Cuaderno de Portugal (Fragmentos)
Vista de Lisboa
Un talismán
Compré en Chiado, Lisboa, un objeto mágico, una baratija que me vendió un anticuario por siete euros.
Al comienzo me pedía quince, pero le expliqué que era sudamericano, que venía del Uruguay, le indiqué en Google Maps, en la pantalla exigua del celular, dónde quedaba Uruguay, lo pequeño y lo bonito que era, lo triste y melancólico, lo luminoso y escéptico, mesocrático, laico, gratuito y obligatorio que era mi país con forma de corazón al revés.
Un país desnorteado, al que Brasil le había sacado una tajada de la parte de arriba, y por eso la forma de corazón invertido que él veía en Google Maps.
Le dije que a mi país le faltaba un pedazo.
Le dije que a cada mujer, a cada hombre, a cada niño de mi país le faltaba un pedazo.
Le expliqué que veníamos al mundo con esa falta extrema, con ese elemento ausente que nos hacía dudar de nosotros mismos a la hora de creer en la vida, en el amor.
Le dije que, aunque no se notara, la mayoría de nosotros éramos mutilados, heridos de guerra, que esa guerra no terminaría nunca y que él me veía con dos brazos y dos piernas, entero, pero que no estaba entero, que me faltaba un trozo en la parte más importante del alma, que por favor, por favor y por favor.
Nada, no se conmovía.
Entonces le expliqué que era poeta y que estaba de paso y que nadie me pagaba un sueldo por ser poeta, ni por enseñar, y que había venido a Portugal a hablar de la cultura de mi tierra sin que por eso me dieran un centavo.
Nada.
Le dije que, además, a mi vuelta, en lugar de recibir un abrazo, iba a ser blanco de algunos comentarios venenosos, de cierta forma globulosa, blanquecina y discreta de la envidia, que no era fácil vivir así, vivir de escribir y de soñar y de enseñar a soñar.
«¿Cómo?», se interesó.
«Sí», le respondí, «yo doy clases para aprender a soñar».
Se rio, muy fuerte, lanzó una carcajada en portugués.
Pero repitió el precio: «Quince euros».
Entonces saqué del bolsillo un billete de cinco y cuatro monedas de medio euro. Se las puse sobre la mesa.
Me miró.
Negó con la cabeza.
Entonces me decidí. Necesitaba ese objeto, lo necesitaba para poder volver y vivir.
Le mentí: «Soy primo de Luis Suárez, el jugador de fútbol, el crack, el que muerde, el que casi sale campeón, el genio… ¿Lo conoce?».
El vendedor sonrió pleno. Al fin entendía, me entregó el objeto que ahora tengo en la mano, mientras escribo esto en Montevideo.
Me lo entregó por menos de la mitad de su precio.
El objeto sirve para entender mejor lo que piensan las mujeres y para acertar en los juegos de azar una vez al mes, por lo menos.
También sirve para escribir historias como esta.
Y para hacer poemas sin palabras necias.
Café A Brasileira, Lisboa (foto del autor)
Inseparable
Estar en otra parte, pero no salir de uno, quieto en el yo, viajar diez mil kilómetros sin desprenderse de mí: ¿por qué al llegar tan lejos, incluso a una ciudad en que se habla otra lengua, ni siquiera se logra dar un paso fuera de la piel?
¿Por qué, en el amanecer o en el atardecer, la sombra sigue pegada al cuerpo, lo sigue a uno como un perro rabioso, mordiendo la punta del animal que es uno y ahora está en otro lado, en el extranjero, pero sigue encerrado, apretado contra las paredes del lado de adentro del cuerpo, el cuerpo que ahora avanza por Rúa dos Desesperados y camina cuadras y cuadras y cuadras hasta toparse con un retazo verde frente a la parte más ancha del Tajo, una vía de piedra y árboles retorcidos que se llama Largo dos Anjos?
No hay nadie aquí.
Solo una pareja callada en portugués y unas plumas dispersas en el piso.
Son de paloma o de gaviota.
No de ángeles.
Sigo caminando.
Pero no me alejo de mí.
Bar, Lisboa (foto del autor)
Duero
En la carne de este río no hay agua, hay palabras.
Las palabras pertenecen a una lengua que entiendo y no entiendo.
Me inclino. Tomo un guijarro del piso.
Lo cubro con saliva.
Lo limpio, lo froto.
Brilla como una joya fuera de mí, en la materia del mundo.
Lo beso. Cierro la mano. Aprieto el puño.
Alzo el brazo.
Lanzo el guijarro al río.
Las palabras se apartan. La piedra se hunde.
Ahora la verdad no importa:
mi vida no pesa más.
Adolfo Casais Monteiro, muerto,
escribe un poema sin pies
ni cabeza.
Para mí, para ti.
Para el Duero.
¿Por qué esa nube parece
negra?
¿Cómo se puede cantar
sin sonido
tan fuerte?
Ascensor a la Cidade Alta, Lisboa (foto del autor)
Fátima
Esa mujer da vueltas y vueltas de rodillas, dando gracias en portugués porque su hija se salvó, ese hombre de unos setenta años hace más de dos horas que reza el rosario en francés y su mujer, la mujer que está a su lado, teñida de rubio platinado, se quita los anillos y las pulseras que lleva puestos, los coloca en el interior de una bolsa Ziploc y los va a entregar como una dádiva o como una ofrenda en cumplimiento de una promesa que sólo ella y su sombra conocen.
Hay una vendedora de natas y otra de bolos de mermelada de fruta. Las natas portuguesas son sabrosas, dulces. Pero esta mujer ofrece natas doces y natas salgadas. Las natas saladas son de bacalao, tienen un sabor fuerte y moral como el mar portugués.
Pasa el que vende velas y pasa el que vende figuras de la Virgen de Fátima. Compro un libro con «las profecías jamás reveladas de Nossa Senhora», lo hojeo y en la página 23 encuentro la que habla de la poesía en el mundo: jamás había escuchado algo así.
Tal vez la profecía sea apócrifa, y el vendedor de libros un charlatán.
Pero estoy cierto de que se va a cumplir.
Y eso me pone alegre, alegre hasta las lágrimas.
Me inclino, me hinco sobre el suelo, junto las manos, miro hacia una nube, en lo alto, y me pongo a rezar.
Panorama del río Tajo, Portugal (foto del autor)