Almería o cómo aprender a volver

Nuria Ortega Riba

Hablar de Almería es contar una historia de amor. Hay que imaginarse uno de esos amores que atraviesan el tiempo y los lugares, que empiezan en la infancia, se enfrentan en la adolescencia y se separan en la juventud, para después volverse a encontrar. Así, yo tengo tres recuerdos correspondientes a tres etapas de mi vida, y me gusta imaginarlos como episodios de una serie o de una novela, porque al final todo lo convierto en historias.


El primero de esos episodios podría comenzar con un recuerdo muy concreto de cuando era niña. Si tras una intro con música de los noventa asistiéramos al flashback, veríamos lo siguiente: tumbada en los viejos sofás de casa de mi abuela —todo lo que merece la pena de mi vida tiene su origen ahí, en esos sofás—, me preguntaba quién preferiría el invierno al verano. En esta esquina del hemisferio norte, los veranos son largos y ocupan los casi tres meses de vacaciones escolares. ¿Quién, en su sano juicio, preferiría las vacaciones cortas de navidad antes que los veranos eternos en las playas del Cabo de Gata? ¿Hacer muñecos de nieve antes que castillos de arena? ¿Dibujar círculos de vaho pudiendo pescar gambas, atrapar cangrejos, pincharse con los erizos…? En mi mente de niña de diez años no cabía esa posibilidad. Quizá en una ciudad que conociera la nieve, pero… ¿aquí, en Almería? Por aquel entonces tenía clarísimo que nada me gustaba más que subir al coche de mis padres, atravesar la sierra de Cabo de Gata, una extensión ocre salpicada de matas verdes, pitas y aloes con sus pinchos amenazantes, y alguna casita blanca; tomar la carretera de tierra custodiada por los molinos; dejar atrás la bahía de los Genoveses, con sus olas perennes; Mónsul, con su roca de película —hizo un cameo en Indiana Jones—; y llegar, por fin, a la cala de la Media Luna, cuando todavía estaba permitido entrar en aquella zona del parque natural sin necesidad de pagar.

Bahía de los Genoveses

Después de ese recuerdo todo se difumina. El segundo capítulo no sé exactamente dónde empieza, pero sí sé que se la mano con la imagen de la adolescente inmadura. A mi antigua pregunta «¿quién preferiría el invierno al verano?», la respuesta era yo. Sí, yo. Después de la declaración de amor de la infancia, la adolescencia trajo consigo el rechazo a la tierra. Somos rebeldes y nos gusta serlo, pero a veces confundimos el objeto de nuestro odio. Yo le eché la culpa de mi inconformismo al paisaje de Almería, a su clima y a su calma. Le eché la culpa de un malestar que nada tenía que ver con el lugar en sí, pero esto solo lo entendí cuando me di cuenta de que el malestar vendría conmigo allá adonde fuera.

Publicidad

Con el tiempo he aprendido a no castigar a aquella adolescente inmadura; al fin y al cabo, con dieciséis años y buscando el movimiento, la vitalidad, era imposible continuar mi historia de amor con Almería: tenía muy metida en la cabeza esa idea de que el amor es novedad y estímulo constante, en lugar de calma y pertenencia. Todo lo que sentía al salir a la calle era la humedad que se te atrapa a los pulmones y no te deja respirar; subía el Paseo y al llegar a la Puerta Purchena lo único que deseaba era tirarme al suelo a descansar, a ver si así se me secaba la ropa. No era capaz de levantar la vista y dar una vuelta sobre mí misma para apreciar la luz que impactaba en lo alto de la Casa de las Mariposas, ni el color rosa de la que yo llamaba, precisamente, la Casa Rosa; ni siquiera recordaba que en esa esquina, donde ahora está Cajamar, había antes una zapatería con un toldo verde que de niña me encantaba. La calma que ahora sí deseo —que todos deseamos al crecer— se me hacía insoportable; Almería me parecía una foto, una imagen estática, dormida, un poco como Vetusta a la hora de la siesta, solo que mi ciudad del sur no tenía el color grisáceo que yo me imaginaba al leer la novela de Clarín, sino un tono ocre, anaranjado, como esa calima que a veces nos teñía el cielo de amarillo. En esa calma luminosa de mi ciudad, si te quedabas mirando a un punto fijo en la lejanía, tan solo se movía el asfalto —o como mucho la superficie de los coches— en ondas repetitivas que te hipnotizaban y te mareaban a partes iguales y, claro, enfocabas al termómetro de la Rambla y no te quedaba aire para maldecir al ver aquellos números del demonio. Por algo era usual que llegara mayo y la gente se empezara a quitar ropa, haciendo caso omiso del refranero; junio, y los cuerpos tumbados en la arena eran una estampa habitual. Los erasmus, encantados; los muchachos, jugando al vóley en las playas del Zapillo; yo, ensimismada con sus saques, negándome a cruzar el muro del paseo marítimo porque esa agua está demasiado quieta, esa arena quema demasiado, a mí de adolescente solo me gusta el mar para mirar, quizá para tomar un helado en el París o en el Alaska, refugiarme en sus toldos, en fin, solo el mar para mirar, y mucho mejor si es un mar del norte, oscuro y revuelto. Eso me repetía, como un mantra, por puro ejercicio de asimilación con mi estado de ánimo. Por puro egoísmo, vaya.

Casa de las mariposas

El recuerdo de la joven, el del tercer capítulo de esta historia de amor, es parecido al de la adolescente porque al final la juventud, al menos la primera, es una prolongación de la adolescencia —aunque yo creo que sigo y seguiré siendo adolescente—. Mi rechazo hacia Almería duró varios años, hasta que me fui. Todo el mundo a mi alrededor se marchaba a estudiar fuera, a conocer otras ciudades más grandes, más cosmopolitas, preferiblemente Madrid, porque es la capital. Nada que ver con la Almería dormida. Y yo me quedaba donde siempre, sola como siempre. Sin embargo, cuando me tocó el turno a mí, me di cuenta de cuánto me había equivocado. Entonces eché de menos. Y por suerte lo escribí. Ahí empezó la última parte de esta historia, la de la reconciliación.

Vista de la Ballena con el Cable Inglés al fondo

Cada vez que volvía a Almería tenía que ver el mar. Entonces reconocí en mí a la niña tumbada en los sofás de casa de su abuela, haciéndose preguntas. En el presente, con esa niña dentro, sigo sin entender cómo se puede vivir en un lugar sin mar. ¿A dónde va la gente cuando no quiere estar en ningún sitio? Yo voy al mar. Ahora que han abierto una Dulce Alianza en la playa —también Capri, la otra pastelería que compite por el podio— me compro una tartaleta de cabello de ángel, de esas que tienen guindas por arriba, y me la como al borde del espigón de los gatos, mientras observo a los pescadores. También me gusta pasear, solo pasear por el centro, buscar la luz en los edificios, esa luz que no super ver de adolescente. Quizá a los de fuera les parezca una grandísima tontería, pero la luz aquí es especial. He leído que en Lofoten también lo es, que hay pintores y fotógrafos que la persiguen para intentar retratarla, pero que es prácticamente imposible. Yo diría que la luz aquí también es casi imposible de atrapar, como los sueños.

Antigua estación de trenes

Me gusta cruzar el puente de la estación, con su nuevo color blanco que me parece horroroso comparado con el antiguo rojo. La estación es una de nuestras joyas, arquitectura del hierro y el cristal, al igual que el Cable Inglés, el antiguo cargadero de mineral. Acostumbro a pasear por allí con mis amigos, bajamos la Rambla o el Paseo y llegamos al mar, a la ballena. Nos subimos en ella cuando no tenemos miedo de caernos y decidimos si quedarnos un rato o seguir hacia el paseo marítimo, a la izquierda, tentados por las pizzas del Buono, mis favoritas. Hace poco mis amigos decidieron que era hora de cambiar de rumbo y enseñarme algo. Elegimos el camino de la derecha, en lugar del de la izquierda, y acabamos en el puerto. Yo siempre había visto el faro desde el paseo marítimo, incluso había propuesto hacer una excursión clandestina. Nunca lo había visto desde otra perspectiva, y allí estábamos, en el mirador del puerto, pasada la torre de control, apuntando con el dedo al faro en medio del mar: agua, solo agua, y el faro en el centro. Era un día en que el color del cielo se distinguía del color del mar y, además, los separaba una franja fosforescente que parecía sacada de una película de dibujos animados, similar al color de un polo o de un granizado artificial. Daban ganas de chuparla. La foto que tomé no le hizo justicia, pero la guardo como recuerdo de una tarde en que me di cuenta, de nuevo, de lo mucho que me gustaba estar en esta ciudad. Cuando menos lo imaginas, los amigos te descubren un lugar que llevaba ahí todo el tiempo, desde antes de que nacieras, y de repente tienes la certeza de que nada malo puede ocurrir, de que estás donde tienes que estar con la gente a la que quieres, hablando durante horas de cosas sin importancia. Piensas en esta historia, en la niña, la adolescente, la adulta; en el enamoramiento, el rechazo, la reconciliación. Piensas en la luz, en la calma, en el termómetro, en la vuelta a casa por los montes pelados del Cabo de Gata, las pitas, la sal en los muslos y en el pelo, los restos de arena que no se han ido ni siquiera vaciando botellas de agua en las piernas. Piensas en el cansancio, en los hombros y las mejillas quemadas —mañana me dolerá, pero ahora me encanta—, piensas en los cangrejos y las gambas y los erizos, en los pececillos que atrapaste con pan duro y que has tenido que soltar porque te dan pena y, de todas formas, ¿qué vas a hacer con un cubo lleno de peces? Piensas en el paisaje, en la tierra… y te preguntas quién podría preferir otra cosa.

Faro visto desde el mirador del puerto


Comparte este texto

Nuria Ortega Riba

Nuria Ortega Riba (Almería, España, 1996) Estudió Filología Hispánica en la Universidad de Almería y cursó el Máster en Enseñanza de Español como Lengua Extranjera en la Universidad de Granada. Entre los años 2014 y 2016 formó parte de Versato, una iniciativa de poesía joven que reunía a poetas de diferentes puntos de España. Desde entonces, ha publicado textos en algunos blogs y ha participado en recitales poéticos. Ganadora del Premio Adonáis 2021 con el poemario Las infancias sonoras.

Siguiente
Siguiente

La Habana tirana