Bosque para un guerrero

(Fasnia, Tenerife, Canarias)

Aquel sol era como el de millones de incendios reducidos a un solo azote leve, continuo, sobre las sienes. Se escondía y se mostraba entre las ramas de los pinos. A veces, la sombra alargadísima del cuerpo, detenido para saborear con los dedos un poco de resina anaranjada, parecía querer deslizarse hasta el mar y acompañar al transatlántico que, aunque se estaba despidiendo de la isla, parecía quieto, varado en medio del azul imperturbable del océano. La resina era como una miel, pegajosa, agelatinada, y el árbol la desprendía desde un ojo vertical abierto en la corteza, lágrimas ambarinas, secreción de una vulva impúdicamente expuesta en el más solitario de los pinos, al final de un promontorio, donde el mar parecía tan a mano que hubiera podido recortar el barco que se alejaba para guardarlo en mi colección de naves de miniatura. Y sólo en aquel pino, y no en ningún otro, estaba a la vista esa resina rasposa que me manchó los dedos y por la que acudieron unos cuantos insectos voladores. 

También aparecieron poco después unos pájaros y se posaron en la rama más alta de otro pino, pero debían de sentirse inseguros allí porque enseguida cruzaron a otro más bajo, y luego a unos arbustos. Su vuelo era ondulante, ascendente y descendente, y no permitía verles los colores del cuerpo, que imaginé turbadores, intensos. Eran tres, cuatro pájaros a lo sumo, seguro que de alguna especie autóctona portadora de secretos milenarios e incomunicables sobre la isla. Veía, cuando el sol me dejaba, el inmenso pinar en lo alto, las copas entretejidas de todos aquellos árboles, y de vez en cuando un ejemplar más alto, espigado, quizá más antiguo o acaso no afectado nunca por incendio alguno.

Otras veces, junto al camino, llegué a ver árboles que habían sido rodeados por círculos de piedras. Como si fueran lugares de adoración. Eran pinos especialmente hermosos, bajo los que uno podía imaginar a una pareja celebrando una ceremonia nupcial o a una familia reunida para un cumpleaños. Sentí que retirar una de aquellas piedras hubiera sido un sacrilegio. También había piedras en montículos verticales junto a bidones llenos de cemento, sobre todo en algunas zonas sin árboles. No fui capaz de encontrarle sentido a esas señales, si es que lo eran de algo, pues claramente el cemento permitía que a los bidones no se los llevara el viento, pero no veía qué utilidad podía haber en colocar junto a unas piedras amontonadas unos bidones tan pesados. Seguro que la explicación era fácil. No hay más misterios que los que tenemos a la vista. Y es la vista la que crea los misterios.

Pensé también que el único sonido, muchas veces, era el del desplazamiento de mis pies sobre la grava del camino: un acompasado martilleo, como el de una azada que va cavando en la tierra, sólo que aquí no era una tumba lo que se formaba, sino el hueco que el cuerpo dejaba camino de la tumba. Ese ruido de los pasos al caminar sobre la tierra era el reverso o el negativo del silencio del cuerpo enterrado bajo tierra. Y saberlo era tranquilizador, pues cuando me paraba y escuchaba el silencio, salvo que zumbara algún abejorro o silbara algún pájaro, era preferible ese silencio al sonido de los pasos. Un silencio se correspondía mejor con el paisaje majestuoso, con el inmenso pinar, con las vaguadas, los calveros, la costa achocolatada entrevista a lo lejos, la gran isla vecina recortada en el horizonte, el mar de un azul profundo, más profundo que el cielo. El silencio y yo no armonizábamos bien. Yo no era sino una perturbación para todo aquello que allí se recortaba perfectamente bajo la transparencia de la luz y un mutismo absoluto. Era mucho más lo que yo obtenía de aquello que lo que podía entregarle, que era nada, o acaso tan sólo un pensamiento invisible, o un texto esbozado en lo difuso de la mente, o unas palabras escritas en una pequeña libreta —y esa libreta, negra, era casi una obscenidad en medio del verde virginal de aquellos bosques—. Así que continué caminando, siempre hacia arriba, pues el camino seguía adentrándose en el bosque, y el bosque ocupaba toda aquella ladera detrás de la cual, lo sabía, se encontraban las calderas volcánicas, los terrenos quemados, las cenizas de antiguas erupciones.

Amaba los árboles, con sus ramas retorcidas, nunca iguales, inaccesibles, como si me estuvieran amamantando en aquel mismo instante, y a veces me abrazaba a ellos para saborear sus sabrosas cortezas. Dejaba que todo aquel bosque iluminado por un sol que un día se apagaría, según decían, me cegara, me desfigurara, me suprimiera, me hiciera —diría— el amor, y me sentía pequeño en los brazos de los pinos gigantescos, individuos bellísimos que me salían al paso como dioses dispuestos a desnudarme y acariciarme y poseerme. Si jadeaba mientras subía por el camino serpenteante era también porque la pendiente era acentuada y yo no estaba todo lo en forma que había estado en otros tiempos; el cuerpo tampoco era el mismo, quiero decir la edad, la energía, la capacidad pulmonar y cardiovascular. Hacía mucho que ya no era joven, pero no me lo acababa de creer. Aunque sacaba fuerzas de flaqueza y seguía caminando, caminando. ¿Quién me hubiera dicho que iba a encontrarme, cerca del final del recorrido, con una casa abandonada?

Poco antes, y no lo estoy inventando, había fabulado con escribir una historia que incluía un encuentro en una casa abandonada en medio de un bosque. Esta que encontré era la única casa en muchos kilómetros a la redonda, y estaba completamente aislada. A diferencia de otras muchas con las que me he topado en mis paseos, esta no estaba completamente en ruinas. El tejado no se había derrumbado y las paredes resistían, aunque muy carcomidas. Todo indicaba que había resistido a lluvias, temporales, vientos y hasta nevadas. En una de las habitaciones había tres asientos hechos con piedras amontonadas. Varias higueras, con higos incipientes en sus ramas, habían crecido frente a la casa, desde la que además se dominaban tres o cuatro bancales de cultivo que en otro tiempo debieron de bastar a la subsistencia de sus habitantes. Todo lo que yo había fabulado estaba al margen de aquella casa que me había salido al paso inesperadamente. Allí podía imaginarme cualquier cosa excepto lo que ya me había imaginado. Es lo que pasa con la realidad: que espanta a la imaginación y la convierte en una réproba, una traidora. Es justamente entonces, al cometer esa traición contra sí misma, cuando la imaginación se confunde con la realidad y nacen los verdaderos relatos.

Me senté en uno de los rústicos asientos esperando que apareciera un murciélago desde un rincón del techo o creyendo poder encontrar restos de un crimen o de algún encuentro pasional. En el suelo había multitud de indicios, pero qué sentido tenía ponerse a rebuscar. El sol me esperaba fuera, ahora aún más templado. Seguía iluminando con prestancia el pinar, pero ahora dejaba correr algo de brisa y poco a poco se iba anunciando el momento de volver. La casa parecía un destino no buscado. La fotografié desde diferentes ángulos y distancias, pensando que quizá un día podría olvidarla y que esas fotos, que trazaban como una secuencia su aparición, me ayudarían a recordarla y servirían, además, para demostrar que el texto que pensaba escribir dejando a un lado lo imaginado tenía su base en experiencias reales. El sol me cegaba cuando las saqué: creo que fue mejor así.

Sobre el descenso no hay mucho que contar. Lo hice casi sin fijarme en nada. Venía deslumbrado por todo lo vivido, lleno de imágenes que no quería que se disiparan y que, sin embargo, sabía condenadas a desaparecer. Me pareció escuchar unas motos a lo lejos y temí ver perturbada aquella maravillosa soledad. Haber estado allí, después de tanto tiempo encerrado en casa, haber descubierto aquel camino que llevaba directamente al corazón del más hermoso pinar, en un día vibrante, sin una sola nube en el cielo, con el mar en una calma casi irreal, bajo un sol firme pero benévolo, provisto de un cuerpo bien pertrechado todavía para este tipo de excursiones, de un corazón de casi cincuenta años aún capaz de ascensos importantes, y no sentir ni un ápice de intranquilidad, ni un solo pensamiento angustioso, tan sólo la extraordinaria locura de quien se dejaría arrebatar allí mismo y se transformaría gustoso en un pino más, en uno más de aquellos dioses de dulces cortezas: aquello, haber estado allí, no podía olvidarse, pero al mismo tiempo era imposible reproducirlo en el pensamiento o conservarlo en la memoria. Cada segundo debía ser sacrificado y convertido en un simulacro, en una sombra de lo que había sido. Pero eso significaba que había sido vivido, que cada segundo había existido de verdad. El descenso fue apenas un testimonio ofrecido a la autenticidad de lo vivido allí arriba, como si un guerrero, tras las maravillosas e inimaginables batallas de una guerra ya terminada, regresara a casa arrastrando los pies, pero seguro de que todo había ocurrido de verdad, de que la vida y la muerte habían jugado con él como si fuera un niño.

Rafael-José Díaz

Rafael-José Díaz (Tenerife, España, 1971). Reconocido poeta, ensayista y traductor. Es licenciado en filología hispánica por la Universidad de La Laguna. Entre 1995 y 2000 fue lector de español en las universidades de Jena y Leipzig, Alemania. Reunió sus seis primeros libros de poemas en un volumen titulado La crepitación (2012).  

https://twitter.com/rafael_josediaz
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