Teoría de la simultaneidad
Ricardo Suárez y Gabriel Payares nos dan su mirada sobre el nuevo libro de Ricardo Añez Montiel
Lo que importa está en otra parte
por Ricardo Suárez
Para empezar a hablar de este libro habría que irnos por una tangente, referir otros temas, comentar el clima de días anteriores, recordar a quien no está y olvidar a quien sí, imaginar lo que no ha sucedido o lo que no sucedió, pero a lo mejor tuvo que suceder. Para sintonizar con esta teoría de lo simultáneo hay que ceñirnos de manera exclusiva a paseos, visitas, encuentros y desencuentros que no tengan que ver y que, evidentemente, no están acá con nosotros ni tendrían por qué estarlo.
La verdadera presentación de la Teoría de la simultaneidad está sucediendo en otra parte, quizás llamada Buenos Aires, y está siendo llevada a cabo por otros Ricardos y otro Gabriel, que no se identificarán como nosotros a pesar de que lleven nuestros nombres y haya semejanzas (o exactitudes) en nuestros aspectos. Esta pequeña cristalería que acabo de armar me sirve para atender la idea que más llamó mi atención de la teorética paralela de Añez Montiel: siempre –y sé que es pesada esta palabra, pero acá hay que subrayarla– siempre nos estamos perdiendo de algo; o, dicho de otro modo, en tanto que cada uno de nosotros es alguien, lo es respecto de algo y ese algo es, indefectiblemente, una cosa que en mayor o menor medida nos estamos perdiendo. Esa diferencia, o diferimiento, es el terreno sobre el que opera la literatura. Esa deuda con el presente extraviado es salvada por los párrafos o versos que podamos bosquejar al respecto. No importa cuán incisivas o necesarias creamos que sean las líneas que escribamos sobre esta grieta; ninguna de ellas será un puente lo bastante fuerte como para atravesarlo sin mirar hacia abajo. Estos imperios que armamos en el papel están condenados a caer; de hecho, generalmente están caídos en la medida en que los libros suelen estar la mayor parte del tiempo cerrados, reposando en la biblioteca. Y seguirán ahí, inertes, obligados a insistir en sus vocablos, personas y dilemas, con las páginas enfrentadas mientras nosotros andamos en otra cosa, bien sea mirando el celular o de camino al supermercado. De igual manera, mientras los leemos el mundo sigue afuera, con su propia sintaxis y su propia trama.
Lo que propone Añez Montiel en las páginas que nos convocan es otra literatura escondida, una que no está en el libro que abrimos para desentendernos del mundo ni en el libro que creemos hallar en el mundo al abandonar la biblioteca, sino en ese amasijo de experiencias que dejamos de lado al escoger una u otra opción. Uno de los fragmentos más sugerentes del libro parte de una retransmisión trasnochada de un partido de la Vinotinto: «A esa hora de la madrugada alguien (…) conocía el desenlace del partido. Estábamos mirando algo que alguien ya había visto, y esa revelación generó en nosotros un extraño desasosiego, porque descubrimos que había cosas que sucedían a la par de otras, o sobre otras». Este desasosiego será una de las formas que tomará la emoción dominante en el libro, la extrañeza. Pero esta extrañeza no siempre se manifestará como desasosiego, sino que a ratos tomará un cariz igual de inquietante aunque quizá más luminoso: la perplejidad. Teoría de la simultaneidad nos presenta un sujeto itinerante, ávido, curioso, más consciente de su desplazamiento que del lugar al que fue desplazado. Así es como este narrador deviene un Tiresias involuntario, cegado por las ventanas negras del Subte, con la dudosa habilidad de llevar por las calles porteñas su Comala portátil, aun si en lugar de muertos nos muestra una tropa marabina de San Nicolases. Detrás de todo esto está la misma idea: siempre nos estamos perdiendo de algo. Si estas palabras funcionan es porque algo entre ustedes y yo inevitablemente se perderá y ninguno podrá recordarlo. La ceguera de los mendigos solo hace nuestra invidencia más explícita. Nosotros tampoco vemos, a pesar de las horas de lectura y de pantalla.
En fin, lo que Ricardo me ha mostrado a mí, el otro Ricardo, con este libro, es que lo verdaderamente común no es el hecho de compartir el nombre, los intereses o el destino migratorio, no, ni siquiera es común el compartir dos letras en la ciudad de origen –Maracaibo, Maturín–, sino aquello que, y no hay que llamarse Ricardo para advertirlo, justamente las separa. Lo que nos hermana es lo que nos deja por fuera para lanzarnos a una misma ciudad que, siendo tan distinta en sí misma y para ambos, nos muestra de diferentes maneras eso que el libro logra insinuar: lo que importa está en otra parte.
Apuntes para una teoría del ahora
por Gabriel Payares
En la Venezuela de los años noventa, en la que crecimos Ricardo y yo, transmitían por televisión un programa sabatino muy popular, que consistía en retazos de emisiones televisivas extranjeras: un show alemán de concursos, otro estadounidense de talentos, un magazín de variedades argentino, ese tipo de cosas. Este pastiche irregular se llamaba, como muchos aún recordarán, Sábado Mundial, y con ese título ofrecía una mirada sobre el mundo sacada de un caleidoscopio roto, en el que muchas cosas ocurren en simultáneo sin llegar a consolidar necesariamente una silueta coherente y homogénea. La emisión no tenía un narrador, por ejemplo, ni comentaristas, ni una secuencia estricta y prestablecida. Lo que sí tenía, sin embargo, era un intenso sabor a futuro: aunque en ese entonces no lo sabíamos, presenciábamos los pininos del género discursivo contemporáneo por excelencia: el zapping.
Mucho más que la tan mentada lógica del hipervínculo en Internet, es este non sequitur, este cambio sucesivo y constante de canales, de fuentes informativas, de propuestas de relato, lo que define el espíritu de la época en que vivimos. Su más reciente y poderosa expresión, de hecho, se encuentra en nuestros teléfonos celulares, en nuestras cuentas de Instagram, Twitter y TikTok y otras aplicaciones semejantes, que consisten en un potpurrí de contenido seleccionado por la mano invisible de un algoritmo. La rapidez, la fragmentariedad y la simultaneidad son, qué duda cabe, los grandes valores contemporáneos.
Para quienes crecimos en la década de los noventa, como iba diciendo, resulta familiar cierta mirada fascinada (u horrorizada) por la aparente multiplicidad de lo que existe: ¿Cómo es posible que tanto esté ocurriendo al mismo tiempo en todas partes? ¿Cómo es posible saber si lo que vemos está sucediendo o ya sucedió (o más recientemente, si es verdad ha sucedido en alguna parte)? Y una pregunta más importante todavía: ¿Qué significa todo esto? ¿Qué dice de nosotros, de lo que sabemos, de quiénes somos?
En Teoría de la simultaneidad, Ricardo Añez Montiel ofrece su respuesta. Pero lo hace a través de un método fiel a los tiempos que corren: más que un entramado de razones, lo que abunda en este libro son preguntas, derivas y relaciones, en una suerte de puzzle para el ensamblaje del lector. El título, en ese sentido, podría resultar desconcertante, pues la palabra teoría, tan popular en la actualidad, tan malentendida como sinónimo de hipótesis o, en el peor de los casos, de elucubración, proviene realmente del vocablo griego thea («visión»), empleado en palabras como theoros («espectador»), que es como los griegos llamaban a quien consultaba el Oráculo, y théatron («teatro») que significa «espacio para la contemplación». El sentido moderno del término le viene dado por Aristóteles, quien lo usó para referirse a la búsqueda de la verdad de las cosas, es decir, a la observación de la realidad, base de todo el método científico. Así, la teoría que Ricardo Añez Montiel nos ofrece no forma un bloque consolidado de explicaciones verificables, como ocurre con las teorías científicas, sino una búsqueda, una exploración, un intento de darle sentido a las cosas percibidas. Su propia teoría conspirativa, si se quiere.
De allí que el autor pase revista, por ejemplo, a sus conversaciones con M., una amiga para quien «el mundo es un Frankenstein de rasgos comunes, más allá de las imposiciones culturales y geográficas»; o a las conferencias de Lucrecia Martel en Villa Crespo, en las que expone su propia «teoría de la pileta»; o al recuerdo de un amigo mexicano a quien parece haber robado el método mismo de composición de este libro: «H. sacrificaba la anécdota y volvía su relato hipertextual; a su elaboración teórica le iba adosando escenas de películas, dichos de su abuela o expresiones actuales que había aprendido de su hijo adolescente (…) como una manera de evasión o como una manera de evitar que el juego se cierre». Esa tendencia hacia lo holístico, de todas maneras, hacia una suerte de dispersión productiva, podía verse ya en libros anteriores de Añez Montiel, como en su reciente Diario inútil (2025) o en las crónicas de S, M, L (2021), donde figura ya una «Simultaneidad de los taxis», nacida a partir del cotejo entre el aquí y el allá: «¿Por qué debe importarle a un taxista en Maracaibo saber cómo se viaja en Nueva York, Nueva Delhi o la misma Buenos Aires?».
Da la impresión de que para el autor «Todo es puente (…) basta la leve presión de un pensamiento», según los versos también citados de Octavio Paz en su poema «Noche en claro», con los que Añez Montiel se habilita el tránsito no solo entre su Maracaibo natal y la Buenos Aires que hoy en día le cobija, sino también entre Auschwitz, Chile y la Ciudad de México; o entre las citas y dichos de Lydia Davies, Charly García, Aki Kaurismäki y Luis Moreno Villamediana; o, asimismo, entre narración, reflexión y fotografías. Más que un registro de las percepciones del autor (lo visto, lo leído, lo escuchado), Teoría de la simultaneidad aspira a ser un libro inquieto y divergente, que encarna una paradójica pero necesaria advertencia: para bien o para mal, todo tiene que ver con todo en el maremágnum solipsista de la contemporaneidad.