Antigal, rumbo a Cachi (Salta, noroeste argentino)
Vista de Cachi, Salta
Chicoana, dice uno a la ida, Chicoana, repite otro a la vuelta. Las dos veces hay un cartel que indica los pocos kilómetros que nos separan de ese pueblo. No me deslumbran los suburbios, pero entiendo que este lugar es un secreto a voces y no lo voy a conocer, porque entrar allí no está en los planes. Para colmo, el chofer asiente con reverencia ante cada cartel, dando fe del milagro indetectable.
Dejamos atrás la civilización rugosa del asfalto. Al pie del cerro probamos empanadillas dulces bañadas de un glacé que refleja las nubes. Es el último puesto habitado. Subimos en el aire angosto. Más que subir trepamos; el esfuerzo es en segunda y luego será en primera. Un auto común parece insuficiente para esta pendiente que nos rechaza. Una cima es una costa: el mar también nos empuja fuera de sí mismo con la fuerza de las olas e insistimos, inventamos todo tipo de aparatos para romper las leyes de la naturaleza.
Se tapan y se destapan. Zumban. Me dan un caramelo de coca para aclarar los oídos. La música del estéreo llega desde muy lejos, aunque debo tener los parlantes a medio metro. Bajamos en el mirador de la Cuesta del Obispo. Un cóndor joven planea muy cerca y se escucha algo suave y acolchado, como al sacudir la funda de una almohada para alisarla. Todo es viento de altura que no va hacia ningún lado. Un aire quieto que se mueve en el lugar, serpentea como una cinta atada a un palo. Olas de viento que se hamacan: una cima es una costa.
La ruta bajó al valle, cruza el paisaje lunar del Parque Nacional Los Cardones. Estiramos las piernas; somos diminutos en este planeta de gigantes. Arriba: la fricción cromática del filo del cerro contra el cian violento de la atmósfera. Abajo: un remolino inexplicable delante de un cardón. Los guanacos se escapan a los saltos de un fuego de polvo, una combustión espontánea en círculos que una cabra negra se quedó a mirar. Puedo reconocerlo: para algo sirven los libros. La hoguera de tierra tiene que ser el centro oculto de un antigal. El latido sordo que despierta y reclama desde el interior bullente de la montaña. Miro más allá y, como esperaba, alcanzo a ver la salamanca, una cueva natural en la pared inclinada de materia roja. Puertas de estas hay por todos lados, en todo el planeta. En el país Vasco, en Río Negro, en Guanajuato. Un picnic en las rocas colgantes de Victoria, Australia: las colegialas narradas por Joan Lindsay las escalan y se pierden, poseídas por una reverberación antigua que les descubre la condición siamesa entre erotismo y muerte. El latido encerrado en las cuevas indias de E. M. Forster, un eco incesante, el poder ancestral tallado en el granito que trata de revivir en un cuerpo miserablemente humano.
Empezamos a bajar la cuesta, ya del otro lado; tenemos que llegar a Cachi. Un viejo aparece de la nada -de las piedras- y se queda de pie frente al auto. Hace señas con los brazos, está pidiendo que paremos. Hay que frenar de a poco para no derrapar. ¿Está herido? No vemos sangre. Le sale una fiebre por los ojos, Quiere que bajemos, que lo acompañemos a perderse en esas rajas de la sombra. No. Arrancamos otra vez y él alcanza a pasar sus manos, los dedos húmedos, por las ventanillas de mi lado. Mira a través del vidrio trasero y sonríe.
Por la noche estamos en la peña, esperando a que se largue la música. Rasguidos de guitarra. Los integrantes de la banda se comunican con gestos mudos y carraspean, ensayan las palabras. Hay un bajo y un tenor, desde donde estoy puedo ver cómo buscan las letras de las canciones en los celulares. Empiezan los golpes de bombo legüero que nunca van a parar, seguirán parejos; solo cambiará la intensidad, la potencia que le van a aplicar en cada tema. La guitarra entra con todo en la “Zamba para olvidar” y se arma un coro clerical que luego se disocia en polifonía. El folclore está muy cerca del barroco. El enlace, ¿es la música litúrgica? Me animo a pedirles “El antigal”, que también cantaba Daniel Toro con Los Nombradores del Alba. Se miran entre ellos y contestan: Ej una difícil, pero la vamos a hacer. Cómo no. Prueban los tonos, el volumen, hay mucho esfuerzo para las voces; la más alta tiene que elevarse muchísimo cuando grita el verso “Llora el indio”, y el bajo llega tan abajo que se confunde con el bombo. Igual, lo logran. Lágrimas en muchos de nosotros, los espectadores.
El antigal se nutre de lo salvaje y de las ruinas. Vórtice de inquietud, sus emanaciones llaman a los vivos. Aquí estamos, dicen: somos el rastro de los que nunca se irán, hombres y animales. Es tumulto en la carne, la certeza de lo arcaico que domina, como este impulso para escribir. Otra vez el glacé deslumbrante en la nieve de las cumbres, ahora inalcanzable. Frente al Nevado de Cachi, anoto lo que se muestra pero también lo que ruge por lo bajo. La piedra infinita, el vestigio azulado del cobre, el agua de deshielo que huye y deja marcas en el sudario de la ladera.
Aunque al principio nos neguemos, más tarde bailamos. Algo más que una fogata se encendió en las alturas. Un brasileño alucina y no quiere sentarse, titila con el ritmo de una guirnalda de navidad. El asturiano a los saltos, desquiciado; asegura que nos quiere a todos y le chorrea un hilo de vino tinto desde la boca. Amor global, movimiento inconsciente. Una madre diminuta y el hijo más alto que ella nos toman de las manos, ahí es cuando nos unimos. Se forma un trencito y después una ronda. Circunvalaciones alrededor del fuego. Humilde para estas fuerzas portentosas, pero ritual al fin.