundido, le pregunta si eso es todo lo que ha hecho: «de ninguna manera; después de reflexionar detenidamente, volví a poner la coma», respondió Wilde. Tenemos entendido que la anécdota nunca ha sido comprobada como un hecho real. Aun así, es un buen ejemplo de lo que a veces significa escribir.
A lo largo de En lengua privada, Emiliano Monge reflexiona sobre por qué los escritores escribimos, aún cuando el acto a veces pueda ser una monserga; ¿para interpelar a los otros? ¿Para interpretar a los otros? ¿Para que lo chiquito pueda verse? ¿Porque somos «secretario[s] de lo invisible»? ¿Para vencer el tiempo fosilizando a un padre? ¿Por la voluntad de representarnos? ¿Porque «nos gusta recordarnos lo que somos»? ¿Para liberar al enfermo de la mente de su metáfora? ¿Para devolver a la vida a alguien? ¿Para servir a «iluminaciones minúsculas» (Calvino)?
El libro consta de diez relatos —más un epílogo y un apéndice que también son relatos— narrados por el autor, pero que van evolucionando según evoluciona él mismo, y que, a la vez, constan de múltiples enunciaciones, capas y revestimientos: están el presente y el pasado en simultáneo. Aquellos «recuerdos tartamudos». Instantes que son dos tiempos en uno «atrapados dentro de sí mismos». Aquella «frontera impalpable que a un mismo tiempo deslinda dos universos». Aquel «espacio [que] experimenta lo que el tiempo, pues de pronto engorda o adelgaza, de repente es más pesado o más ligero»; aquellos recuerdos donde la imaginación come terreno; aquel mundo interior que es una selva, llena de «grietas, ventanas y cicatrices» (Sada), donde se produce un vórtice a la iluminación capaz de transmutar la mirada única y el lenguaje único en algo más, capaz de «parir nuevos universos».
Están también «los autores que se insertan en nuestra lengua privada», aquellos que acompañan al narrador en cada uno de esos tiempos «ambar». Monge explora en tiempo real cómo aquellos «cientos de personajes confundidos que encierra nuestra memoria» (Ribeyro), se manifiestan según el contexto y nos acompañan en la delgada línea entre ser escritor y ser un enfermo de la mente; nos escoltan en el suplicio de empujar cuesta arriba aquella enorme roca. «Un escritor es muchos escritores», le dice a su hijo en «La oscuridad de nuestro cuarto…». Si uno solamente leyera a los autores mencionados en estos relatos, tendría una biblioteca casi perfecta: Kristof, los hermanos Joyce, Rulfo, Salinger, Nassar, Sada, Beckett, Calvino, Ribeyro, Jara, Francisco Hernández, Eielson, Lihn, Zurita, Woolf, Borges, Arredondo, Carpentier, Nothomb, Bulgakov, Gardea, Moore, Gallardo, Coetzee, Costello, Levrero, Bove, Rilke, por mencionar algunos; «escritores cuyos textos son huellas digitales», aquellos que, a diferencia de todos los «malabaristas del tedio», de aquella mayoría que «comparte los trazos de la mediocridad, el eco de un discurso regurgitado cientos de veces» son «escritores así, capaces de rasgar el tejido del lenguaje, capacitados para dotar de pisos nuevos los edificios de la épica y la lírica y dispuestos a proponer otra concepción». Si uno leyera y diseccionara solamente este libro de Monge, podría obtener aquellas herramientas que quizá tardaría todo un taller de escritura creativa en aprender.
Y está también la capa constante de aquellas otras voces que habitan en nuestro mundo interior, las propias; «a todos nos sucede, lo de las voces, aunque la gente no lo reconozca, porque creen que su voz es múltiple y no varias». Nuestro coro interior. Matrioskas mentales. Aquel desdoblamiento en el que descubrimos que somos más de uno, quizá «las voces del vestigio celular», «ecos de alguien que no se acabó de formar para que nos formáramos nosotros»; ¿alter egos, quizá? ¿Pero alter ego de quién exactamente, si somos varios? A veces somos primera persona singular, a veces primera persona plural; a veces somos segunda persona, incluso tercera; y a veces simplemente aquellas voces «se agota[n] y se deshace[n]» para solo producir silencios, voces que se atoran en la garganta; ausencias.
Nos servimos nuestra cuarta taza de café.
La mayor parte de los relatos de En lengua privada tienen que ver con una cuarta y quinta capa: la enfermedad y la muerte; y una sexta que se vislumbra a partir de éstas: la vida. El primer relato, por ejemplo, trata sobre su hermano, quien está en el quirófano por dos aneurismas. Durante el tiempo en que recibe la noticia, y hasta que su hermano al fin habla y revela que no se ha convertido en un «interfón (…) perdido en un lugar sin tiempo», el narrador está precisamente en «un lugar sin tiempo», huyendo del miedo, volcándose en lo que recuerda de los hermanos Joyce y sus discusiones porque James había utilizado todo aquel material que sus «donantes de ficción» les habían regalado a ambos, y que ahora Stanislaus tenía que convertirse en un escritor que inventa, no en uno que transforma, como lo hizo James. En el segundo relato, el narrador y sus voces visitan a la abuela que le sembró oídos, aquella abuela que no es biológica, sino que se convirtió en ello mientras crecía en la mole anaranjada que era su unidad. La abuela tiene un tumor en el cerebro del tamaño de una toronja —el narrador se queja de la elección de lenguaje del doctor, quien la describe como una «toronja madura», «¿no era mejor imaginar que en su cabeza hay una toronja verde y amarga, en vez de una madura y dulce, lista para llenarte de jugo la boca?»—. Durante la visita, el narrador y la abuela hablan a través de las voces de Francisco Hernández, Eielson y Lihn, mientras la abuela confronta al narrador por su incapacidad de encontrar, entre sus múltiples voces, aquella voz que ella recuerda como su voz, aquella que no está en lo que escribe y que está extraviada; aquella que él evita. En «No es solo un asunto anatómico…», el narrador se pasea en duelo por el barrio en el que vivió por muchos años, donde va observando los efectos de la gentrificación y experimenta dos tiempos en uno: «las tiendas que germinaron donde alguna vez hubo cocheras», la desaparición del color verde, teterías en lugar de misceláneas, el suelo de piedra volcánica convertido en adoquín, tiendas que venden camote prime, autolavados para perros, y sobre todo «la ausencia absoluta de cables». Durante el relato, el narrador recuerda su relación con su vecino y sus perros, y su debate sobre los silencios de Salinger, de Rulfo, de Nassar, «no es lo mismo dejar de publicar, a lo Salinger, que dejar de buscar, a lo Nassar, o que perderse entre voces que no reconoces, a lo Rulfo» aunados a dos silencios: al del vecino que carga con una pena que no le ha contado al narrador, y al de uno de sus perros que ha decidido dejar de ladrar tras una operación por un tumor, reaccionando, según un etólogo, a los silencios de éstos vecinos. En «Cosas que hasta entonces no estaban ahí…» a través de un relato sobre el momento de quiebre entre él y un tío que «vivía en el territorio de su propia metáfora», el narrador explora las diferencias entre los escritores y los enfermos de la mente donde «el primero queda ubicado fuera de su metáfora, mientras que el segundo queda dentro de la suya, atrapado pues en su interior». Y, terminando con estos ejemplos, en «Posiblemente esto sea todo…» el narrador, como Kristof lo hace en El gran cuaderno, habla en primera persona del plural y recuerda aquel instante en que se le quebró el «hilo de plata de la infancia» al tener que escribir una carta a una maestra que acababa de fallecer, y en el cual, durante el proceso del duelo y de la ficción de la carta, entendió que él era varios.
Lo que hace Monge en estos relatos —que hay que recalcar que también constan de un sentido del humor ácidamente bello— que bien podrían ser ensayos, que bien podrían ser diarios, que bien podrían ser clases de filosofía literaria, es mostrarnos el mundo interno del escritor y cómo este termina por hacer germinar y transmutar aquellos instantes en la vida, y a aquellos «donantes de ficción» que lo rodean, en una obra.
Ya estamos en nuestra sexta taza de café, vemos la hora: es tiempo de que una de nosotras tome la batuta, aquella que es madre y que tiene que alistar a nuestros «donantes de ficción» favoritos —aquellos que hacen que lo chiquito pueda verse— para la escuela. A ella, aunque es una de las varias, le hablamos en tercera persona, por respeto. Ella prioriza que los niños coman, a las comas; la urgencia matutina, que tener la primera o la última línea perfecta. Mientras ella levanta niños, nosotros permanecemos en aquel tiempo sin tiempo; aquel tiempo en que la pesada roca está nuevamente en el suelo y tenemos un breve momento para descender cuesta abajo antes de llamar a nuestros escoltas literarios para comenzar a empujarla cuesta arriba. No permanecemos callados, eso sí: mientras la madre dirige, le hablamos todas y también aquellos escritores que se han insertado en nuestra lengua privada llevándola, en ocasiones, a un ataque de ansiedad por la constante barahúnda mental. A veces la madre nos odia.
Al menos coincidimos en la importancia trascendental del lenguaje; para ella y para nosotras —al igual que para Monge y Flaubert— encontrar le mot juste es un tema tan cotidiano como vital. Y el café. Para todas —como para Balzac— el café y su torrefacción resultan indispensables para dejar aflorar nuestras respectivas batallas.
Tras dejar a los niños en la escuela, nos servimos la séptima taza. La madre permanecerá por unas horas en su propio descenso de la empinada ladera mientras algunas de nosotras pasaremos ese mismo tiempo charlando con Emiliano Monge, quien se ha introducido en nuestra lengua privada; nos pasaremos un rato quitando y agregando comas.