La Habana tirana

Dainerys Machado Vento

Cada cual en este mundo,

cuenta el cuento a su manera

La Lupe, La Tirana


Diré que —como mucha gente— yo nací en La Habana. Aclararé, además, que la ciudad donde vine al mundo ya no existe. En el mismo lugar permanecen sus piedras; sus edificios bajos bordeando una bahía de bolsa tan pequeña que, cuando uno se detiene en cualquiera de sus puntos, puede siempre ver el extremo opuesto. No significó nada para la ciudad que yo hubiese partido. En definitiva, ahí estaba La Habana cuando nació José Martí en 1853, y ahí siguió cuando Batista se fue huyendo, en 1958, para dejar al país y su capital en manos de los rebeldes. En el mismo lugar aguantaron sus piedras la entrada de Castro cuando, unos días después, «mandó a parar» y dejó de abrir industrias para levantar barrios prefabricados, mientras convertía algunos cuarteles en escuelas, y construía otros cuarteles, menos elegantes, en las afueras. Ahí sigue la que alguna vez todos hemos llamado La Habana. La ciudad, sin embargo, no es la misma que yo habité. No porque ella haya desaparecido. Ya he dicho, demasiadas veces en un solo párrafo, que ahí siguen sus piedras. La Habana no es la misma porque cuando digo «La Habana» hablo de la ciudad de mi memoria.

Desde la distancia, escribo. Es cierto que es una distancia que puede ser muy corta si se compara con la de los exiliados que no quisieron o no pudieron regresar jamás. ¿Qué son dos años en una vida, después de todo? Pero es, al fin, una distancia inmensa, si confieso que es la más larga que he vivido. Quizás por eso, cuando ahora pienso en La Habana, siempre me llega en retazos. 

La Habana huele a salitre, a gas metano, a sofrito de cebolla, ajo y ají. La Habana huele a humedad, a orine seco y a basura acumulada. El sol del trópico la castiga, multiplica sus olores, los pega a los sentidos desde las 7 de la mañana. La Habana huele al alcohol fresco del perfume Suchel que siempre pone mi padre en su pañuelo, y que llena el aire cada vez que él lo saca del bolsillo para secarse el sudor. En La Habana, los hombres todavía llevan pañuelos de tela en los bolsillos (o toallitas pequeñitas, recortadas a la medida del calor). Con esos pañuelos se limpian la frente y limpian las manos de sus hijas cuando se les derrite encima un helado.


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Cuando yo era niña, La Habana olía a creolina, a sal y a aserrín. Pero ¿qué cambió? ¿Qué produjo la metamorfosis?, preguntaría Virgilio Piñera. Un sacerdote yoruba me contó que la ciudad está maldita. Cuando Gerardo Machado recogió tierra de distintos países, para sembrar la ceiba del Parque de la Fraternidad, canceló todas sus posibilidades de progreso. Los yorubas dicen que es de mala suerte condensar el osorbo de otros bajo las raíces de un árbol tan poderoso como la ceiba. Y si esto fuera verdad, la ciudad ha estado hundida en su maldición desde 1928, lo que explicaría eso que todo el mundo repite, eso de que nadie construyó más edificios ni carreteras que valieran la pena después de Machado (otro amante con aspiraciones de dictador, otro dictador que no nació en La Habana). 

No sé qué otro retazo hilvanar aquí para armar este mapa de La Habana. Quizás porque ese lugar es demasiadas ciudades en una para poder bien-definirla. Confesar, eso sí, que cada quien vive La Habana que puede, o la que sabe vivir. Algunas Habanas están llenas de oscuras librerías con los mejores libros de hojas carmelitas; otras Habanas tienen fiestas de noche y sexo en el Malecón. En algunas se comparte un pitico de marihuana entre doce bocas, después de caminar varias veces El Platanito para conseguirlo. En otras Habanas, las jóvenes estudiantes de la universidad se visten con blusas hechas por sus madres, usan sayitas de recortes de tela vieja; pero en otras, se ostentan uñas de acrílico y un jean nuevo cada seis meses. En muchísimas Habana, los señores, pasados los 50, aún tienen que viajar hasta 12 kilómetros en bicicleta para poder conseguir un poco de viandas para la comida; y en otras, hay menores de edad presos por salir a manifestarse contra el gobierno. ¿Por qué la gente repite entonces que la ciudad no cambia, que se ha quedado detenida en el tiempo, si se sigue derrumbando y nunca ha sido la misma para quien la vive? ¿En el tiempo de quién se detuvo La Habana? 

Dice Svetlana Boym que la nostalgia es la añoranza por un lugar que la memoria atesora, no por el lugar geográfico y real que se ha dejado. Dice Svetlana Boym, en The Future of Nostalgia, que la nostalgia no es igual que la melancolía, porque donde la melancolía enferma y detiene, la nostalgia reconstruye y conecta. Yo no estoy enferma de La Habana. Nunca lo he estado. Sí la he encontrado en los lugares más insospechados: en un bar en la Avenida Chapultepec de San Luis Potosí que se llamaba Varadero, pero estaba decorado con inmensas fotos de La Habana; en un teatro en Broadway que se llama Havana; en una calle de Buenos Aires que se le parecía mucho; en las fiestas de cumpleaños que mis amigos preparan para sus hijos, imitando las que nosotros tuvimos en los años 80, a más de 30 años y 90 millas de distancia.

¿Qué guagua hay que coger para ir del Yara a la heladería Coppelia? «A ver, tú dime, ¿qué guagua?», me pregunta muy seria mi hermana. Yo tengo 13 años y quiero salir sola por primera vez, encontrarme con eso que llamo «el mundo», pero que en realidad es solo La Rampa. Pienso la respuesta unos segundos. Unos segundos son demasiado tiempo. No paso la prueba. No estoy lista para La Habana. Cuando uno sale del Coppelia, cruza la calle y está en el cine Yara. No hace falta guagua, ni almendrón, ni bicicleta para llegar de un lugar a otro. Y unas cuadras más abajo, a menos de diez minutos, está el Malecón, formando el triángulo sagrado que toda habanera y habanero siempre recorre con el primer amor.

Que se sepa que, en La Habana, todo el mundo anda siempre obsesionado con el Malecón, ese muro de piedra que se extiende desde la bahía hasta la entrada de Miramar. Sospecho que porque da la impresión de que está siempre ahí, al doblar de tantas esquinas que una pierde la cuenta. La calle Infanta sale a Malecón, San Lázaro sale a Malecón, Obispo sale a Malecón (aunque, técnicamente, en esa zona ya el muro tiene otro nombre). Una vez un habanero me dijo: «Tú eres mi Malecón». Yo me lo creí, aunque fuera mentira. En La Habana la pasión siempre nos ciega y nos enreda la lengua, y nos acostumbramos a crecer en esos arranques del deseo. El sol también tiene la culpa de esto. Pero igual me sigue pareciendo hermoso cómo dos personas pueden hacer esas metáforas absolutas de una ciudad para confesar sus ganas. Ser el Malecón de alguien sería como ser la suma de todos sus anhelos y libertades. Aunque yo no sea el Malecón de nadie, sigo creyendo que es un privilegio que la gente se entienda cuando habla habanero.

Aclararé aquí que si divago no es porque me falten recuerdos para escribir, sino porque me sobran. Hay que entender que escribo sobre la ciudad que, por años, creí que era el único lugar del mundo donde quería morir. Dije esa ridiculez en voz alta y me respondieron que no, que en todo caso mejor sería París. Me acordé de Vallejo y riposté: «Moriré en La Habana con aguacero, un día del que ya tengo recuerdo». Mentí. Porque yo tampoco me quedé a apagar el Faro del Morro. Mentí, porque me fui en cuanto pude, o casi.

Faro del Morro

Para José Luis Romero la mayor virtud de mi ciudad es estar cerca del mar, estar cerca de la costa desde 1519. En Latinoamérica: las ciudades y las ideas, él juraba y perjuraba que fue su puerto la que le dio importancia real y simbólica, el que le moldeó el carácter y el destino. Imagino que debe ser hermoso llegar a Cuba en barco, ver a la capital aparecer en el horizonte, hacer el viaje inverso que hizo Gertrudis Gómez de Avellaneda y donde ella escribió en «Al partir»: «Ya cruje la turgente vela… / el ancla se alza», escribir algo como «Al llegar»: La urbe aparece, sus sombras me llaman. Pero está prohibido que los cubanos lleguen en barco al país, así que no sabría decir cómo luce La Habana desde el mar.

Acepto que se me desdibujan también los colores de sus calles. Aunque hace años vi —con mis propios ojos— cómo la Calzada de Monte se volvía un amasijo gris de casas apuntaladas, vi a sus tiendas tornarse locales sucios de comercio de artesanías; vi romperse el asfalto de la Avenida 51 que antes cruzábamos en bicicleta rumbo a Marianao. Y con la ilusión de recomponer otros paisajes, aún pregunto: «Dime, hermana, qué colores tiene La Habana». Ella se ríe: «Deja el drama, que con la oscuridad que hay aquí por la noche no se ve nada». Y ahí mismo dejo el drama. En La Habana no hay tiempo para el drama, casi siempre hay que caminar para buscar comida, zapatos, medicinas, detergente. En La Habana no hay tiempo para el drama, aunque la verdad es que nos encanta hacerlo y se nos da muy bien. Somos un pueblo muy teatral.

Martí escribió: «Conocer diversas literaturas es el medio mejor de libertarse de la tiranía de alguna de ellas». Yo lo parafraseé y escribí: «Conocer muchas ciudades es el medio mejor de libertarse de la tiranía de alguna de ellas». Mentí de nuevo. En las noches de silencio, yo siempre vuelvo a La Habana. Tejo sus retazos en el texto de mi memoria, aunque mi cuerpo pretenda resistirse al ejercicio. Con todo y sus olores y sus dolores, con sus casas rotas que han llegado a matar a los más inocentes, con sus calles de baches llenos de agua, si yo me siento sola, vuelvo a La Habana. La paradoja es que amo a esa ciudad con todo mi ser, pero que allí no podría volver a vivir, ni a morir. La Habana es mi tirana.

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Dainerys Machado Vento

Dainerys Machado Vento (1986) es la autora del libro de cuentos Las noventa Habanas. Colaboradora de revistas como Cuadernos Americanos, Letras Libres, Emisférica, Literal; en 2021, Granta Magazine la incluyó en su segunda lista de Los mejores narradores jóvenes en español. Su más reciente publicación es el ensayo El estruendo de Ciclón. La nueva revista cubana (1955-1959), publicado por Katakana Editores. Es cubana.

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